Medio lleno, medio vacío
Lograr establecer el Padrón de Maestros es un avance considerable; gracias a él hoy nos damos una idea del desperdicio en el sector educativo, del número de comisionados del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y hasta de cuánto cobran sus líderes.
En la vena popular se estila decir que los optimistas ven el vaso medio lleno y los pesimistas medio vacío. Un pragmático pedestre diría que no importa el nivel, lo que interesa es que el vaso tenga agua; mientras un cínico manifestaría que estábamos mejor cuando el vaso estaba oculto.
Las noticas sobre el Padrón de Maestros que la Secretaría de Educación Pública acaba de dar a conocer presentan esas facetas y afloran las primeras consecuencias de su divulgación.
Para ciertos actores políticos, lograr establecer ese padrón es un avance considerable; gracias a él, hoy nos damos una idea del desperdicio en el sector educativo, del número de comisionados del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y hasta de cuánto cobran sus líderes.
Los desconsiderados no le ven gracia a que nada más se publique la información que se recaba; el vaso medio lleno no satisface su sed, pues no conduce a acciones consecuentes.
El pragmático tal vez diga que el fin supremo del padrón es la transparencia. Gracias a él, se afirma en la SEP, se sabe que La Tuta sigue recibiendo su cheque como si estuviera activo.
Hay una visión impúdica: “Que se conozca lo que antes no se sabía —me dijo un supervisor—, aumenta el desprestigio de la educación pública”.
Si uno considera que es mejor saber que permanecer en la ignorancia sobre el destino del financiamiento a la educación pública, puede conceder que el vaso esté medio lleno. Gracias al padrón, hoy un mayor número de personas se enfada al conocer que los dirigentes del SNTE no sólo viven del presupuesto, sino que tienen un ejército de trabajadores a su servicio, pagados con dinero público.
Si uno no se contenta con que el gobierno muestre la corrupción (que por cierto se vio obligado, por la presión social, a mostrarla), sino que la combata —y eso no sucede—, entonces el pesimismo lo embarga y, aun reconociendo cierto progreso en la acción gubernamental, sigue viendo el vaso medio vacío.
Los voceros de la SEP dicen que la corrección de los problemas corresponde a los estados “soberanos”, que ellos son los responsable de la nómina desde 1992. Es una postura fácil: cuando hay bronca, los funcionarios del centro evaden su responsabilidad; cuando se trata de diseñar un nuevo currículo o que no haya reprobados, por ejemplo, entonces los estados no tienen soberanía. Ningún gobernador, aunque quisiera, posee poder para oponerse al SNTE.
Lo que la opinión pública apenas empieza a conocer es nada más la punta del iceberg: datos que las autoridades de los estados se vieron obligadas a divulgar y que son susceptibles de auditar; pero que no muestran lo que está debajo del agua.
Hay cientos de maneras de disfrazar a los aviadores, como asesores técnico-pedagógicos (asignados a escuelas inexistentes o a las que nunca asisten) o como auxiliares en supervisiones de zona o jefaturas de sector.
Las consecuencias para la educación son terribles. No sólo abona a su mala imagen y enseña la ineficacia del gobierno, sino que con recursos fiscales se nutre a la camarilla hegemónica del SNTE para que incremente más su poder. Con trabajadores comisionados, la supervivencia de la camarilla está garantizada, más allá de lo que el destino le depare a Elba Esther Gordillo.
Los comisionados y la corrupción en el sistema educativo desprestigian más a los maestros. Estoy convencido de que hay miles de docentes dedicados y responsables que cumplen con su deber a pesar de la burocracia y del sindicato; pero la mancha del desprestigio los alcanza. Ante la opinión pública, el magisterio nacional (y mucha prensa lo recalca) es el culpable de la mala educación, cuando, visto en plata, es otra víctima del sistema.
Parece que los buenos docentes no hacen mucho (y si lo hacen, no se nota) por liberarse de las rutinas que el marco institucional y el sindicato les imponen. Acaso, los mejores se conforman con cumplir bien en su trabajo.
Pienso que sólo desde el poder del Estado, haciendo uso de él, se puede eliminar, o al menos disminuir, la corrupción que afecta al sistema educativo. Pero los políticos del poder no harán nada —por temor o por conveniencia— si no hay una fuerza social que los obligue a actuar.
Tengo la impresión de que esa fuerza comienza a organizarse. A ver si el vaso se llena.
*Académico de la UAM
