Elecciones por encarte y por descarte
Uno u otro sistemas son producto de las circunstancias imperantes que no de la evolución política del electorado.
En este Viernes de Dolores he recordado una vieja conseja de mi pueblo natal. Decían mis paisanos mexiquenses que las profecías formuladas este día siempre se cumplían. Por eso, vamos a hablar de elecciones.
Existen algunos pueblos en los que la selección electoral proviene de aquello que desean o a lo que aspiran. Deciden por el que consideran el mejor candidato o la mejor opción. Esto no quiere decir que sus decisiones sean acertadas o erradas sino, simplemente, que ese es el mecanismo de funcionamiento de su sique colectiva. Este tipo de funcionamiento electoral me permitiría llamarlo “encarte”.
Pero, por el contrario, existen otros pueblos en los que la decisión electoral emana de lo que no desean o de lo que repelen. Estas comunidades se deciden, no por lo mejor, sino por lo que consideran como “lo menos peor”. Tampoco quiere decir que este método, un tanto rudimentario, sea necesariamente erróneo. A este lo llamaría “elección por descarte”.
La primera impresión que esto nos produciría es que el encarte es un sistema colocado en un nivel de madurez política muy superior al descarte. Pero una observación más profunda de la historia contemporánea nos diría que uno u otro sistemas son producto de las circunstancias imperantes que no de la evolución política del electorado.
Por ejemplo, cuando los candidatos son todos de muy alta calidad, el pensamiento del elector se decide a funcionar de manera valorativa positiva. Esto es, buscar las mayores y mejores cualidades y decidir por la vía del encarte. Por el contrario, cuando todas las posibilidades son pobres y mediocres, no existe mejor forma de selección que el descarte. Es decir, operar por la vía valorativa negativa, a partir de identificar los mayores defectos de cada contendiente.
Pensemos, por un momento, en las elecciones estadunidenses de 1960. En ellas, los ciudadanos del país vecino tuvieron que afrontar la dificultad de elegir entre dos hombres de gran formato, como lo fueron Richard Nixon y John Kennedy. Pero tan sólo cuatro años después, no 20, sino tan solo cuatro años, ese noble pueblo tuvo que acudir a las urnas para soportar el dolor de tener que elegir entre Lyndon Johnson y Barry Goldwater. Pero, además del dolor, el de sufrir la humillación de la vergüenza porque, si esos eran sus candidatos, fue en virtud de que no había más de donde sacarlos. El verdadero fondo del drama es que, en ese oscuro momento de su historia, esos eran sus mejores hombres.
Así es la inconstancia de la historia. Así es la veleidosidad del destino, el cual en ocasiones se nos brinda con generosidad y a manos llenas mientras que, en otras, nos regatea sus favores y se nos vuelve miserable. Porque todos los pueblos, sin excepción alguna, han transitado por ambos pasajes. El de la luz y el esplendor, así como el de la sombra y la tiniebla.
En otras ocasiones no se confrontan los hombres, sino los sistemas, y son éstos los que determinan el descarte. Un buen ejemplo lo tuvimos en nuestro país en las elecciones del año 2000. En ellas, el electorado no escogió a Vicente Fox ni su propuesta ni su promesa. Tan sólo decidió que ya no querían al PRI en el poder presidencial.
En la elección del año 2006, la confrontación mexicana no fue de sistemas, sino de personas pero, también, por la vía del descarte. Una buena parte de los votos obtenidos por los dos principales contendientes se produjeron por la selección del “mal menor”. Algunos electores sentían miedo de López Obrador y, otros, sentían desconfianza de Felipe Calderón.
Ahora bien, ¿cuál será la fórmula selectiva que utilizaremos los mexicanos en el año 2012? Quiero aclarar que soy de los que piensa que la profesión de adivino está muy desacreditada. Pero, si tuviéramos que hacer una profecía cuando falta tanto tiempo y tantos sucesos, me atrevería a suponer que, si fuera por la vía del descarte perderían el PAN y el PRD. Y si fuera por la vía del encarte, ganaría Enrique Peña.
*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
