Todos somos Javier Sicilia

¡Claro que estamos hasta

        A la memoria de Juanelo.

 No, no es cierto que todas las vidas humanas valgan lo mismo. Discrepo. La del violador, la del secuestrador, la del asesino, la del narcotraficante que envenena a la juventud, ¿acaso las vidas de estos sanguinarios chacales, seres despreciables con apariencia humana, estas hienas que no fueron paridas por vientre de persona alguna, que no matan para comer como los animales, sino que asesinan por placer o consigna, las vidas de estos nauseabundos individuos, medios hombres y medios bestias, criminales a sueldo, valen lo mismo que las de Juan Francisco Sicilia, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Alejo Escalera o las de Silvia Vargas, Fernando Martí o de la de Hugo Alberto Wallace y de tantos otros jóvenes más que han sido brutalmente asesinados por homicidas que, rara vez, son sentenciados a las más severas penas consignadas en nuestros códigos penales, anacrónicos y tardíos desde que no recogen la infernal realidad.

¡Claro que estás (estamos) hasta “la madre”, querido Javier! ¿Cómo no estarlo cuando el país se nos deshace como papel mojado entre los dedos de las manos?: 98% de los crímenes no se aclaran jamás; 88% de los estudiantes no aprueban el examen de admisión para ingresar a la UNAM; existen ocho millones de ninis entre los que se cuentan la inmensa mayoría de nuestros políticos, una muestra representativa de nuestra sociedad, al igual que lo son nuestros maestros, responsables parcialmente de la existencia de 50 millones de mexicanos sepultados en la miseria. Ahí está la estadística que revela cómo de los dos millones 500 mil niños que ingresaron a la escuela el año pasado, tan sólo llegarán a graduarse 50 mil personas. La calle, una escuela de delincuencia. Ahí, en el escandaloso fracaso escolar, está el caldo de cultivo de la criminalidad, como lo está en el multimillonario nacimiento de niños resentidos, huérfanos de padre y madre, en la falta de empresarios creadores de empleos, en la temeraria incapacidad del Estado para impartir justicia en un ambiente de apatía social desde el que se contempla el robo descarado del ahorro público, la destrucción de bosques, la muerte de nuestros ríos y la creciente y amenazadora economía informal. Todo se vale, nada se castiga.

¿Más, querido Javier? ¿Qué tal, aunque no concuerdes conmigo, cuando la Iglesia católica absuelve de los pecados a cambio de unos pesos y de un par de oraciones? ¿Somos un país de cínicos y nos asusta el cinismo? ¿No es cierto que el mejor negocio existente en México, de buen tiempo para atrás, es el de la “industria del despojo”. Los políticos roban, los legisladores desfalcan a la nación con sueldos y prestaciones y dietas groseras, además de representarse a sí mismos, en tanto los partidos políticos traicionan a la nación, desde que la tienen secuestrada y los ministerios públicos y jueces abren el cajón para vender la justicia. ¿Has visto a los ricos en las cárceles?

La industria del despojo es la más lucrativa de México. Ahí están los empresarios que hacen negocios sucios y que acaparan grandes fortunas, nos despojan, como también nos despojan los ladrones en la vía pública o el fisco, al cobrarnos impuestos que no están destinados a satisfacer los servicios públicos como una buena policía, una gran escuela o un aparato impartidor de justicia que disminuya la efervescencia social. ¡Claro que estamos “hasta la madre”, Javier!, pero ¿por qué, mejor, en lugar de organizar marchas, no proponemos un paro nacional de contribuyentes? ¡Sí, Javier, hermano, no paguemos impuestos para sostener a millones de burócratas que nos despojan de nuestros ahorros, de nuestra paz, de nuestra familia y de nuestros bienes! ¿Por qué mantener a parásitos que llegan a asociarse con la delincuencia? A quienes tienen secuestrada a la nación no les duelen las marchas ni las protestas sociales, no: a ellos les duele la resta de recursos presupuestales, la disminución de sus sueldos con los que viven cómodamente con vigilancia especial, cuerpos carísimos de seguridad que pagamos nosotros, mientras sonríen o se burlan de las protestas ciudadanas. ¡No olvidemos al sujeto siniestro, con pretensiones presidenciales, que se atrevió a calificar una marcha de protesta social como la de los “Pirruris”! ¿Qué les va a importar una marcha..?

¿Queremos protestar? Que nadie pague impuestos, sean las que sean las consecuencias. No hay cárceles para millones y más millones de mexicanos hartos del gobierno. Adoptemos entre todos escuelas públicas. Confesémonos con Dios y no con los sacerdotes. Reformemos nuestros códigos penales para facultar a las policías con más elementos agresivos y defensivos que no puedan ser cuestionados por las comisiones de Derechos Humanos. ¿Qué dirán dichos comisionados al respecto cuando se despoja de la vida a jóvenes inocentes? ¿Y los derechos humanos de Juanelo, de Julio César, de Luis Antonio Jaime y de Gabriel, de Silvia, de Fernando o de la de Wallace?

Tu dolor me duele en el alma, Javier. ¿Quién sigue en el horizonte sanguinario de las hienas que se pasean a placer por nuestras ciudades burlándose con sus hirientes carcajadas de todos nosotros? Todos somos Javier Sicilia. ¿Qué tal el paro tributario? ¿Dónde acaba la culpa del gobierno y comienza la de la eterna sociedad adormecida?

        *Escritor

fmartinmoreno@yahoo.com ; conferenciasmartinmoreno@yahoo. com

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