Ombudsman en contextos críticos

El ombudsman ha tenido que salir a denunciar que toca al gobierno frenar abusos y evitar omisiones en operativos y prisiones, el “ya basta” a los delincuentes, que no han infectado aún a los funcionarios marciales y/o policiales y viceversa, lo deben exigir los ...

El ombudsman ha tenido que salir a denunciar que toca al gobierno frenar abusos y evitar omisiones en operativos y prisiones, el “ya basta” a los delincuentes, que no han infectado aún a los funcionarios marciales y/o policiales y viceversa, lo deben exigir los líderes sociales.

La seguridad pública es la regla, la excepción es la probabilidad de sucesos que interrumpan la dosis sostenida de paz estable en un lugar concreto, cosa común en  un mundo que gira cada vez más y en el que lo que ocurre en Chipre repercute en Ottawa, en  Manila o en Managua, y encuentran en México correspondencias traducidas en desmanes e incidencias terribles que componen la densidad de nuestros nuevos males.

Algunos comisionados públicos de los derechos humanos en México han tenido que afrontar con estoicismo al mantener su ritmo protector de la sociedad en zonas en las que la anarquía impune quebranta cualquier señal de orden, es el caso del ombudsman chihuahuense José Luis Armendáriz, que ha sido ratificado para un segundo periodo al frente del organismo que, de manera asombrosa, ha sabido, querido y podido defender a los más vulnerables arrancándolos de las manos de los corrompidos y bestiales agentes oficiales.

Hace 20 años se discutía la posibilidad de elevar a rango constitucional la función del ombudsman (que finalmente se concretó en 1992). La CNDH original, nacida en 1990, venía funcionando, pero era una instancia jurídicamente frágil, sostenida por un decreto del Presidente de la República. Sin embargo, en compensación a esa debilidad institucional, se confió a un personaje muy respetado en esa época por sus credenciales académicas, me refiero al para entonces ex rector de la UNAM y ex ministro de la Corte; el propósito superior de la CNDH —inicial— fue erradicar la tortura que por esos años se volvió uno de los signos del régimen autoritario: la tortura practicada por los mandos policiacos de entonces, sus temibles comandantes de plaza y las madrinas (acompañantes a sueldo o a comisión que iban con los agentes policiales a los operativos y extorsionaban a los detenidos para que se confesaran culpables de ilícitos que no habían cometido), caterva de gorilas con aficiones zafias y debilidad a los enervantes en grado de adicciones.

Hoy, los 33 organismos públicos defensores de los derechos humanos, la mayoría instituciones dotadas de solidez jurídica y presupuestal, han retornado, empero, a concentrar sus energías institucionales en denunciar e intentar contener la oleada de gravísimas violaciones a los derechos fundamentales de la sociedad, con una nota distintiva que ahora no solamente algunos mandos uniformados (oficiales) maltratan con despotismo a la población, sino que un porcentaje de las corporaciones atropellan con profesional cinismo derechos y libertades ciudadanas siguiendo o secundando a los capos del crimen organizado que se ha desorganizado tras la ruptura de los pactos con el Estado que lo “mantenían controlado”. A pesar de tantos esfuerzos en este rubro, sabidas excepciones, nos hemos estancado en un estadío infernal.

*Especialista en derechos humanos

fjacuqa@hotmail.com 

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