La violencia de nuevo
Los pronunciamientos de Javier Sicilia ante la muerte de su hijo han logrado rearticular de una forma novedosa la indignación social frente a la propagación irracional de la violencia. En efecto, las protestas ciudadanas, acaso no las más numerosas a nivel nacional, sí ...
Los pronunciamientos de Javier Sicilia ante la muerte de su hijo han logrado rearticular de una forma novedosa la indignación social frente a la propagación irracional de la violencia. En efecto, las protestas ciudadanas, acaso no las más numerosas a nivel nacional, sí consiguieron articularse en un número sin precedentes de ciudades tanto en territorio nacional como en el extranjero. Las redes sociales mostraron músculo. Sin duda por la causa que las animaba: los muertos provocados por la guerra no deben ser más estadística.
Acaso ahí radica la fuerza de esta nueva inconformidad: ya basta de convivir con más de 35 mil muertes “anónimas”, en las que la enorme mayoría ni siquiera han merecido la realización de una averiguación previa. Si algo recordó el caso del hijo del poeta Sicilia es que, tras el formato del “ajuste de cuentas entre sicarios”, hay muchas historias distanciadas de ese submundo.
No parece que estamos únicamente ante pleitos entre mafias; no parece que las víctimas colaterales sean ahora una expresión marginal del problema y, sin embargo, algo que llama poderosamente la atención es la distancia entre el mundo de las percepciones y el ambiente de las explicaciones oficiales.
Tengo la impresión de que en las manifestaciones de la semana pasada no se marchó por alguna propuesta en particular, se marchó desde el hartazgo y la impotencia. Si eso es así, una muestra palpable de la distancia entre quienes diseñan y dirigen el combate a la delincuencia y quienes padecen sus efectos fue la declaración del secretario García Luna advirtiéndonos que aún faltan siete años para que veamos una disminución en la violencia. Qué hay tras ese cálculo. ¿Por qué siete y no 12 o tres? Y quiero creer que tras esa cifra existe, en efecto, un conjunto de estimaciones, supuestos, escenarios, proyecciones, etcétera, que sería muy sano conocer. No fue el caso.
El punto es que, para aspirar a construir un pacto social que reconstruya la legitimidad del combate, que restituya la credibilidad y que genere acompañamiento social a las acciones del Estado, es necesaria la generosidad para escuchar a quienes no piensan igual, la humildad con el fin de reconocer errores o desvíos y la paciencia con miras a explicar día a día todo lo que se está haciendo.
En las reacciones a la marcha advierto, sin embargo, tres actitudes ominosas: la primera es querer presentar a Sicilia (y todo lo que se ha generado a partir de su lucha) como el riesgo de la capitulación: el pacto con los narcos; desde mi punto de vista eso no es así, ni las marchas tuvieron una consigna única. La segunda es, por decir lo menos, la falta de sensibilidad para alertar, justamente ese día, que no vamos ni a la mitad del camino en el combate a la delincuencia. Y la tercera es la vomitiva guerra de cifras que han estado sosteniendo los presidentes nacionales del PRI y del PAN. Si ese va a ser el tono del debate en las campañas en torno a la violencia, me parece que las proyecciones de García Luna pueden quedar muy cortas.
*Consultor, presidente de Concertar
