Doña Cristina Pacheco

Después de los sismos de 1985, ella fue la única que nos quiso escuchar y dar testimonio de nuestros problemas, fue la única que se

Fue en 1987 cuando conocí personalmente a Cristina Pacheco. Ya la había visto en la televisión después del terremoto de 1985, pero, hasta la fecha mencionada, fue a la colonia Aeropuerto Arenal, porque ella le había dado seguimiento al trabajo que diversas organizaciones sociales estaban realizando para ayudar a las personas damnificadas debido a  los sismos.

Aeropuerto Arenal es una colonia de mil 247 viviendas, en su origen eran campamentos de tablaroca que se construyeron sobre los terrenos de la pista 3335 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, para reubicar a las familias que vivían de “arrimadas” con las familias titulares de las viviendas que dañaron los sismos.

Alrededor de la colonia, el gobierno de ese entonces construyó una barda gigante, aparentemente, por cuestiones de seguridad, sin embargo, con el tiempo, descubrimos que, en realidad, fue para instalar los campamentos y que los vecinos no se dieran cuenta, porque se oponían al crecimiento de población. Ellos tenían mucha razón porque las escuelas fueron insuficientes, así como el agua potable y el servicio de recolección de basura.

Las familias que ocuparon las viviendas eran, quizás, las más pobres de la ciudad, principalmente de las colonias Guerrero, Tlatelolco, Tepito Morelos, Centro, Santa María la Ribera, Obrero Mundial, entre otras. Muchas de estas familias, durante los sismos, vivían en los cuartos de azotea de Tlatelolco porque hacían los servicios domésticos a los dueños de los departamentos, otros, en hoteles, principalmente mujeres madres solteras, y muchos, quizá la mayoría, vivían en la casa de sus suegros o de sus padres.

Aeropuerto Arenal, es parte de un conjunto de 14 proyectos instalados en diversos puntos de la ciudad, pero este era el asentamiento más grande. En total, tenía una población de más de nueve mil personas, las dimensiones de cada campamento eran de 24 metros cuadrados, posteriormente, obtendríamos un crédito del Fonhapo (Fondo para la Habitación Popular), para crecer otros 24, es decir, en una casita de 48 metros. Están organizadas por andadores de diez viviendas frente a frente, separados por dos metros entre una y otra pila y, cada diez viviendas, tiene en la parte de atrás otra pila igual, que era separada sólo por una madera de tablaroca (ahora de material de mayor grosor como el ladrillo).

La crisis no se hizo esperar, apenas llegamos en 1986 y ya estábamos prácticamente siendo desalojados, los vecinos protestaban y nosotros también. Ellos, porque no podían darse el lujo de compartir sus servicios y sus recursos, como los de transporte público, escuelas, abasto de alimento y agua potable y, nosotros, porque lo único que teníamos era ese campamento de 24 metros.

Los hijos de las familias que llegaron tenían que seguir estudiando, por lo que nos organizamos y construimos un campamento para darles clases, se sentaban en botes vacíos de leche, y nos turnábamos, los vecinos que teníamos alguna experiencia en la docencia, para darles clases.

Al mismo tiempo, hacíamos gestiones con el fin de resolver nuestros problemas, pero no fueron suficientes los pliegos petitorios ni las marchas con la Asamblea de Barrios, que dirigía Marcos Rascón, y tuvimos que encontrar a nuestro “ángel de la guarda”, como le pusieron las compañeras de la organización a doña Cristina Pacheco.

Ella fue la única que nos quiso escuchar y dar testimonio de nuestros problemas, la única que se “atrevió” a entrar a nuestra colonia, ella nos dio la voz y la imagen ante el público, para que pudiera escuchar los testimonios de lo que había atrás de la barda, pero no sólo se conformó con escucharnos, grabarnos y difundir las imágenes por medio de su gran programa Aquí nos toco vivir, sino también gestionó ante las autoridades correspondientes que se acelerara la atención.

Fue así como, al poco tiempo, la Secretaría de Educación Pública destinó recursos para construir la escuelita que atiende, hasta la fecha, a los niños de ese lugar.

Sé que son muchas las anécdotas como ésta, que dan cuenta de la generosidad y el compromiso de doña Cristina Pacheco, para darle voz a quien no la tiene.

Por ello, en este Día Internacional de la Mujer, qué mejor regalo nos pudieron dar a todos que otrogarle el reconocimiento Rosario Castellanos a esta gran mujer.

        *Maestra en derecho constitucional por la UNAM

            ruthzavaletas@yahoo.com.mx

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