De Tacones y más bebés

Una de mis mejores amigas hoy carga a sus dos hijos, uno en cada brazo.

Es verdad: la vida pasa. A veces siento que fue ayer cuando jugaba con muñecas y arrullaba a mi nenuco al son de una canción de cuna. Hoy me encuentro contrariada, jugando a brincar las olas del mar con los hijos de mi amiga. Los miré de lejos intentando colocarme en su papel de madre. Tan linda ella. Una de mis mejores amigas, con las que pasé increíbles momentos en la adolescencia, hoy carga a sus dos hijos, uno en cada brazo, en una muestra de fortaleza que yo no sé si tengo.

Dicen que todo llega, que nunca será buen momento para tener un hijo si lo planeas y lo planeas, que ser madre es como aventarse del bungee: cierras los ojos y pujas para que salga de ti una personita que cambiará tu vida de todas las formas posibles.

Me pregunto si yo soy material para madre. Y me lo pregunto porque hace poco una señora con canas en la cabeza me dijo que aunque procrear es parte de la vida, siempre hay que prepararse bien para ello, para educar seres que le sirvan a este mundo, pues de los otros, ya hay muchos.

Me miro al espejo e intento imaginarme cargando esa responsabilidad tan grande como lo es un crío. Dejando de vivir en pos a mí misma para priorizar la vida de un chiquito. Me pregunto qué será más egoísta: si decidir ser madre o desistir ante la idea. La necesidad casi egocéntrica de traer una vida a este mundo que ya ni sé para dónde va, y así la posteridad no sea igual a soledad, o la comodidad de seguir mi vida disfrutando del camino en pareja con todas las mieles que esto significa.

Pero vuelvo y miro a los padres que me rodean y se me vuelve a antojar. Me imagino una niña de chinitos y ojos claros (como los de mi padre), con sonrisa enorme (como la de mi madre), que le cierre sus ojitos al reír (como me pasa a mí). Casi lloro de sólo pensarlo, de imaginar ese amor tan profundo y claro como el que intentan definirme las madres cercanas.

Pero de golpe vuelve y se me desvanece la emoción. Pienso en las madrugadas a punta de llanto, en que mis horas de escribir se trastoquen, en que mis vacaciones ya no sean planeadas a nuestro parecer sino enfocadas en alguien más. Me da miedo verme manipulada emocionalmente por un niño de cara bonita, con ojos de gatito de Shrek, intentando salirse con la suya, aprovechándose de mi voluntad de arena. Y, por si fuera poco, cada decisión que tome por él o ella, por sencilla y diminuta que sea, le marcará un carácter, un destino que casi comienzo a escribirle con mis propias manos. Me aterrorizo. No tengo la verdad sobre la vida entre mi cúmulo de discursos.

Y ahora, que el reloj biológico me comienza a mandar memorándums por debajo de la puerta –aunque me quedan algunos buenos años de mi lado–, veo que el tiempo pasa más rápido de lo que llegan las respuestas a mi sarta de cuestionamientos.

A veces prefiero dejar de pensar. Vivir el presente como llegue y observar a la vida recibiendo lo que con ella venga. Pero convivir con la realidad de mis amigas me hace reflexionar, clavarme en estos temas que probablemente no soy la única mujer que los piensa. Cuando estaba en los veintes, miraba a la maternidad tan pequeña como un punto a la distancia, pero ahora, que el tic tac de mi vientre suena en altavoz, no puedo ignorar que las decisiones se avecinan como pronósticos del tiempo de mi vida.

¿Qué hacer? Darle gusto a las familias de ambos lados que piden un neonato o atender a mi diosa interna que se muerde las uñas por miedo a dar ese paso.

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