Drogas y acción social

Las manifestaciones callejeras tienen sentido cuando el gobierno puede remediar el mal que se reclama.

Se registran en estos días los hechos más abominables. Ni en los excesos de la Revolución o de la guerra cristera se conocieron actos que alcanzaran la barbarie que ahora se dan, como el increíble caso de sacrificar a una pequeña secuestrada de cinco años o a grupos de migrantes a los que se les mata y se les entierra en fosas comunes. 

El desmoronamiento de los valores sociales que las mafias tipifican no sucede sólo por la lamentable condición en que se encuentran millones de jóvenes ahora llamados ninis. Producto de largas décadas de abandono, en su adolescencia emergen en los años de la administración panista, muchos incorporándose la incontrolable criminalidad. Al  partido en el poder no se le puede culpar del desastre social que heredó.

Nuevas tragedias llevan a recurrir a la estrategia de las marchas ciudadanas que expresan la incontenible indignación popular y la de los líderes que justificadamente las convocan. Las veremos todo el tiempo que sigan los asaltos, asesinatos, secuestros y muertes. Las marchas nada remedian.

Las grandes manifestaciones callejeras tienen sentido cuando el gobierno puede remediar el mal que se reclama. El cacerolismo sudamericano contra los regímenes despóticos, sin duda llevó a su derrocamiento. El levantamiento de las masas árabes de estas semanas en las plazas públicas induce transformaciones políticas. A diferencia de nuestra situación aquéllas piden lo políticamente posible.

Pero las violencias y crímenes del narco no las realiza el gobierno. Tampoco caben pactos. El mal rebasa toda capacidad policiaca, aun si hubiera los elementos municipales y estatales necesarios. La única respuesta factible, como se ha visto en otros países, es la militar. Los que claman por soluciones distintas no pueden ofrecerlas. No hay alternativas realistas. Pedir que el gobierno claudique de su responsabilidad y retire al Ejército y a la Armada de las calles, significa aceptar la sumisión consciente de la sociedad a los dictados de las mafias. Los que insisten en medidas financieras que asfixien las ganancias de las mafias, no resuelven el horror de la cotidiana criminalidad mientras se ensaya el remedio.

Si duda que ¡ya basta! de la interminable ola criminal. Pero no basta que el clamor ciudadano culpe al gobierno de no detener de inmediato la violencia que cunde. Los grupos que se han formado últimamente pueden hacer valer su organización e influencia para orillar a los poderosos medios de opinión, reclutar a las grandes corporaciones empresarias para completar la acción del gobierno con extensas campañas de prevención al consumo y venta de drogas.

Es ésta sólo una respuesta que la iniciativa privada nacional debe dar a nuestra compleja problemática. La otra corresponde a la llamada de alarma que lanzan los jefes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial que, reunidos en Washington, urgen a todos los países a crear de inmediato empleos “a fin de evitar una nueva crisis social”. 

Nuestros dirigentes políticos al igual que los empresarios se exhiben insensibles al reto. Unos aplazan reformas estructurales que languidecen hace años en comisiones legislativas. Otros se allanan a las demoras y aplazan decisiones. Los extranjeros, sin embargo, actúan con más confianza abriendo nuevas plantas y rescatando empresas mexicanas fallidas.

La implacable guerra contra el narcotráfico es indispensable. No podemos evadirnos. El avance general del país en términos socioeconómicos tampoco. La firmeza y el temple combinados con aguda visión al futuro de un México internacionalmente corresponsable es la tarea. De todos. 

*Consultor

juliofelipefaesler@yahoo.com

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