Nación a la deriva

Esta semana concluirá el Primer Periodo de Sesiones en el Congreso, y una vez más se repite la sensación de que los legisladores son ajenos a la realidad

México parece ir a la deriva. Es así no sólo por la incapacidad de conducción de quienes detentan la titularidad de las instituciones, sino porque la clase política se ha negado a construir un sistema de acuerdos que permitan garantizar los derechos que la Constitución nos reconoce a todos.

Esta semana concluirá el Primer Periodo de Sesiones en el Congreso, y una vez más se repite la sensación de que los legisladores son ajenos a la realidad y que han construido una veleidosa burbuja desde la cual se han convertido en cómplices del desorden y la confusión que hoy imperan en el país.

Si se lleva a cabo una revisión detallada de las reformas que han logrado aprobarse, salvo algunas excepciones impulsadas desde el Senado, lo que salta a la vista es que son aquellas que no alteran las estructuras de poder; es decir, son propuestas que no afectan las estructuras de desigualdad vigentes.

Preocupa el hecho de que, a unos meses de que se inicie el proceso electoral de 2012, una vez más el encono y la polarización amenazan con convertirse en el tono y el ritmo de la disputa electoral, más allá de la generación de propuestas y, sobre todo, de la clarificación de para qué se busca el poder político.

Transformar a México implica repensar cuáles son las alternativas que tenemos para evitar que más personas mueran cada año por la inequidad en el acceso a la salud; erradicar el hambre y evitar que millones vivan en la pobreza, y construir una cultura en la que el color de piel, las preferencias sexuales o el vivir con una discapacidad no sean motivo de rechazo, violencia o intolerancia.

Por todos lados reina el caos. La ley no se cumple. El crimen organizado controla territorios y su capacidad corruptora parece no tener límite. Las muertes violentas se incrementan año con año y el malestar social crece ante la posibilidad nunca exorcizada de una oleada de protestas que pueden llevar al límite a una democracia que no termina de madurar.

Más allá de los datos que se darán a conocer el próximo mes de julio a través de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto, la percepción generalizada es que la pobreza persiste, el resentimiento ante la desigualdad parece agudizarse, el deterioro ambiental no se ha contenido y que el desánimo generalizado se profundiza, signos todos que la clase política no está logrando comprender.

Los acuerdos que no llegan han postergado reformas en ámbitos clave. Es evidente que urge un nuevo modelo educativo, uno que permita el acceso a todos a una educación oportuna y de calidad. Nadie duda que es impostergable la reforma del sector salud, a fin de garantizar acceso universal. Ninguno de los actores políticos cuestiona que se necesita con premura una economía generadora de empleos suficientes y dignos. Y nadie pone en cuestión la deuda ética que se expresa en la pobreza y la marginación.

Si en todo ello hay acuerdo desde hace al menos diez años, lo increíble es que aún no se haya elaborado al menos el método para discutir cómo llevar a cabo las reformas y cómo construir los consensos necesarios para implementarlas. Y es esta incapacidad para el diálogo inteligente lo que hoy tiene a nuestro presente y futuro a la deriva.

                *Director del CEIDAS, A.C.

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