Los finales de película y los de sexenio
El final de un sexenio suele ser tan aburrido como el finalde un romance.
No todos los eventos de la vida individual y colectiva encierran el mismo interés ni la misma expectación. En los deportes, por ejemplo, la regla no es pareja. El final de un partido de futbol suele transcurrir sin interés porque el resultado ya está definido y resulta imposible revertirlo en la conclusión. Sin embargo, “la final” de un campeonato mundial despierta el mayor interés de todo el torneo.
En el box, las cosas son distintas. Una pelea ya resuelta por puntos puede cambiar en el último round si sobreviene un nocaut. Por eso, en el último asalto, los contendientes se aplican a fondo. En las carreras de caballos el final suele ser atractivo, bien se trate de una batalla cerrada y llena de emoción competitiva o bien, por el contrario, que se trate de una justa con un resultado tan amplio que no emocione debido a la poca competitividad, pero que admire por su superioridad.
En otros campos, existen eventos casi siempre interesantes en su final, mientras que algunos siempre son insípidos y aburridos. Entre estos están, por ejemplo, los románticos. El final de un idilio provoca pereza hasta para escucharlo. Salvo que tenga algún condimento morboso, como que la esposa se enredó con un jovenazo o que el marido se fugó con una comadre, la conclusión de los romances invita tan sólo al sopor.
Desde luego, esto tiene sus excepciones. Ellas son los romances de las películas. Nada más recordemos la terminación idílica en Los puentes de Madison, en El ocaso de un amor o en El puente de Waterloo, donde he visto llorar no sólo a espectadores sino, también, a quienes, tiempo después, las recuerdan y las platican. No se diga la manera en que Rhett Buttler se deshace de su bellísima y perversa esposa en Lo que el viento se llevó. La escena se ha vuelto un clásico y el placer del espectador queda permanente en su recuerdo.
Y es que es el final de la película sobre lo que se construye toda la historia. Podría decirse que todo el argumento se escribe empezando por el final. Pero la vida real no es así. Y, sobre todo, lo más real de la vida, que es la política. Por eso, los finales de un sexenio suelen ser tan aburridos como los finales de un romance.
La verdadera ecuación temporal de lo gubernativo no reside en la duración del mandato, sino en la duración del poder.
Ha habido sexenios que duran, efectivamente, seis años. Pero casi todos han durado tan sólo cinco. Hubo un sexenio de diez años. El de Plutarco Elías Calles, periodo conocido como El Maximato. De manera más reciente, se dice que el de Luis Echeverría duró siete años, porque se montó uno más en el primero de su sucesor, José López Portillo. Pero quizá don José se quedó mal acostumbrado, porque al final de su mandato, su heredero, Miguel de la Madrid, le anticipó la incorporación de varios miembros de su gabinete y dejó al sexenio lopezportillista en el reducido espacio de tan sólo cuatro años. Hay algunos, como el de Vicente Fox, que pareciera que ni siquiera comenzaron.
Como quiera que sea, hay dos cosas que deben prevenirse. Para los gobernados, el hecho de que, en muchas ocasiones, el último año es terrible y temible. Nada más recuérdense el 1982 de José López Portillo o el 1994 de Carlos Salinas. La otra prevención es para el gobernante, quien siempre debiera tener presente que el mejor año de su sexenio debe ser el séptimo. Es el año de las pruebas, de los enjuiciamientos y de las calificaciones. Los otros seis debieran aplicarse a construir el séptimo año.
Si es cierto lo que digo, a este gobierno sólo le restan tres meses. Los siguientes doce son para barrer, para escombrar y, si fuera el caso, para limpiar. Para hacer bien sus maletas, como en los viajes. Para pagar las cuentas, como en los hoteles. Para utilizarlos como se utiliza el último día de nuestra semana de vacaciones.
Parafraseando a Dora Isella Rusell, el sexenio gubernamental es un bello viaje que se realiza en un barco que siempre estuvo anclado en el puerto.
*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
