Candidaturas presidenciales
Lo asombroso de nuestra “transición democrática inconclusa” es que los partidos políticos no poseen normas estrictas ni tradiciones heredadas acerca de cómo se definen, primero, y se nombran, luego, sus posibles candidatos a la Presidencia de la República. Cada ...

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
Lo asombroso de nuestra “transición democrática inconclusa” es que los partidos políticos no poseen normas estrictas ni tradiciones heredadas acerca de cómo se definen, primero, y se nombran, luego, sus posibles candidatos a la Presidencia de la República. Cada organización busca establecer las condiciones adecuadas para evitar severos conflictos internos a la hora de definir su respectiva candidatura. A pesar de que sus estatutos han sido aprobados por el IFE, los partidos siempre buscan métodos alterados, aunque no necesariamente ilegales, para definir candidatos sin afrontar una diversidad de opciones internas. El PRI confía, ciegamente, en las encuestas para definir su candidato, sin tener que acudir a mayores esfuerzos, especialmente evitando elecciones internas. El PRD lleva meses debatiendo el significado de las encuestas para definir “el que va arriba”. Y el PAN debate cuándo empezar su proceso interno, además del cómo y con quiénes.
Así, lo que predomina en este proceso es la informalidad política. Hasta el momento, las encuestas son la guía principal que emplean los liderazgos políticos para definir dónde se encuentran en el juego de la lucha por la Presidencia y quiénes son los jugadores principales. Las encuestas miden la popularidad de cada competidor, tanto dentro de sus filas partidistas como ante la población en general. Así, son las encuestas las que definen a los favoritos dentro de las filas partidistas en un primer momento, y no los afiliados de esas organizaciones.
Siguiendo los resultados de este método, hay conclusiones prácticamente incontrovertibles. En el caso del PRI es evidente que Peña Nieto será su candidato, mientras que en el PRD lo será López Obrador. El único partido donde el juego sigue abierto es el PAN. Las consecuencias de estas decisiones impactarán, sin duda, en el desarrollo del proceso de 2011.
Por ejemplo, Peña Nieto ha empezado con una ventaja tan grande en las encuestas frente a los otros contendientes, y juega tan abiertamente sus cartas “presidenciales”, que el único rumbo que le queda tomar es hacia abajo en las mediciones electorales. Es decir, perderá fuerza conforme avanza el proceso, lo cual debiera preocupar al PRI, por sus decisiones precipitadas, basadas en encuestas, exclusivamente.
El PRD nombrará a López Obrador, que es su “carta fuerte”, a partir de encuestas que fijan su gran arrastre dentro de ese partido. Ebrard tendrá que declinar ante la presión obradorista, aunque a los liderazgos perredistas les queda claro que 2012 no será “su” elección. La pelea fuerte será por la definición de su candidato a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal.
El PAN tiene la ventaja de que definirá su candidatura hasta finales de año. Este hecho le permite crear cierta expectación social y sostiene la mirada pública en su proceso, mismo que probablemente sea una réplica del procedimiento empleado en 2005-2006, cuando los otros candidatos y partidos ya están insertos en la franja de desgaste.
Dos partidos ya tienen sus definiciones consolidándose rápidamente, mientras otro se encuentra apenas en el proceso de articular su procedimiento. Lo cierto es que el momento actual, con todas sus condiciones y decisiones, será decisivo para el resultado electoral en julio de 2012. Lo que llama la atención es la cautela con la que los liderazgos partidistas abordan el proceso nominativo por temor a divisiones internas. Es posible que las amenazas divisorias sean una estratagema de los grupos en pugna aunque, en cada caso, las divisiones han cobrado una factura costosa.
Lo cierto, sin embargo, es que la dependencia hacia las encuestas elimina la preocupación o el interés en la cuestión ideológica. Las encuestas miden el conocimiento público y la popularidad de individuos, y nunca cuestionan las temáticas ideológicas o de programa. Este es, quizás, el eslabón perdido en la definición de los candidatos presidenciales, pues las definiciones programáticas son sumamente importantes hoy.
*Especialista en análisis político