Gato negro en tacones
Benditas supersticiones que les justifican la culpa a los malos amantes.
Dejé de ser supersticiosa el día en que por cosas extrañas del universo pasé, sin darme cuenta, por debajo de una escalera. Me detuve justo cuando ya no había vuelta atrás, debajo de la escalera de un pintor que me miró con ojos de “ya valiste queso”. Entonces tuve que tomar la decisión de, dar un paso hacia atrás y salir despavorida haciendo como que no pasó o dar un paso adelante y asumir que es absurdo que tu suerte la decida una mentada escalera de metal. Sin embargo, no salí 100 por ciento bien librada pues una gota de pintura blanca me aterrizó en la cabeza. De haber sido gracias de una paloma, se habría considerado buena suerte.
Una vez tuve la discusión de rigor con un supersticioso, tras tirar la sal sobre la mesa. Fue cuando se empezó a aventar frenéticamente más sal por el hombro izquierdo ¿o derecho?, no recuerdo. Pregunté ¿por qué era de mala suerte tirar la sal y luego de qué manera cósmica el daño se resarcía tirando más sal? Una contradicción que pocos supersticiosos resuelven y que me hace cuestionarme ¿en qué momento nuestra suerte comenzó a depender de nuestras torpezas?
Entonces me pregunto: ¿por qué será que a veces no me alcanza el sueldo?, ¿porque la crisis económica universal no lo permite o porque hace algunos años no previne los efectos de poner mi cartera en el suelo? Así me la podría pasar divagando entre orgasmos no alcanzados y su relatividad con que en mi fiesta de cumpleaños número 21 brindé con una copa vacía. Benditas supersticiones que les justifican la culpa a los malos amantes.
Hablando de amor y otros demonios, dicen que si te dejas barrer los pies, el mal augurio social de la soltería tiende sus negras garras sobre tu lecho, como si de una escoba y unos zapatos dependiera que dejemos de seguir los patrones nocivos que nada más no nos dejan llegar al Cirilo de nuestra vida. Si me dieran un peso por cada vez que me han barrido los tacones, habría superado la escasez a causa de la cartera mal ubicada.
Algo prestado, algo azul, algo regalado, algo nuevo y algo usado, son, entre otras cosas, lo que una novia que quiera un buen augurio matrimonial debe llevar en su ajuar. He visto a tantas desfilar por el altar hasta con el perico colgado y tras unos años de matrimonio, quitarle hasta el perico al hombre a quien juraron amar para toda la vida o hasta que el billete los separe.
Así que si a supersticiones nos vamos, podríamos pasar la vida entera prendiendo y apagando la luz 17 veces antes de dejarla encendida, o rezando al santo niño de Atocha por que no se vaya a romper un espejo y nos caiga encima la maldición de las mil y un plagas que no se aparecen por la tierra desde el rey Tutankamón.
Por mi parte, después de haber: caminado bajo la escalera, arrastrado mi cartera por el piso del planeta, visto a un sinfín de gatos negros cruzar por mi camino, roto un espejo del tamaño de una pared, sido sorprendida por una escoba ensuciando mis tacones y tirado un bote de sal gracias a mi torpeza cósmica, puedo decir que en el recuento de los daños solo encuentro: una mancha de pintura en mi cabello, muchas carteras cochinas, uno que otro ronroneo buena onda, astillitas de cristal que aún se esconden en el baño, pelusas pegadas de mis tacones y uno que otro granito de sal sobre el mantel.
Así, con alegría, confirmo que ni la copa vacía surtió ningún tipo de efecto.
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