Salvo honrosas excepciones
México necesita que la izquierda verdadera, progresista, educada,se comprometa con la sociedady se convierta en un factorde cambio y desarrollo.

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
México necesita de la izquierda. Once millones de personas en situación de pobreza alimentaria —término que eufemísticamente se refiere a la gente que no tiene lo suficiente para comer— lo demuestran. La desigualdad, la falta de oportunidades. La mala educación que reciben nuestros niños y que no hace sino ensanchar la brecha que separa a pobres y ricos y proyecta la miseria hacia el futuro. La violación constante de los derechos humanos de las minorías, la situación indignante en la que viven los pueblos indígenas.
México necesita de la izquierda, y la necesita urgentemente. Necesita que la izquierda verdadera, progresista, educada, se comprometa con la sociedad y se convierta en un factor de cambio y desarrollo. La izquierda moderna, que debe decidirse, de una buena vez, a participar activamente en política y salir del plano al que ha sido relegada por los oportunistas de costumbre. No puede pasar más tiempo, la sociedad pierde cada vez que los ideales de igualdad y solidaridad son utilizados como bandera por políticos sin escrúpulos, que solamente están interesados en la obtención o en la retención del poder.
Llevamos 11 años perdidos desde la alternancia, en los que la izquierda debería haber asumido su rol como contrapeso de las políticas gubernamentales, generando el diálogo y acotamiento de los excesos naturales al ejercicio del poder sin medida. El país se moldea a cada momento, está vivo y cambia por instantes: para que el cambio sea evolutivo, se necesita la participación de la sociedad entera, con el compromiso, de todos los involucrados, de no interrumpir jamás el diálogo. En cuanto una de las partes se cierra al intercambio de ideas, la democracia se desvanece a través de prácticas de mayoriteo e imposición de las ideas por la fuerza. Hemos tenido incontables ejemplos en los últimos tiempos: cualquier tema polémico se aprueba o desaprueba a priori, sin entrar a conocer las razones que ambos bandos tienen para hacerlo. Las posiciones se polarizan y los dogmas salen a relucir. Desde los donativos y privilegios inexplicables en un Estado laico hasta las reformas sobre temas tan delicados como el derecho a la vida. Simplemente dejamos de dialogar.
La elección de 2006 es el ejemplo paradigmático de la polarización por falta de diálogo. Porque, independientemente del resultado de la misma, un tema que sigue levantando ámpulas, a partir de entonces se interrumpió el diálogo entre dos sectores de la sociedad que no han perdonado los agravios recibidos. Y el gran error de López Obrador, la responsabilidad histórica que tendrá que enfrentar es, precisamente, éste. En lugar de haber tenido la visión y la grandeza de prever las consecuencias de sus actos, se embarcó en una lucha de rencor y resentimiento que acaba de cumplir cinco años.
Cinco años en los que el país podría haber ganado mucho con una oposición responsable. Cinco años que ofrecerían resultados muy distintos si, en vez de repetir el mantra de “el espurio, el innombrable, la mafia que nos robó el poder…” mientras viajaba por todo el país, se hubiera puesto, junto con sus simpatizantes, a trabajar como lo había prometido.
López Obrador perdió la oportunidad de oro de formar un gobierno en la sombra que señalara, con la legitimidad del que perdió por menos de un punto porcentual, las deficiencias en la gestión del gobierno constitucional y que hiciera propuestas para mejorar. En vez de construir, por el bien del país, se convirtió en el amo del despecho y la cortedad de miras.
La situación de pobreza que enfrenta México no es sólo producto de las crisis mundiales, como ha sugerido la versión oficialista, pero tampoco responsabilidad exclusiva de la administración actual. Y este es el punto que la sedicente izquierda mexicana no alcanza a ver: el trabajo de la oposición es esencial como contrapunto al gobierno, como fiel de la balanza del ejercicio del poder. La izquierda tuvo la capacidad y la oportunidad de hacerlo, y las desaprovechó.
Todo parece indicar que algunos de los protagonistas de la izquierda, tanto partidaria como ciudadana, se han dado cuenta, no sólo del autoritarismo de López Obrador, sino de la responsabilidad que deben asumir en un momento tan comprometido como el que atravesamos. Así, el activismo ciudadano se ha multiplicado en los últimos años, favorecido por el fenómeno de las redes sociales como instrumento de identificación mutua, intercambio de ideas y organización. Nuevos grupos surgen para cada causa, y los políticos han comenzado a tomarlos en cuenta, tanto por temor como por tratar de aprovecharse del empuje y la honestidad de sus participantes.
Hoy más que nunca es necesario reconocer la importancia de la izquierda en la sociedad mexicana. Pero también es fundamental distinguir entre la izquierda anacrónica del 68, con hoces, martillos y retratos del Che Guevara; la izquierda oportunista, de ex priistas resentidos, plantones en Reforma, pistas de hielo, playas artificiales y quinceañeras en bailes multitudinarios, y la izquierda moderna, progresista, de intelectuales, académicos y ciudadanos comprometidos. De gente dispuesta a hacer algo por su país. Gente con ideales, pero que no esté dispuesta a abandonar el diálogo. Esta es la izquierda que necesitamos y que, salvo honrosas excepciones, no se encontraba entre los oradores de los mítines del fin de semana pasado.
*Analista político
twitter.com/vbeltri