Querido Watson

Deberemos admitir que el auténtico fundador del género policiaco de investigación es Doyle

Según su padre literario, Sherlock Holmes habría nacido el 6 de enero de 1854. No sabemos, ni sabremos, si en esas fechas Auguste Dupin aún vivía. El último de los tres casos que resuelve, La Carta Robada, data de 1844, diez años antes. Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que Edgar Allan Poe, su guía y creador, él sí había ya fallecido, hacía casi un lustro.

En la travesía que me he propuesto a lo largo de la historia de la perspicacia literaria, a través de la sagacidad de los detectives de ficción, personajes de cuentos, novelas o películas, al primero, y probablemente el más grande, Dupin, le sigue, sin asomo de duda, el otro Caballero de la Triste Figura, Sherlock Holmes, espejo, Canal de la Mancha de por medio, de su homólogo y precursor parisino.

A sus autores respectivos los separa muchísima más agua.

No deja de ser curioso que el último caso de Poe que abordamos usted y yo, cómplice lector, sin Dupin por enmedio, haya sido El Escarabajo de oro, de 1843, en el que se trata de descifrar un mensaje en clave. Y que el debut del gran Sherlock se produzca en  1893, en La corbeta Gloria Scott, donde ayuda a un amigo a resolver el enigma de un texto encriptado.

Sir Arthur Conan Doyle, en efecto, había sido marinero. Estudió medicina naval y vivió un rato largo en Portsmouth (como quien dice Boca del Río, pero como más británico y más industrial) antes de embarcarse en el buque SS Mayumba, que realizaba trayectos regulares a las costas occientales de África.

De hecho, el pequeño Arthur Conan estaba predestinado a ser cualquier otra cosa en lugar de escritor. Aparte de médico naval y marino, fue un deportista notable y profesional. Jugó rugby y futbol soccer, como portero, ejerció como oftalmólogo. Como político ingresó a la Unión Liberal, y llegó a ser candidato a la Cámara de los Comunes, pero no fue elegido.

La literatura fue durante muchos años únicamente un hobby, un pasatiempo. Y a pesar de que finalmente se dedicó a ella con ardor, que la volvió su auténtica pasión y su verdadero oficio, nunca fue un gran escritor. Lo que constituye una diferencia fundamental con Allan Poe, al que podríamos considerar un animal literario, una bestia de la letras, uno de los indiscutiblemente grandes de la literatura universal.

Y tal distancia entre uno y otro escritor, no podía no reflejarse en sus respectivos personajes. Mientras Dupin va siempre más allá del mero intríngulis policiaco, y su actuar es más el de un filósofo que el de un policía, la figura de Holmes es mucho más plana. Anecdótica y coyuntural. Dupin es perspicaz, Holmes es sagaz. Y entretenido.

De ahí su extraorinaria popularidad. Holmes, en efecto distrae, Dupin inquieta. Hay algo terriblemente trágico en Allan Poe y en Dupin. Que en Doyle y Holmes se vuelve casi frívolo. Un juego. Ello aunado a la vertiginosa frecuencia con la que Doyle produce manuscritos. A pesar de no ser una figura de las letras, fue muy prolífico. A lo mejor por ello mismo. Tenía la pluma fácil. Parecía fábrica de Vochos.

Únicamente con Holmes como personaje, publicó cuatro novelas largas,  la más conocida y más lograda de las cuatro es sin duda El perro de los Baskerville, y además 56 relatos largos, long ~ long-long stories, recopilados en el llamado Canon holmesiano.

Pero además escribió, fácil, por lo menos otros 40 libros, entre novelas históricas, de ciencia ficción —protagonizadas por su segundo gran personaje, el profesor Challenger— sobre la historia de la medicina, crónicas sociales, morales y periodísticas (La guerra de los Boers). Qué sé yo.

Si no hubiera sido por su Sherlock, sin embargo, hoy, un siglo después, difícilmente nos acordaríamos de él. En su descargo, deberemos admitir que el auténtico fundador del género policiaco de investigación es él y no Allan Poe.

La figura de Sherlock Holmes está realmente muy lograda, y se convertirá enseguida en el prototipo mundial de la inteligencia deductiva. Y de la proverbial —con él más proverbial que nunca— flema londinense. Con su inseparable pipa, gorro de cazador de dos viseras y esa lupa que ha de haber heredado de Dupin, resulta irresistible.

Y no olvidemos ni por un momento al no menos prototípico doctor Watson, patiño perfecto. Es él el tercero, el testigo, el crítico y el narrador, el que nos presenta a la estrella, el vínculo con el lector. Ese vínculo que en Dupin es anónimo. Hay una sombra de homosexualidad que recubre a la pareja Holmes-Watson, que no deja de ser atrayente. Dupin, para todos los efectos, está sólo. Frente y contra la realidad.

Holmes se apresta a merendar en casa de su entrañable amigo, y éste le presenta la bandeja de los quesos: “¿Cuál le apetece, Holmes?, ¿roquefort, de cabra, holandés, brie, este gruyère tal vez?”. A lo que dicen, dicen, Sherlock habría respondido: “Emmental, querido Watson, es emmental”.

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