Senna: la pasión, la muerte, Dios

Comprendí por qué correr en esos pequeños ataúdes a más de 300 km. por hora.

Ya he comentado en este espacio que provengo de una familia numerosa. Mis padres tuvieron siete hijos: cinco hombres y dos mujeres. Yo soy la quinta después de cuatro hermanos y lógicamente ser una minoría en el microcosmos de una familia trae consecuencias y circunstancias que acaban determinando nuestra personalidad en gran medida.

Tuve una infancia feliz rodeada de un interesante universo masculino que comprendía soldados de juguete, canicas, peleas en la esquina, mecanos, autopistas, víboras de agua, tortugas, arañas, renacuajos, perros, etcétera. En aquellos años de una televisión para toda la familia predominaba la sintonía de partidos de futbol soccer y americano, beisbol, box y carreras de autos. En este último deporte recuerdo la gran admiración por figuras como Jim Clark, Jackie Stewart, los hermanos Ricardo y Pedro Rodríguez y Moisés Solana. Desde luego toda la familia vimos Grand Prix de John Frankenheimer de la que por cierto sería interesante un remake aprovechando los efectos especiales que hoy predominan en el cine.

También fui al Autódromo Hermanos Rodríguez ( hoy Foro Sol ) a ver los entrenamientos en aquellos años del Gran Premio de México. Iba chaperoneando y siendo muy honesta he de admitir que me daba unas aburridas terribles porque no entendía la necesidad de conducir a toda velocidad en un auto que más parecía un ataúd y con riesgo constante e inminente de un accidente fatal.  La pregunta se quedó en algún lugar de mi subconsciente por muchos años y casi sin que me diera cuenta fue ampliamente respondida hace unos días cuando vi el documental Senna, dirigido por el cineasta británico Asif Kapadia en  2010 en el que se hace un puntual seguimiento de los años de apogeo del corredor de autos brasileño hasta su muerte en un trágico accidente.

Producción inglesa ganadora del Premio del Público en los Festivales de Los Ángeles y Sundance de este año el documental tiene la virtud de no quedarse en la primera capa de la piel de un hombre sumergido en el mundo del deporte más glamoroso, asociado con ganancias millonarias, yates, aviones privados, mansiones lujosas, bellas mujeres, fiestas y reportajes en las revistas del jet set y del “corazón”.

Hoy considerado el más grande corredor de Fórmula 1 el campeón Ayrton Senna que muriera a los 34 años, es presentado como un ser con una peculiar sensibilidad y muy espiritual, apasionado de la velocidad y la emoción de correr, tan cercano a la muerte como de Dios. Tenía un carisma único y en Brasil lo idolatraban, lo siguen adorando; él amaba a su país y a sus fans. Era un joven atractivo, muy delgado y me llamó la atención su sonrisa infantil, la suavidad de su tono de voz y sobre todo la mirada taciturna a veces tristona, como de alguien que se lamenta o que está distante o más aún que asume un destino. Creo que fue en esas características que comprendí por qué correr en esos pequeños ataúdes a más de 300 kilómetros por hora con el pulso a 200 latidos por minuto y rozando en fracciones de segundo la línea frágil e invisible que divide la vida de la muerte, provocando la locura en millones y millones de seguidores por todo el mundo. Me dice quien sí sabe que las carreras de autos tienen un antes y un después en Senna y así lo recrea el documental cuando lo vemos desde niño, en material tomado de películas de la familia, corriendo en go-karts y accediendo más tarde, en la década de los 80, a la Fórmula 1.

También se revela sin tapujos la corrupción, las trampas y los intereses que se mueven en esas altas esferas de las escuderías de automóviles contra los que Senna tuvo que luchar y que no se tientan el corazón para tomar decisiones que pueden exponer la vida de los corredores si eso representa más dólares.

El que queda mal parado es su némesis, el campeón francés Alain Prost, cuatro veces campeón mundial de la Fórmula 1, que vio en el brasileño a un competidor muy astuto, temerario y decidido contra el que en su desesperación no tuvo la suficiente inteligencia para jugar limpio.

Aunque algunos de los materiales incluidos no son de la mejor calidad Senna es un estudio profundo de un hombre que vivió en el límite, con un pie siempre más allá de este mundo pero inmerso a la vez en un ambiente superficial, de vanidad y riqueza. Créame que aunque a usted no le digan nada las carreras de autos, se va a emocionar igual. 9/10

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