Carreteras: Río Frío, redivivo
El gobierno federal ha hecho un gran esfuerzo con la construcción de numerosas carreteras, pero también tendría que garantizar que el tránsito por ellas sea seguro.

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
El gobierno federal ha hecho un gran esfuerzo con la construcción de numerosas carreteras, pero también tendría que garantizar que el tránsito por ellas sea seguro.
Me encanta viajar por carretera. Disfruto los paisajes, los descubrimientos, los nombres de los pueblos que se atraviesan en el camino, las paradas para caminar o comer, las conversaciones con los lugareños.
He tenido la fortuna de recorrer así buena parte del país, lo mismo por autopista que por brechas.
México-Tijuana, México-Ciudad Juárez, México-Coatzacoalcos y México-Huatulco son rutas que me son familiares. He bordeado las costas del Pacífico y el Golfo, he llegado al “cono sur” yucateco, me he adentrado en la selva campechana, he serpenteado el Espinazo del Diablo y la Sierra Gorda, he cruzado lo mismo por la Puerta del Cielo que por el Infiernillo, he subido hasta El Paraíso y no puedo negar que conozco La Chingada.
Hoy lamento que ese enorme placer que me produce manejar en carretera, por compromisos laborales o simple diversión, tenga que limitarse drásticamente en espera de mejores épocas.
Lo digo sin estridencia y con gran pesar: desplazarse por carretera en México se ha vuelto demasiado peligroso. Por todos lados leo y escucho historias de atracos violentos, de gente incauta que termina abandonada en algún páramo —cuando tiene suerte, sin daño físico—después de haber sido víctima del robo de su auto y todas sus pertenencias.
Hace algunos años, el riesgo principal era toparse con obstáculos en el camino, como piedras o troncos, que obligaban al conductor a detener la marcha del vehículo a fin de asaltarlo. Bastaba con no utilizar las rutas secundarias o poco transitadas para evitar ese riesgo.
Pero luego vinieron los retenes policiacos falsos. ¿Qué se hace cuando se ve a la distancia lo que parece una patrulla y un grupo de hombres parados en plena carretera? ¿Uno se para o no? En cualquiera de los dos casos, puede salir perdiendo.
Y, peor aún, la posibilidad terrorífica de ser alcanzado en plena carretera por dos o más vehículos que fuerzan a la víctima a orillarse.
Por desgracia, eso está pasando cada vez más en los caminos del país. A falta del tren de pasajeros, que fue casi completamente desmantelado en los tiempos del PRI, la única posibilidad de viajar entre una ciudad y otra de esta extensa república es por carretera o por aire. La enorme mayoría de los mexicanos que necesita viajar no tiene otra opción que arriesgarse y hacer el recorrido por tierra.
En Excélsior hemos ido documentando periodísticamente cómo los asaltantes se han adueñando de muchos caminos del país. Los robos a camiones de carga, autobuses foráneos y vehículos particulares se multiplican. El caso más reciente es el de la Autopista del Sol, que une a la Ciudad de México con el puerto de Acapulco.
Como muchos chilangos, he usado esa ruta en incontables ocasiones. En mi caso, era una tradición salir temprano del DF y no parar hasta llegar al kilómetro 107, donde se encuentra la famosa Fonda 4 Vientos, en el municipio morelense de Puente de Ixtla.
Allí puede uno desayunar una sabrosa cecina acompañada de frijoles de la olla, crema y queso fresco. La conozco desde hace muchos años y he visto cómo se ha ido ampliando el negocio, gracias a su buena comida. Ciertos días, el amplio estacionamiento reboza de vehículos —muchos de ellos camionetas familiares y SUV de modelo reciente—y es difícil encontrar lugar en las mesas.
De acuerdo con el reportaje de mi compañera Claudia Solera (Excélsior, 14/VIII/2011) la Fonda 4 Vientos se ha convertido en el sitio donde los asaltantes de la Autopista del Sol evalúan a sus posibles víctimas, a las que luego siguen hasta territorio guerrerense para asaltarlas.
Otro lugar riesgoso son las gasolinerías de Chilpancingo, donde buena parte de los vehículos que viajan de México a Acapulco y viceversa se detienen para llenar el tanque.
En el tramo entre México y Cuernavaca, los asaltos y ataques violentos también han ido al alza, como lo puso en evidencia el reciente asesinato del ex futbolista Ignacio Flores. La carretera libre entre el DF y la capital morelense, que muchos viajeros prefieren por su belleza escénica, o simplemente para ahorrarse la cuota, se ha vuelto un lugar peligroso. Recientemente supe del caso de una joven que fue secuestrada en ese camino y sufrió abuso sexual antes de ser liberada.
Cuando hace días discutí algunos de los casos anteriores en Twitter, varios usuarios de otras partes del país me dijeron que la situación de seguridad en las carreteras de sus respectivas regiones —lo mismo en el norte de la República que en la Huasteca—estaba igual o peor. “Sólo se interesan cuando la violencia pega a los defeños”, me reclamó alguien.
Y, en efecto, habíamos pasado por alto cómo se han incrementado los robos con coerción en muchísimas rutas de México. Antes de encargar a nuestros corresponsales un reporte sobre lo que ocurría en diferentes entidades, yo hubiera pensado que la franja fronteriza concentraba la mayoría de estos asaltos. Y no es que no los haya en esos estados —a últimas fechas, Sonora ha visto la aparición de este fenómeno criminal—, pero es la región centro sur donde se han propagado más rápido.
Durante una etapa de mi vida viajé con frecuencia a Xalapa. En busca de paisajes y experiencias distintas, así como de un menor tiempo de recorrido, probé varios caminos para trasladarme a esa capital.
En ocasiones, me desviaba en San Martín Texmelucan, Puebla, hacia el estado de Tlaxcala, que cruzaba completo hasta el pueblo colonial de El Carmen Tequexquita, desde donde me dirigía a Perote, unas veces por Oriental y otras, por San José Alchichica y su misteriosa laguna.
El primer camino pasa por el municipio de Tepeyahualco, donde se encuentra la zona arqueológica de Cantona, que fue una de las ciudades más prominentes de Mesoamérica entre los siglos VII y XI de esta era.
Otras veces, tomaba esa misma carretera, pero desde Amozoc, Puebla (hoy es un camino de cuota, uno de las más caros del país), o viajaba hasta Acatzingo, en la autopista México-Veracruz, para tomar la carretera federal 129 que también llega a Perote, vía San Salvador El Seco, un pueblo que destaca por su iglesia del Divino Salvador, del siglo XVII.
Muchos de los lugares que le menciono son hoy caminos peligrosos. El estado de Puebla ocupa en estos momentos el primer lugar en asaltos carreteros, de acuerdo con reportes de corporaciones de seguridad. Según el documento Incidencia delictiva del fuero común 2011, elaborado por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en el primer semestre de este año ocurrieron 242 robos en caminos del estado.
Es decir, 120 años después de que Manuel Payno escribió su novela Los bandidos de Río Frío, el territorio poblano —que recientemente dejó de ser gobernado por el PRI— vuelve a ser reducto de asaltacaminos.
¿Cómo pretender que haya normalidad en una ruta comercial como la que corre entre México y Veracruz, cuando el transporte de carga sufre tantos robos? ¿Cómo promover zonas arqueológicas maravillosas como Cantona, una de las sedes de la cultura olmeca, cuando el visitante corre el riesgo de ser despojado de su vehículo? ¿Cómo negar que la delincuencia suplanta al Estado en muchas regiones cuando aquélla cobra sus propias cuotas en las carreteras, como atestiguan camioneros?
El gobierno federal ha hecho un gran esfuerzo en hacer avanzar la conectividad del país, con la construcción de numerosas carreteras, pero también tendría que garantizar que el tránsito por ellas sea seguro.
Esto, por supuesto, no sólo es una responsabilidad federal sino de los gobiernos de los estados, que, ya sabemos, frecuentemente eluden sus obligaciones mediante numerosos pretextos legaloides.
Y no es cosa de partidos: Puebla, donde gobierna una coalición encabezada por el PAN, es el estado con mayor número de asaltos carreteros, pero en segundo lugar viene Guerrero (PRD) y en tercero Hidalgo (PRI). La situación muestra que en éste, como en otros rubros de la seguridad pública, el sentido común y la visión del país en su conjunto deberían conducir las decisiones de los funcionarios, más allá del partido al que pertenezcan.