Terrorismo financiero

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¡Finalmente vimos, el pasado jueves, una luz al final del túnel: la del tren del terrorismo financiero que vino a aplastar a los pueblos! La consigna de la democracia liberal —el gobierno es del pueblo, por el pueblo y para el pueblo— sucumbió ante la consigna del sistema económico y político que domina el mundo: el gobierno del uno por ciento, por el uno por ciento y para el uno por ciento. Es el sistema en el que los ricos se hacen más ricos especulando financieramente, los empresarios productivos quiebran, los trabajadores se vuelven desempleados y a los pobres los hacen más pobres.

El triunfo del “uno por ciento” se dio gracias a la complicidad de Barack Obama, Angela Merkel, Rodríguez Zapatero, las cúpulas de los partidos Republicano y Demócrata en Estados Unidos y los partidos conservadores, laboristas y socialdemócratas en Europa. El Presidente del Banco Central Europeo, ante la recesión económica de la mayor superpotencia mundial (EU) no mencionó más que la necesidad de vigilar la inflación, cuando la mayoría de los bancos centrales deberían estar preocupandose por la reactivación económica y la generación del empleo. El FMI se ocupa de vigilar la acción gubernamental de países pequeños, en vez de controlar las economías —como la de Estados Unidos— cuya evolución afecta a todo el mundo.

No hay analista que no subraye la fragilidad de la economía estadunidense, la cual en la primera mitad de 2011 creció a una tasa anualizada inferior a 1%, es decir, está en plena recesión. Y la probabilidad de que así se mantenga en lo que queda de este año y el próximo año es de más de 40 por ciento. El “uno por ciento” convenció —gracias a una teoría económica equivocada, la ideología neoliberal divulgada por los medios de comunicación y  los políticos que sirven sus intereses— a la opinión pública que el problema mundial era el techo de la deuda de Estados Unidos, cuando en realidad el problema se situaba en otra parte: en la enfermedad crónica de la economía real estadunidense. Según cifras que procesa la empresa evaluadora Goldman Sachs, la economía estadunidense está peligrosamente “cerca de caer al abismo”.

Al igual que en México (1994-1995), el este asiático (1997) y que en el mundo desarrollado (2008-09), las crisis han sido provocadas por soluciones neoliberales que satisfacen demandas de los especuladores financieros y  dueños del crédito mundial. El “uno por ciento”. Al Secretario de Hacienda mexicano, Ernesto Cordero, como buen representante del  “uno por ciento”, en una declaración del viernes, únicamente le importó que el gobierno sólo gasta lo que tiene. No le importan ni el crecimiento del desempleo, ni la agudización de la pobreza, cuyas cifras nos han sido proporcionadas hace una semana por el INEGI y el Coneval. Además de neoliberal, resulta ser un pésimo economista.

El premio Nobel de economía en 2001, Joseph Stiglitz, señaló que la única manera abordar el déficit presupuestario, sin generar un círculo vicioso, no es no teniéndolo, sino, por el contrario, usándolo para generar empleo mediante crecimiento económico: “si uno está gastando fondos para inversiones que incrementan la productividad de la economía —infraestructura, tecnología, educación—, eso tiene dos efectos: impulsa el crecimiento económico hoy, pone a la gente a trabajar, y también incrementa el potencial futuro de la producción económica, lo que implica mayores impuestos.”

Al respecto, Robert Reich, profesor de políticas públicas en la Universidad de California, subrayó: “en realidad estamos en una crisis de empleo y crecimiento, no una crisis del presupuesto. Y la mejor manera de generar empleo y crecimiento es que el gobierno gaste más ahora mismo, no menos.” 

Otro premio Nobel, Paul Krugman, escribió en su columna de hace unos días en The New York Times: “el acuerdo mismo es un desastre… dañará una economía ya deprimida; probablemente empeorará el problema del déficit a largo plazo… y hará recorrer a Estados Unidos un buen trecho del camino hacia el estatus de república bananera”. Los buenos economistas saben que lo peor para una economía deprimida es reducir el gasto del gobierno, como acontece con el que encabeza Felipe Calderón.

 El “uno por ciento” ha hecho suyos a gobiernos de países desarrollados y emergentes, que no albergan ninguna preocupación sobre lo que sucede en la economía real, en la vida de la gente.

En los foros que realizó la actual Asamblea Legislativa del Distrito Federal, a finales de 2009, economistas como Randall Wray, Arturo Huerta y Clemente Ruiz Durán, demostraron que la crisis iniciada en 2008 generaría una recesión de la economía real estadunidense que duraría muchos años y, con la firma del TLCAN, los gobiernos federales neoliberales habían articulado los ciclos de nuestra economía a los estadunidenses. La prospectiva para México es recesión, desempleo, pobreza y desesperanza.

Como Stiglitz dijo el 25 de julio, en Madrid, ante los indignados del 15-M, es vital luchar por una refundación del sistema que, entre otras cosas, asegure un control férreo del Estado al capital financiero y a los mercados. “Esto no funciona, hay que cambiarlo”.

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