It’s the oil, stupid

¿Qué podía hacer el pueblo libio frente a esa imponente estructura electrónica, explosiva, de control y dominio, que se les vino encima? La respuesta es simple y breve: Nada.

Los llamamos aviones, porque de alguna manera hay que llamarlos. Y si vuelan, es decir, se desplazan sin tocar el suelo, no hemos acuñado aún un término que se les aplique con mayor exactitud, así que los llamamos aviones. Pero de hecho son unas máquinas infernales. Dotados de unas posibilidades diabólicas e inimaginables. Inimaginables para los mortales. Los sayones que los construyen y los tripulan, los que matan, sí los imaginan.

Los imaginan, sólo eso. Los ingenieros y constructores conocen sólo algunas partes, y en su totalidad sólo tienen una idea grosso modo. Los pilotos y los radiocontroladores saben lo que pueden hacer, una parte de lo que saben hacer, lo suficiente para hacerlos funcionar. “Funcionar” en este caso, quiere decir matar y/o destruir.

Pero son artilugios que van más allá del conocimiento humano, por extraña que pueda parecer dicha expresión, aunque sean hombres los que los concibieron y parieron, pero que, a la que desde el advenimiento de los chunches informáticos, computacionales, deberemos acostumbrarnos.

En cualquier caso se trata de cachivaches mortíferos, inconcebibles aun para aquellos que los concibieron. Junto a ellos han visto la luz una panoplia entera de chunches de una sofisticación digna de las más descabelladas obras de ciencia ficción, escritas, dibujadas o filmadas, todos ellos con el propósito de matar, lo más posible, lo más rápida e impunemente posible.

Quienes los utilizan son entrenados cuando apenas han aprendido a hablar, a los tres o cuatro años de edad. Parece inverosímil, ¿no es cierto, escéptico lector?, pues más le vale irse acostumbrando con lo inverosímil, es decir, con lo que no parece verdad, y que, sin embargo, lo es.

Nuestros pequeñuelos son unos asesinos sanguinarios. Cuanto antes se haga a la idea, menos doloroso será el asumirla. Yo sé que usted sabe qué son los videojuegos. Lo que no sé si usted sabe es que representan, a escala mundial, como 40% del tiempo total de utilización de las computadoras caseras (computadoras y ad láteres cada vez más numerosos y poderosos).

Estamos hablando, pues, de billones de horas-niño día empleadas en el juego. En el juego electrónico. Qué más sano que el jugar, ¿no es así? Sólo que los juegos computacionales tienen la simpática característica de que, en 82% de los casos, el retoño juega solo. Eso ya suena menos sano. Y “la salud” se habrá esfumado del todo si nos enteramos que 91% de sus juegos se trata de matar. En general a quienes matan nuestros pequeños combatientes son enemigos, pero en 18% de los casos también se ven obligados —cosas de la vida— a matar a amigos.

Es de esta manera que, cuando llegan a la adolescencia, tripular un transformer monstruoso, terrestre, aéreo o gaseoso, no representará para ellos ninguna novedad. El piloto de un F-21 o de un “Lobo Montañés” seguirá frente a su monitor y sus videojuegos. Con la enorme ventaja de que los malvados reales son menos astutos que esos negros, árabes, prietos o güeritos esteparios con los que ya está familarizado.

Todos estamos al corriente de que el progreso ha realizado en los últimos decenios, en los últimos años, en las últimas horas, progresos impensables. Lo que ya no sabemos es exactamente en qué consiste ese progreso. Sabemos, sí, de avances espectaculares en astronáutica, medicina, transportes o construcción, pero todo ello es una insignificancia frente al progreso realizado en armamentística, en la técnica e industrias bélicas.

Ha llegado el momento en el que nos vemos obligados a ponerle comillas a la palabra progreso. “Progreso”. Parece mentira, es decir no es verosímil, y aunque no nos parezca verdad, es real. ¿Le ha tocado alguna vez, vivido lector, tener en sus manos, o al menos, ver de cerca un rifle de repetición o ametralladora, ni sé cómo llamarlos, modernos? Es de no creerse. Es decir, no se los cree uno. Yo no me los creo. Parecen de plástico. Con foquitos de colores que se prenden y se apagan. No pesan nada. Y lo que pesan es por culpa de las balas. Esas sí pesan. Pero deje usted el aspecto. Ese es lo de menos. Sólo sirve para que el niño siga jugando, como cuando tenía tres años. La cuestión es lo que esos artilugios diabólicos, con sus rayos láser y sus luces ultravioleta, pueden hacer.

Hace un siglo —qué digo un siglo, hace medio siglo—, los medios de que disponía quien se enfrentaba al poder eran similares, guardando todas las distancias, a los que el poder poseía. Deje usted de lado los tanques, los aviones y la televisión (no es poca cosa), pero ahi la llevábamos. Hoy ya no es así. El 1984 de Orwell nos ha quedado chico. Ya no digamos la Metrópolis de Lang, que acaba de ser proyectada, con acompañamiento orquestal vivo en el Auditorio Nacional. ¡Qué experiencia! Pero también se quedó chica.

¿Qué podía hacer el pueblo libio frente a esa, ya no maquinaria, frente a esa imponente estructura electrónica, explosiva, de control y dominio, que se les vino encima? La respuesta es simple y breve: Nada. Ningún pueblo puede ni podrá nunca nada frente a eso. Gadafi convirtió a su país en la vanguardia de África. En todos los órdenes. En salud, en educación, en PIB per cápita, en comunicaciones. Pero al negrito sandía que se apoderó de la Casa Blanca (Black in White) le pareció que era el momento de defender la democracia en unos de los mayores productores de petróleo del mundo. Curiosamente.

¿Qué podía hacer Muammar Gadhafi, el dictador funesto, puesto que llevaba 40 años en el poder, y por lo visto, ese título se gana a base de años, como el del Inapam, frente a los expertos en videojuegos? ¿Qué podía hacer? ¿Qué podrán hacer los pueblos del mundo? De momento, lo que tienen que hacer es entender, y darle todo el sentido a la frase gringa: It’s the money, stupid. It’s de oil, stupid.

        *Matemático

            bruixa@prodigy.net.mx

Temas: