Cines chafas
Lo que me pasó, ¿puede llegar a ser una representación de lo que estamos viviendo en México?
Hace una semana pasé un coraje en el Cinemex de Plaza Insurgentes cuando fui a ver Super 8. Decir que la vi es mentira, pues a escasos 30 o 40 minutos que empezó la cinta, un lado de la pantalla se comenzó a ver pésimo.
Ya antes, al inicio de los cortos de los próximos estrenos, salí de la sala para pedirle a un dependiente que hiciera un arreglo a la pantalla: lo que se veía en ella no ocupaba todo el espacio, sino sólo una franja en medio y la imagen se veía toda deformada.
Arreglaron eso, así que cuando comenzó Super 8 todo estaba perfecto. La película me estaba gustando bastante. Las actuaciones de los niños eran insuperables y la historia me estaba llevando a hacerme esa pregunta que, supongo, el guionista quería que el espectador se hiciera: “¿qué está pasando aquí?”
Estaba feliz, hasta que un lado de la pantalla comenzó a verse mal. Primero eran unas manchas que parecían seres fantasmagóricos, que por el tipo de película, hasta pensé que eran parte de los efectos especiales. Pero no. Un minuto después todo el lado izquierdo de la pantalla se veía borroso y era innegable que algo estaba mal.
En otras funciones donde hay un desperfecto, me ha tocado que la gente comienza a chiflar y algún nostálgico hasta grita el consabido “¡cácaro!”, sin saber que allá donde está el proyector no hay absolutamente nadie que esté checando que todo funcione bien mientras corre la película.
Pero esta vez nadie gritó ni chifló nada. No sé si pensaban que todo estaba bien con la proyección, aunque no creo. El cine como expresión lleva mas de 100 años con nosotros y todo el mundo sabe cómo debe verse una película proyectada en la pantalla y no es como la estábamos viendo.
Alguien que estaba sentado delante de mí salió de la sala. Supuse que para avisarles que algo volvía a estar mal. Esperé un rato a que la imagen se compusiera, pero, o bien el tipo sólo había ido al baño, o el desperfecto era incorregible.
Los minutos pasaban y todo seguía igual (o peor). No podía poner la debida atención así que decidí salirme. Claro, no iba a irme así como así, fui a pedirle al gerente que me reembolsaran mi dinero.
Ya lo había hecho otras veces y los gerentes de los cines son generalmente amables. Escuchan tu queja y te ofrecen un boletito que puedes usar en cualquiera de sus salas, para cualquier película y horario.
Me ha sucedido ya tantas veces lo mismo, que sé que los dueños de estos cines están más dispuestos a darte un boleto canjeable, que arreglar y darle mantenimiento a sus salas. Un gerente en especial nomás me veía acercarme a él y sacaba su talonario cual pistola en duelo del salvaje oeste, hasta que le dije: “no quiero más de tus boletitos, mejor arreglen sus salas”.
¿Soy un exagerado? ¿Mi nivel de calidad es diferente que el de los demás? No.
Sé que muchos amigos se han salido de películas por la mala proyección o el pésimo sonido. De hecho, hasta saben qué salas son peores en los complejos cinematográficos a los que asisten.
Esta vez el gerente no salió, me atendió una chava con uniforme de la dulcería ¿o era ella la gerente? Puede ser, porque los que trabajan en Cinemex son todólogos: el mismo que hace las palomitas te recibe el boleto y te pone la película.
No quise el famoso boletito, le pedí mi dinero para poder decidir si me voy con la competencia, aunque no sé si Cinemark o Cinépolis estén mejor o peor.
Lo más triste es que todos los que estaban conmigo viendo la película se quedaron en la sala viendo una proyección mala. Nadie reclamó. Sólo el chavo que había salido antes (que sí había ido a avisarles, no nada más al baño) pidió su boleto de indemnización.
¿Será esto una representación micro de lo que estamos viviendo en macro en México? Nadie reclama, cada quien se queda sentado en su lugar esperando a que las cosas se arreglen.
Aún no he visto Super 8. Estoy ciscado como perro que le pegan. Siento que si voy a verla, algo malo va a volver a pasar y no quiero enfrentarme con la realidad de que los mexicanos somos una bola de pusilánimes (me incluyo) esperando a que las cosas cambien solas sin tener que alzar la voz.
Ni siquiera con un anónimo “¡cácaro!”
