Todo empezó con el siglo. Hace 100 años. No sé qué pasó, pero un frenesí creativo se apoderó de la humanidad. Cada día brotaban inventos nuevos, como hongos, que modificaban en intervalos muy breves la vida cotidiana de la buena gente. Se volvió imposible acostumbrarse. Acostumbrarse a lo que fuera, a nada. Tan pronto ya le había agarrado uno el modo a un chunche o a una práctica, desaparecían, eran arrinconados y, en el mejor de los casos, sustituidos. Fue el vértigo de la modernidad.
Véalo así: Mi madre nació en 1903 y murió en 1982. Así pues en el lapso de su apasionada, fértil y accidentada vida le tocó ser testigo del advenimiento de los automóviles y de los aviones, de hélice y a propulsión, de los dirigibles, de los grandes trasatlánticos y los trenes frecuentes. De la electricidad y todos sus retoños, como los focos y las pilas. De la aspirina, la penicilina y los anestésicos. Y de la píldora.
Del cine, de la radio, de la televisión, incluida la de colores. De los plásticos y toda su interminable familia, celofán, diurex y muchos parientes más. Del teléfono y del tocadiscos. Del agua entubada y el drenaje. De los relojes de pulso. De las estufas de gas, las lavadoras y los refrigeradores. Llegó a ver, incluso, las calculadoras y las primeras computadoras domésticas.
Qué se yo. Es decir sé que se me quedan por decir más de las que dije, pero ya mejor le paro. Devoraría el espacio que me queda. Usted sígale, sagaz y obsequioso lector. No me deje toda la chamba a mí. No sea malora y también ponga de su parte. Mire, hasta lo encamino: los lentes de contacto, las fotos a color, los rascacielos, el Metro. Las corcholatas. Órale, continúe, a ver si como duerme, ronca.
Es verdad que muchas de estas innovaciones ya habían visto la luz en el siglo XIX, pero no se socializaron, no llegaron a ser conocidas y masivamente utilizadas sino en el XX. Por su parte el XXI ha llegado también con algunos “adelantos”, como internet o los celulares, los trasplantes, la clonación, la fuel injection, los GPS y las series del árbol de navidad que no se funden. Y el viagra. Pero qué quiere que le diga. No se compara. Reconozca que la mayoría de las cosas con las que nos las hemos de ver, ya existían, y que nuestra actividad diaria no se ha visto grandemente trastornada.
De todos los artilugios no que nacieron pero que vivieron su epifanía y fueron presentados en sociedad en aquellos tiempos, hoy quiero escoger especialmente dos: el cine y la radio. Fíjese usted bien. Si lo piensa uno se dará cuenta que son, si no contrapuestos, sí opuestos. Uno recurre a la vista y el otro al oído. Uno apela a la imagen visual, y el otro al sonido, a la palabra oral. Aquel cine era mudo, y el radio sigue siendo ciego.
El cine fue silente del todo hasta poco antes de los años veinte, cuando empezaron a introducirse efectos sonoros: el ruido de la lluvia o del viento, pasos o puertas que se abrían rechinando o se cerraban de golpe. Estos efectos eran realizados directamente en la sala, por medio de un “órgano de ruidos” especialmente diseñado, o bien, más tarde, con un disco que se sincronizaba a ojo con el film. Ese cine, con sonidos, pero sin voces, es el que llamamos “mudo”, en sentido estricto. Ambos, el silente y el mudo, recurrieron a menudo al acompañamiento musical ejecutado directamente en la sala, ya fuera por un modesto piano o pianola u orquestas completas en grandes salas.
Un buen ejemplo es El nacimiento de una nación, realizada en 1915 por D. W. Griffith, que muchos consideran una gran película y que yo detesto. Es un churro fascista y racista, una auténtica loa al Ku Klux Klan y a la supremacía de la raza blanca. Pero cuentan que a menudo era acompañada de efectos sonoros excelentes. Sería lo único excelente. En esa línea prefiero por mucho Metropolis de Fritz Lang, mucho más tardía, pero aún muda.
El cine sonoro propiamente dicho, en que se escuchaban las canciones y los diálogos, no acabaría generalizándose sino a partir de 1930, aunque se acostumbra a considerar como la primera El cantante de jazz, de 1927, con Al Jolson. Muchos hacedores de cine se revoltaron indignados contra tal “frivolidad”, pues según ellos abarataba el género, y en no pocos casos tuvieron razón. Era, para que me entienda y los entienda, como ponerle sonido a un cuadro. Al Desayuno en el campo o a la Rendición de Breda, digamos. De hecho sí existen, en la actualidad, portarretratos que hablan o cantan el happy birthday cuando los levanta uno. A los gringos les encantan.
La radio, por su parte, siguió su propio camino, dando preeminencia a la palabra, a la voz, al texto, y antes de la facilitación del uso de los primeros fonógrafos, rara vez a la música. Después, los reproductores de sonido fueron dejando de ser su rival para convertirse, hasta la actualidad, en su aliado.
Han pasado cien años y cientos de innovaciones. En un momento dado se intentó la reconciliación de Cine y Radio, auspiciada por Música, amiga de los dos. La cosa parecía funcionar, al punto que se casaron. Incluso tuvieron una hoja, pero nació tonta. Oligofrénica. Le pusieron Televisión. Creció y creció y se dio a la mala vida. La que hubiera podido ser el fruto de la unión, la síntesis de sus padres, se prostituyó, se hipertrofió y se volvió contra ellos. En vista de lo cual, Cine y Radio, desanimados y venidos a menos, decidieron seguir cada uno por su lado. Aquí la palabra dicha, allá la palabra móvil.
