El principio
No se puede acabar con el Estado si no se acaba con sus instituciones. En particular con el dinero y la propiedad. Quede, pues, establecido.
“Es de sabios cambiar de opinión”, dice la sabiduría popular, que quién sabe qué tan sabia es. En cualquier caso yo no he de serlo mucho, sabio, pues a los largo de los años y los decenios no la he cambiado demasiado, la opinión. Los años sí, carajo. Y siempre hacia la derecha, nunca pa’la izquierda. Mierda.
Y no puedo ni quiero decir que he cambiado de opinión. Digamos que la he enriquecido, que se oye mejor. Nací demócrata y republicano. A finales de mi adolescencia me volví comunista. En lo cual yo no vi contradicción alguna. Para mí el marxismo no era sino la democracia y la república sublimadas, llevadas al extremo. Ya sabemos, y si no lo sabíamos más vale que ya lo vayamos sabiendo, que el adolescente es el que adolece. Por el camino se pierde una ese, pero tantas cosas se pierden con los años que tampoco tenemos que preocuparnos ni quebrarnos la cabeza demasiado. En todo caso, el adolescente adolece. Es decir, sufre. Quién sabe de qué, pero da igual. Sufre, adolece, de todo.
A los 17 años, seis meses y 17 días, pues, me volví comunista. La culpa fue de mi Virgilio, Roberto Guerra, mi indescriptible condiscípulo panameño (nunca confíes en un ístmico, vuelve a decir la sabiduría popular), de Gianpiero Guidarelli, otro Virgilio pero no condiscípulo, italiano (tampoco confíes en los peninsulares, insiste la consabida sabiduría; son peores). A la Revolución Cubana, que acababa de triunfar (y en los isleños menos, continúa impertinente la locuaz presciencia vulgar, esos son el colmo).
Y del maestro Muñoz, creo que del altiplano, que nos dio lógica y ética en la Prepa. Un año de cada una, como se estilaba entonces. Tela marinera. Nunca confíes en los profesores que llegan crudos y malhumorados los lunes, concluye el saber popular.
Pero yo, imberbe, por lo visto confié y me volví revolucionario. Menos mal que mi papá acababa de morir (es un decir, ya me entiende usted, sutil lector), y nunca supo que el descastado de su hijo se había convertido al pro sovietismo. Él consideraba que los rusos habían abandonado y traicionado a aquella República. Hoy creo que en parte tenía razón. Sólo en parte. Si un día llego junto a él, cosa que deseo ferviente, eso discutiré con él. Espero que nos toque en la misma caldera.
Cuando abordó la barca de Caronte yo era demasiado chavo —16 años— y no me le podía poner al brinco. Aquí entre nos, ponerse al brinco con mi padre no era fácil a ninguna edad ni condición.
Años después vino el 68 —es decir, no vino, yo fui a él— y el exilio y mi prolongada y edificante estancia en Europa, en el capitalismo llamado del Primer Mundo, en ese extraño del posfranquismo, que de momento llamaré del Primero y Medio, y sobre todo en el socialismo (en el “socialismo real” dicen los imbéciles afectados, desde el “capitalismo real”), como si pudiera haber de otro, de otros.
Y mi concepción de la revolución se modificó. Se recorrió, se deslizó. Se enriqueció, prefiero decir, con el pensamiento libertario. Anarquista o libertario, como usted prefiera. En la Europa occidental, e incluso en la que era entonces socialista, era una de las principales corrientes revolucionarias. Con la que no estaba yo familiarizado. En México era, y sigue siendo, prácticamente inexistente. Aquí había marxistas de todas las corrientes: sovietistas, guerrilleristas (guevaristas), cubanistas, trotskistas, maoístas o espartaquistas, pero no anarquistas.
Esa idea según la cual los Flores Magón o Práxedis Guerrero fueron libertarios, es abusiva, un poco delirante. Nada qué ver. Pero esa es otra discusión, que no cabe aquí. La idea es que fue en Europa en realidad donde yo descubro el pensamiento ácrata. Digamos para simplificar, de manera más abusiva aún, que el pensamiento anarquista y el marxista convergen en el objetivo final de la desaparición del Estado, como forma de organización y coerción social.
Y que, en el camino, la diferencia fundamental, irresoluble, la que lleva al rompimiento definitivo y que derivó en el derramamiento de no poca sangre e ideas, fue la proclamación, por el bando comunista, de la etapa que los marxistas llamaron “dictadura del proletariado” y que los anarquistas consideraron “dictadura de la burocracia”.
En todo caso yo, hoy y desde hace años, me declaro “comunista libertario”, cualquier cosa que eso quiera decir. Total, como los galos de Asterix, no creo que estemos en vísperas de la emancipación de los sometidos, así que da un poco igual.
En conclusión, estoy de manera indiscutible y definitiva, por la extinción del Estado. Es decir, por la desaparición de las leyes, de la propiedad (de los medios de producción), del dinero (y por lo tanto de la ganancia), de la Iglesia (no necesariamente de la religión), del ejército y de la policía. Pero no nos hagamos bolas: No se puede acabar con el Estado si no se acaba con sus instituciones. En particular con el dinero y la propiedad. Quede, pues, establecido.
Hace dos o tres semanas un par de mujeres de media edad y media reputación fueron interpeladas por la policía en Polanco, colonia de media prosapia en la Ciudad de México. Las damas se alebrestaron y pusieron del asco al agente que intentaba achacarles una contravención, no sé si con razón o sin ella. Yo qué sé. Me hubiera gustado verlas frente a la policía francesa, holandesa, española o gringa. Ja.
El punto, sin embargo, es éste: En México se le ha perdido el respeto a las instituciones republicanas. A todas, la policía entre ellas. Y puesto que la policía es corrupta, ineficiente y asalariada, tenemos el derecho a mandarla por un tubo, a ignorarla y a humillarla. A la policía y al Ejército, y a los jueces y al gobierno.
Déjenme decirlo de una buena y contundente vez: Yo he tenido que ver con la policía mexicana una veintena de veces, digamos, y de esas 20 veces, únicamente en dos, exactamente en dos, ha habido mal pedo. En julio de 1968 fui arrestado y encerrado en las mazmorras de Tlaxcoaque. Pues bien, incluso ahí fui tratado como si se tratara de chotas (de tiras, dicen los chavos de hoy) británicos. De hecho, yo creo que, hoy por hoy, brincos dieran los ingleses.
Concluyo: el comportamiento de La Negra y su fina acompañante, y el del agente que las interpeló, que desgraciadamente fue filmado, es una vergüenza. No para lo(a)s naco(a)s, sino para la República y su intrínseco, inevitable, Principio de Autoridad.
*Matemático
