¿La hora de Arabia Saudita?

Los terroristas le discuten su posición hegemónica y dominante sobre los santos lugares del Islam.

Arabia Saudita —guardián de los santos lugares del Islam e importantísimo productor de petróleo— tendrá que hacer frente a la realidad de la nueva revolución árabe, que puede llegar de la mano de un renacimiento del fundamentalismo, pese a que una sociedad civil cada vez más abierta al pluralismo, hace lo posible por conjurar este peligro.

Lo cierto es que la monarquía saudita no está preparada para afrontar una democratización laica, ni la guerra ciega contra el terrorismo fundamentalista. Pensaba hallarse al abrigo de todo riesgo de disturbios, para ser, definitiva e indiscutiblemente, Dar-al-Islam (la morada del Islam) por oposición a Dar-al-harb (la morada de la guerra)-

Por ello, ha hecho que el país se repliegue sobre sí mismo, mientras financiaba el fundamentalismo wahabita, motor del terrorismo y corazón de la existencia misma del reino. Ello, desde luego, no le ha impedido proveerse de la tecnología más compleja y avanzada, en especial en lo referente a su seguridad.

Estos rasgos que adornan su fisonomía le han convertido en un blanco simbólico. Los terroristas le discuten su posición hegemónica y dominante sobre los santos lugares del Islam y juzgan impíos a los actuales gobernantes.

Lo peor de la situación es que el país no está ni estará en condiciones de luchar eficazmente contra este azote, porque sus estructuras políticas y su organización gubernamental carecen de recursos para oponerse a él.

Arabia Saudita pertenece a una familia: la casa de Saud. En su nombre oficial ostenta el patronímico. ¿Existe allí un Estado en el sentido moderno del término? No. Los dirigentes sauditas poseen sus propios métodos de trabajar y hacer política. De hecho, un consejo de familia hace las veces de Estado. El poder se transmite de padres a hijos o, en su defecto, de hermano a hermano.

Por otra parte, conviene recordar al respecto que los sauditas son responsables de sus propios males. Han propugnado, defendido y propagado la ideología wahabita, una concepción del Islam puro y duro que un teólogo del siglo XVIII, Abd al-Wahab, instauró como línea directriz de la comunidad musulmana. Es el padre del fundamentalismo islámico, que entre otras atrocidades, somete a la mujer a condiciones inhumanas.

Durante años, diversos círculos sauditas han financiado a las asociaciones y organizaciones wahabitas decididas a propagar la ideología fundamentalista en países como Argelia, Egipto, Sudán, Yemen e incluso más allá de la comunidad islámica de naciones, hasta Europa Occidental, el continente americano, Asia y Oceanía.

El gobierno saudita, al propio tiempo, ha construido y financiado universidades wahabitas en Yeda y en Nuakchot, Mauritania, donde se forman los teólogos encargados de predicar las ideas fundamentalistas en los países del Mahgreb y Oriente Medio.

La familia reinante, sin dejar de avivar estos movimientos en el seno del mundo árabe, mantiene buenas relaciones con el Occidente y, en particular, con Estados Unidos, donde coloca su dinero y adquiere su arsenal militar.

Por otra parte, la familia Bin Laden, gran constructora de infraestructuras, hizo en su día pingües negocios con la familia de Bush padre e hijo. El terrorismo que puede golpear a Arabia Saudita —si no se le adelanta la revolución social árabe— se parece a un ajuste de cuentas entre miembros de una misma gran familia.

Como señaló en su momento la escritora y activista india por la paz, Arundhati Roy: “¿Quién es Osama bin Laden? Es el secreto de familia de Estados Unidos. El doble sombrío de su presidente. El gemelo salvaje de quien se jacta de irradiar excelso valor y gran nivel de civilización. Bush y Bin Laden recurren a la misma terminología. Cada cual representa —a los ojos del otro— la cabeza de la serpiente. Ninguno de los dos se priva de invocar a Dios”.

El terrorismo es un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es el fundamentalismo religioso, tal como lo han propagado la casa de Saud y sus incondicionales. Arabia Saudita cosechará lo que sembró.

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