El México que queremos

Tener una expectativa de futuro es una de las mejores posesiones.

Como muchas y muchos ciudadanos, he revisado lo que dicen las y los expertos sobre las elecciones del año entrante. La mejor opinión, por bien fundamentada, me parece la de Pascal Beltrán del Río.

Él afirma que en México votamos por la esperanza. No lo dice así, pero es fácil darle ese significado a su frase: “Está claro que para ganar una votación presidencial (…) hay que conquistar la mente y el corazón de la clase media”.

Y nos explica que “con clase media no me refiero tanto a quienes tienen un cierto nivel de ingresos, ubicado en los deciles intermedios de la escala del INEGI, sino más bien a aquellos que independientemente de sus percepciones tienen una expectativa de futuro: progresar en el trabajo, adquirir una vivienda, darle a sus hijos una educación mejor a la que ellos mismos tuvieron”.

Tener una expectativa de futuro es una de las mejores posesiones. Ni el clima tan enrarecido que estamos viviendo nos la ha podido arrebatar. Saber y confiar en nosotras-os mismas-os; en que, por más difíciles que se nos presenten las circunstancias, vivir vale la pena, y buscar activamente las soluciones es mucho mejor que tirarse al piso a llorar por nuestras penas.

Esa imagen de mexicanas y mexicanos responsables de sus hijas e hijos; de madres que afanosamente trabajan sin descanso para ofrecer a sus vástagos una escuela; de padres que conviven con ellas-os y de la mano les hacen aprender las tablas de multiplicar; esa foto familiar, en la que la abuela bailaba rock y el abuelo corría apresurado tras el tranvía. Esa alegría de saber que cumplimos con una tarea que nos autoimpusimos: las hijas y los hijos, a quienes tenemos el deber de apoyar y sostener a pesar de todos los pesares.

Tener expectativas, seguir soñando que “como México, no hay dos”; que este país es parte de nuestras biografías y que así como no queremos que nos salgan mal nuestros proyectos, tampoco podemos permitir que a nuestro país lo sigan mandando personas que no ven más allá de sus narices. Para eso, entre otras poderosas razones, tenemos el derecho a votar.

Ese derecho nos obliga a reflexionar y en ese profundo diálogo con una-o misma-o, es indispensable buscar a quienes den respuesta a esa inquietud: un México que responda a esa expectativa de que mejoren nuestras condiciones para ofrecer a las niñas y a los niños la oportunidad de ser personas capaces de lidiar con sus respectivas circunstancias.

Por esa razón debemos exigirle a los partidos, a todos, que nos ofrezcan candidatas y candidatos capaces, distintos de los que ya conocemos y se han mostrado incapaces de cumplir siquiera con una pequeña de sus correspondientes promesas. Mujeres y hombres con talento, preparación, que sintonicen con nuestro eterno afán: darles las mejores oportunidades a quienes tenemos la obligación amorosa de atender y acompañar.

No queremos ver a los mismos. Queremos rostros alegres, de mujeres dispuestas a diseñar, con inteligencia, la mejor forma de incluir a quienes hasta hoy no han tenido escuela, clínica o, siquiera, la alegría de saber que llegará muy pronto una instructora del Conafe. Ver a candidatos que piensan la forma de cumplir en el trabajo y estar cerca de la familia, cotidianamente y no sólo en alguna vacación. Queremos candidatas y candidatos comprometidos con sus familiares y, por eso, comprometidos con un mejor país.

        *Licenciada en pedagogía y especialista en

            estudios de género

                claschca@hotmail.com

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