El debraye

El cine se ve obligado a plantearse si quiere ser bonito o interesante.

A Ilya. Y a su guiño.

Todo empezó hace 100 años, década más, década menos. Ya se veía venir. Desde tantito endenantes. Pero es en el siglo XX que cunde el desconcierto. En todos los órdenes del quehacer humano. La gran revolución científica y artística, en particular, pertenecen casi íntegramente a los novecenti. Digamos que el progreso técnico propiamente dicho se produce en la centuria anterior, pero florecen y se socializan el siglo pasado. La física, con su relatividad, su mecánica cuántica y su relatividad cuántica, estalla en los años 20. La electrónica en los 40. La computación en los 50. Y de ahí a los iPod, iPad y sin duda pronto los iPed. Pero ya será siglo XXI.

Pero son del XX las nuevas matemáticas, con sus planteamientos de una audacia intelectual literalmente inconcebible, de la mano de los Hilbert, Cantor, Dedekind, Arnold, Landau, Poincaré, Lefschetz, Neumann, Rusell, Turing, Wiener, Chandrasekhar. Qué sé yo. Son casi mis contemporáneos. Lobachevski, Boliay, sus geometrías no euclideanas, y el propio Euclides, son un poco anteriores. Sólo un poco.

Si yo no soy matemático es porque ya todo se volvió muy complicado. Si, pretencioso, uso la calidad de matemático en mis artículos, es porque es el único título que poseo, negro sobre blanco (sobre cremita): Master in Science, in Mathematics. Pero hace tiempo que las matemáticas se convirtieron para mí en un hobbie, en un pasatiempo formidable. Creo que soy un buen maestro, a nivel licenciatura, y me encanta. Disfruto enormidades comunicarles a mis alumnos el amor por esa forma sublime de inteligencia que son las matemáticas.

El big bang de la química y de la biología se produce un poco después, de la mano de Watson y Crick, con sus mamadas esas de genomas y adeenes, y son las disciplinas que ahora molan, como dicen los gachupas, las que mean más grueso. No le tengo que decir gran cosa porque, de moda estando, encuentra usted sus resultados, en materiales y fármacos, en transgénicos, implantes y clones en las páginas de Función.

Y del siglo pasado es, ora sí que sin matiz alguno, el sicoanálisis, esa visión majestuosa de la condición humana que se sacó de la bragueta (de la manga no) ese personaje, ese mago judío vienés, que quién sabe de dónde, quién sabe cómo, da un vuelco al pensamiento, y que publica su libro fundador de la teoría (finalmente no es más que eso) que él mismo, después de algunos titubeos, acabaría llamando sicoanálisis: La interpretación de los Sueños.

En la casita de campo donde tuvo él el sueño de la inyección de Irma, existe hoy una placa que dice algo así como: “En este lugar descubrió el doctor Sigmund Freud el secreto de los sueños”. Después de la Segunda Guerra, el protagonismo pasó a su heredero maldito, Jacques Lacan.

La filosofía, como terreno acotado, también fue removida hasta el fondo de las raíces. Y surgieron el existencialismo de Sartre y Kierkegard, la hermenéutica de Ricoeur y Gadamer. La escuela de Frankfurt, y Foucault, Deleuze, Derrida y Barthes, la lingüística y el estructuralismo, de Saussure y Leyy-Strauss. Y de este lado de la Mar Oceana, nada menos que Noam Chomsky.

Heiddeger, con todo y su desein, junto a sus padrastros Niestche, el maestro de la sospecha que murió en 1900, Weber y Husserl, merecen capítulo aparte, capítulo que ni quiero ni puedo escribir.

Porque, en fin, yo no estoy aquí para hablar ni de revoluciones ni de ciencia ni de sicoanálisis ni de filosofía. No hoy. Me toca cine. Y como el hombre limitado y disciplinado que soy, hablaré de cine. De oca en oca, hablo de lo que me toca: cine.

Y toda la relación que antecede no quiere ser una monografía. Dios me libre. Se trata únicamente de darme una idea, y de paso dársela a usted, comprometido lector, en medio de qué panorama convulsionado nace el listón giratorio de celuloide y nitrato de plata.

Pero para entrarle al séptimo arte, no tengo más remedio que referirme tan brevemente como pueda, a los otros seis, y a otros, más importantes, que no alcanzaron ficha. El siglo XX representa, sobre todo al acabar la Primera Guerra, la sublevación de los creadores en contra de la concepción antiquísima, y que se pretendía eterna, según la cual el propósito de la creación artística es gustar.

El arte ya no ha de ser bonito. “Que gusten las modelos y los cantantes pop” parecen decir los que consideran que su trabajo no debe abaratarse en el comercio. Quesque. El arte debe interesar. A la manera de las matemáticas y de la filosofía, digamos. Interesar a algunos, sólo a algunos, entendámonos.

La música bonita se acaba con Stravinsky. La pintura bonita se empieza a acabar con Manet y Monet (esos dos debieron haber hecho un dueto cómico), y acaba de acabarse con Kandinsky y Picasso. El teatro bonito termina con Strinberg. Después habrá que esperar a Godot. La última poesía bonita es la de If de Ruyard Kipling, que queda muy bien colgada en el comedor, sobre tela de esparto y cerca de la puerta.

La única de las artes (¿por qué en plural son femeninas y en singular masculinas? ¿A ver, por qué, como diría José Mouriño?) que aún pretende ser bonita, agradable, es la literatura. Sobre todo la prosa. La poesía luego se aloca.

Y es en medio de este desbarajuste, de este debraye, que nace el cine. Y que se ve obligado a plantearse si quiere ser bonito o ser arte, interesante, vivencial. Grave disyuntiva. Uno podría decir: “pos que haya de los dos”, pero la historia ha demostrado que no es posible. Que el comercio se traga todo lo que se atraviesa a su paso. Y que el cine real, el de las salas, no es sino una tele grandota.

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