Según parece, tampoco entenderemos pasado mañana; es más, quizás nunca entendamos

Hablar de los que llegaron al nivel superior sería perder el tiempo.

La colaboración de hace dos días —“¿Entenderemos mañana, la profundidad de lo que enfrentamos hoy?”—,  la escribí con la mejor de las intenciones pues soy un convencido de que buena parte de lo que explica nuestro atraso estructural, se encuentra en la visión pueblerina del desarrollo que tiene la casi totalidad de los integrantes de nuestra clase política.

Si quisiere tasar el conocimiento que aquélla tiene de lo que pasa en el mundo usando los niveles de nuestro sistema educativo, afirmaría que la inmensa mayoría de quienes la integran, con dificultades terminó la primaria; pocos llegaron a terminar la secundaria y una minoría —tan pequeña que pasa inadvertida— terminó el bachillerato o la vocacional.

Hablar de los que llegaron al nivel superior sería perder el tiempo porque, si bien muy pocos lo hicieron, estos temen expresar sus puntos de vista; prefieren plegarse —enmudeciendo— al ejército de vividores del presupuesto y adoradores del gasto que coparon —desde hace años— ambas Cámaras del Congreso, los partidos políticos y la totalidad de los gobiernos estatales y municipales junto con los Congresos locales.  

Es tal su atraso en materia de visión del desarrollo y escasa o nula su  comprensión de las causas reales no inventadas —como esa baratija de que el Gasto Público crea empleos— del crecimiento económico y el desarrollo, que no está capacitada para entender lo qué pasa en el mundo; le bastan —para seguir con el saqueo del erario— los clichés del nacionalismo revolucionario —hoy caducos— desarrollados en los años 30 del siglo pasado.

Hoy, cuando las condiciones en México, Europa, Estados Unidos y en no pocos países de Asia son de una extrema dificultad por lo complejo y diverso de los problemas estructurales a enfrentar, hace su aparición el viejo y deteriorado fantasma del gasto público; sus panegiristas autóctonos, dicen que es no sólo el mejor sino el único instrumento que nos permitirá salir del atolladero en el que estamos metidos desde hace, cuando menos, tres años.

Sin embargo, la experiencia acumulada desde los años 60 del siglo XX ha demostrado hasta la saciedad, que el gasto puede ser útil para muchas cosas pero no para crear empleos productivos y elevar el crecimiento económico de manera sostenida. No importa cómo se derrame y a quién se le entregue; con puro gasto no hay crecimiento sostenido y tampoco empleos.

Es más, no requerimos irnos tan atrás; bastaría con revisar los montos de gasto que decenas de gobiernos inyectaron a sus economías durante estos tres años con miras a estimular el crecimiento y generar empleos para darnos cuenta, ante los resultados obtenidos, del fracaso que representa su uso para este fin.   

Sin duda, el gasto ayuda a crear una euforia pasajera —que algunos la venden como un crecimiento sostenible—, tal y como sucede cuando bebemos un buen champagne o un respetable coñac —mínimo XO— con su infaltable expreso doble y un mejor habano pero, de ahí a que con gasto público se logra concretar cambios estructurales y generar miles de empleos, hay un abismo de diferencia.

A la fecha, las filtraciones apuntan —ojalá me equivoque— a que en relación con el Presupuesto 2012, el que sí sabe de economía está a punto de rendirse ante esta baratija perversa del gasto como generador de crecimiento y empleos; el gasto, entendámoslo, no sirve para eso. Por olvidar algo tan elemental, hemos debido pagar un altísimo precio.

Temas: