Tacones a la carta

No se puede negar que las hembras buscamos a un macho que nos proteja.

El sexo es poder, lo sabemos y, aunque no nos guste, es un fact que nos toca, sí o sí, aceptar. Durante cientos de años el sexo ha jugado un papel importantísimo en las diversas sociedades, y es que manejar a una persona por medio del sexo es un poder que bien podríamos ejercer todos, lo que pasa es que ni es ético ni está bien visto, moralmente hablando, además, es una herramienta muy deplorable. Sin embargo, el sexo sigue y seguirá evolucionando socialmente cada época según los avances de la liberación sexual y de sexos que traemos de la mano, infaliblemente, las generaciones.

Hoy en día, para lograr tener sexo, sobre todo en el caso masculino, se tiene que contar con una serie de atributos que los pone en muchas dificultades. Es bien sabido que los machos que logran aparearse son los que más atributos tienen dentro de un determinado grupo de machos que aspiran a un determinado grupo de hembras. En la selva, los machos que logran tan fundamental tarea para la perpetuación de la especie son los que, después de romperle el hocico a otros cuantos machos, demuestran su virilidad ante un grupo de hembras que terminan ávidas de ser poseídas por aquel que aparenta ser el más fuerte, o sea, el mejor semental. En una sociedad como la nuestra, en la que ser el más fuerte se convirtió en el que más tiene y, por medio de eso, más poder demuestre, las cosas se pueden volver un poco —muy— turbias. Bien conocidas son un gran grupo de elegantes representantes de mi género que se ven atraídas por este fatuo poder; dime qué coche tienes y te diré cuánto vales más o menos. ¿Triste, verdad? Pero cierto y más común de lo que nos imaginamos.

Entonces, si los machos actuales buscan competir en un cierto mercado de mujeres “casaderas”, les anticipo un camino pedregoso. ¿Qué puesto tienes? ¿Cuánto ganas? ¿A qué me invitas? ¿Qué restaurante frecuentas? ¿Qué marcas usas? Entonces de ahí, mis queridos Cirilos del planeta (que aspiran a este medio selvático urbano), es cuando nace el verdadero amor. He escuchado a Cirilas decir que es igual de fácil enamorarse de un rico que de un arrancado (como se les dice a los menos afortunados económicamente hablando, por allá por mi pueblo), que es mejor llorar lágrimas de sangre en un Mercedes que en una carreta y que si por la plata baila el perro, la perra... no se queda muy atrás que digamos.

No se puede negar que las hembras alrededor del mundo buscamos a un macho que nos proteja y nos brinde cierta seguridad que se representa con diferentes símbolos mundiales como traer la chuleta a la casa, protección ante los peligros a los que nuestra “debilidad” física femenina nos hace vulnerables, además de huir del tan temido estereotipo de la tía solterona y amargada, sin olvidar la excusa natural de perpetuar una especie que de tanto perpetuarse está sobreperpetuada. Sin embargo, con el pasar del tiempo y el consumismo descarriado, hemos confundido lo que proteger significa y lo hemos relacionado con la marca de chamarra o cartera que portan. Ahora las hembras no se lucen ante los machos haciendo danzas preapareamiento para demostrar la fertilidad tan deseada por el digno semental, esa “fertilidad conquistadora” se ha vuelto una combinación entre belleza artificial y marcas que adornan a una buena hembra “que se respete”.

Entonces, bajo ese maravilloso, pleno y audaz pensamiento, ahí les dejo el inicio de la semana con una sola cuestionante: ¿En qué grupo de machos “alfas” querrán pelear los Cirilos para acceder a qué grupo de hembras que, al fin y al cabo, no se guían más que por el color de la tarjeta de crédito que Cirilo saca a la hora de pagar?

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