¿Sale?

El consumo de drogas sin marca registrada, como de las que sí la tienen, es un fenómeno social.

No estoy seguro, lo reconozco. No estoy seguro, pero estaría dispuesto a apostar doble sobre sencillo a que la mayoría de los padres está contra la masturbación. Contra la masturbación en general, pero muy en particular, en contra de la de los niños (de los niños y las niñas, como está de moda decir).

Apuesto a que los padres que se consideran responsables condenan, sin ambages, la masturbación, con tanto o más ímpetu que lo hacen con la drogadicción igualmente infantil. De hecho, mucho me temo que consideran a la primera bastante más dañina y generalizada, pues su práctica no requiere siquiera salir de la casa.

Y su persecución es mucho más dificultosa. Si para evitar que el niño se ponga, basta con evitar su acceso a hierbas, polvos, engrudos o néctares y pociones de origen incierto, impedir el onanismo es mucho más complejo. A menudo contemplar los muslos de esa modelo harto potable y asaz provocativa, basta. Y de esas van plagadas todas la publicaciones decentes que llegan a las casas. A menos que, ya en plan testigo de Jehová, se limite los periódicos y revistas que poseen visa para penetrar en los hogares, a La Atalaya y semejantes.

Y ni así, perdóneme por decírselo. Porque el pinche escuincle perverso se la va a jalar con los tobillos de esa joven recatada o con esos pezones que apenas se adivinan, pero que al futuro adulto libidinoso en el que se convertirá, no le costará nadita imaginar.

La televisión representa una dificultad mayor. Para evitar cualquier peligro de autosatisfacción erótica, es necesario limitar los canales que los pequeñuelos de la casa pueden ver con relativa tranquilidad. María Visión y Enlace son del todo recomendables, pero tienen el grave inconveniente de que sólo son accesibles mediante la televisión de paga. E incluso en ese caso es preciso estar alerta para evitar a toda costa los infomerciales de aparatos de adelgazamiento, como el Ab Coaster o el Bio Shaker, con un alto contenido lúbrico. En caso que no cuente usted con canales restringidos, no se le ocurra permitir a los bodoques que se “entretengan” con el canal 5. Es el peor de todos. Las caricaturas son nefastas. Hay una dosis inimaginable de desenfreno en ellas. Una auténtica academia de sadomasoquismo, homosexualidad e incesto. Aunque el 11 (y el 22 que se llama así porque es el doble de perverso) no cantan mal las rancheras.

En resumen, si está usted seriamente preocupado por la atención desmedida que sus chicuelos dedican a la sexualidad, existe un solo remedio eficaz: hágales practicar una lobotomía.

En fin, una vez establecida, de manera indiscutible, la dificultad —y la discutible pertinencia— de combatir el onanismo, declaremos que las del combate contra el consumo de narcóticos por parte de los menores que ya salen a la calle es igualmente perniciosa, absurda, demagógica e inútil.

“Luchamos porque la droga no llegue a tus hijos”. ¿Acaso hay quien crea que matando a cuanto feo con pinta de narco —o sin ella— se acabará con el motamenudeo? ¿O que lo disminuirá? ¿En serio? Esa no me la creo. Ni los más puros e inocentes espíritus van a tomarse en serio ese cuento de hadas.

El consumo de drogas sin marca registrada, como de las que sí la tienen, es un fenómeno social. En México y en el mundo. A ver si quienes tienen la responsabilidad primera, a nivel doméstico y nacional, lo entienden de una buena vez. Los fenómenos sociales se abordan como tales y no tiene sentido quererlos reducir a hechos meramente sicológicos, económicos, legales, comerciales o delincuenciales.

El problema es que si los interlocutores directos de aquellos sobre los que recae la responsabilidad no sólo no lo entienden, sino que lo deforman, por motivos éticos, culturales, religiosos, educativos o sanitarios. No voy a hacer el retrato hablado de todos los energúmenos que pueblan nuestro panorama y que si, por ellos fuera, el problema se terminaba a base se sopapos. Mi acervo de bilis negra no alcanza. Así que no debemos sorprendernos del rumbo de los acontecimientos. Si existiera tantita más sensatez, tantita, en nuestros círculos directivos, las cosas tal vez serían distintas.

Las adicciones infantiles son realmente raras y se dan únicamente en ambientes harto enrarecidos. De manera que si en verdad se quieren evitar a toda costa, propósito tan noble como discutible, es preciso erradicar los entornos perniciosos y no pretender exterminar a los intermediarios de tan nefasta como inevitable cadena.

Así que la coartada según la cual la sangre que anega las canaletas, surcos, albañales y coladeras es el precio imprescindible para proteger a los angelitos del señor, es falsa, espuria e hipócrita. Los niños están a salvo si el hogar en el que habitan está a salvo. Sin necesidad de tiras ni en la casa ni en la calle ni en la escuela.

Yo no sé si el fenómeno de la drogadicción infantil se da más en los círculos marginales y pauperizados que en los de los más pudientes, de los que traen hartos guardaespaldas, pero quién quita y son precisamente ellos los que les pasan el puñito de hierba o la pizca de polvo al niño bien. No es que quiera yo suministrarle nuevas paranoias, amigo lector, ya tiene usted demasiadas. Pero no estaría de más que de vez en cuando checara los órganos respiratorios superiores de sus imberbes.

Aquí entre nos, yo creo que la mayoría de los padres y (madres) son buenos padres (y madres). Hombres y mujeres responsables y dueños de su proceder. Pero, ¿sabe usted, concernido lector? Ser hijo es una tarea cada vez más difícil. El gap generacional no hace sino ensancharse y tal desamparo no puede no provocar sentimientos encontrados en sus descendientes directos.

Pero admitamos, y estoy seguro que usted coincidirá conmigo, que armar toda esta masacre de dimensiones bélicas, para que los “dulceros” no se acerquen a las escuelas, además de fútil parece un poco exagerado. Hagamos un trato. Olvidemos como quien no quiere la cosa, un Hustler aquí o allá y dejemos de andar matando gente por las calles. Sin decir nada. Que quede entre nosotros.

        *Matemático

            bruixa@pordigy.net.mx

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