Sicilia
Saltó al foro público tras el multihomicidio en Morelos, en el que fue ejecutado su hijo junto a otras seis personas, en uno más de los 35 mil hechos de sangre que a diario conmocionan al país desde hace cinco años.

José Buendía Hegewisch
Número cero
En México “se nos resquebrajó el piso” para la convivencia. Se pueden construir liderazgos éticos y promover valores para la paz, pero, ¿qué pasa cuando queremos convertirlos en práctica cotidiana? Desde su mira de poeta, Javier Sicilia no ve que haya suelo para ello y trae a cuento un ejemplo que usa con frecuencia: un sacerdote, para mantener su moral, la ética y el compromiso religioso, necesita piso y lo encuentra en la Iglesia, en el monasterio o el Convento. Si lo llevaran a una orgía, ¿quién apostaría a que se mantendría casto? Igual pasa con el país: los esfuerzos por sostener valores éticos, como la tolerancia, la paz o la honestidad, se desmoronan cuando se llevan a un piso de violencia, corrupción y donde impera la ley del más fuerte, afirma.
Sicilia saltó al foro público tras el multihomicidio en Morelos, en el que en marzo pasado fue ejecutado su hijo junto a otras seis personas, en uno más de los 35 mil hechos de sangre que a diario conmocionan al país desde hace cinco años. Como Alejandro Martí o Isabel Miranda de Wallace, forma parte de los nuevos liderazgos sociales que ha parido la violencia misma. Como ellos, también se ha construido, a contrapelo de sus aspiraciones (“habría cambiado mi vida por la de mi hijo”), pero su presencia constata los vacíos y ausencias que hay en el país. Rápidamente se ha vuelto referente de la opinión pública, ante la falta de otros liderazgos aceptados. Representa una opción ética y su legitimidad tiene que ver con que no se le percibe ambición personal y que, obviamente, no trata de capitalizar la tragedia en beneficio propio como se pensaría de políticos o partidos.
Comparte los resortes que también han llevado a empresarios como Martí o la maestra Wallace a encabezar la exigencia de la sociedad civil por paz y seguridad pública. Pero, además, como escritor, habla desde otra sensibilidad y conecta con el hartazgo que hay en una sociedad que tiene “resquebrajado el piso” de las instituciones y la cultura cívica que se necesita para la convivencia. Como ellos, entró al activismo como víctima de la violencia, pero su reclamó no se detiene en la crítica al sistema de justicia o de policía, sino que atiende los factores que han roto la cohesión social. Los primeros, acordes con un pensamiento conservador, piden recuperar el orden (limpiar la casa) y el otro busca las razones que la derruyen. Aquellos ponen énfasis en la reforma de las leyes antisecuestro, a crear observatorios ciudadanos para supervisar a la policía y obligar a la rendición de cuentas, sin cuestionar la estrategia de la “guerras contra las drogas”. Sicilia propone una reflexión crítica y de fondo frente a la política antidroga, denuncia la desigualdad y llama a un pacto político nacional contra la violencia.
El poeta habla de política, pero no con la “lengua de palo” de los políticos. Habla de la política desde la ética y el servicio, mientras partidos y líderes debaten sobre las contradicciones en las cifras de muertos o sobre el número de pobres como parte de sus estrategias de acoso y derribo del adversario rumbo a 2012. Ante tanto “realismo político”, el poeta parece naif con su discurso fundado en la ética y los valores.
Su propuesta de hacer un pacto político contra la violencia fue bien recibida, pero condicionada a que las campañas hacia 2012 lo permitan. Ahora piensa que de ese pacto podría salir una candidatura presidencial ciudadana o, de lo contrario, tener unas elecciones presidenciales “infernales”. Los partidos podrían, además, acordar cinco puntos para reconstruir a las instituciones y a la convivencia como requisito para controlar la violencia. Pero a Sicilia se le podría preguntar en sus mismos términos: ¿sobre qué piso puede ser viable esa propuesta?
En efecto, él mismo no es optimista y tampoco ingenuo, aunque el discurso alrededor de la ética hace que cualquiera lo parezca. No, por el contrario, la diferencia y el atractivo de Sicilia frente a otros liderazgos sociales es la defensa de la opción ética frente al crimen; de la necesidad de reconstruir el “tejido social”, desde donde surge la violencia. Y ese es justamente el mensaje que necesita un país que esta semana vivió otra vez la vergüenza de ver salir de una fosa más de 145 cadáveres en Tamaulipas.
Los nuevos liderazgos sociales simbolizan el hartazgo de la ciudadanía frente al crimen y la impunidad. Si se dejan seducir por el poder, perderán toda fuente de legitimidad; también si se convierten sólo en soportes técnicos que ayuden a los gobiernos a galvanizar la inconformidad y el desencanto. Ya han logrado que el tema de la inseguridad no sea sólo rehén de las disputas entre partidos, ahora queda impulsar a la sociedad civil para que la paz no quede sólo en manos de los gobiernos.
*Analista político