Pionero de las figuras navideñas en México
Los artesanos no solo enfrentaban el frío invernal, que apenas lograban mitigar con una manta, sino también la amenaza constante de asaltantes y bandoleros
En el corazón de Tlaquepaque, Jalisco, comenzó una tradición que hoy es símbolo de la Navidad en México. Dionisio Martínez Rosales, nacido en 1890, es recordado como el pionero de las figuras navideñas en el país. Su historia, inició cuando apenas tenía 13 años y es un testimonio de talento y valentía.
En 1903, Dionisio llevó a cabo una hazaña extraordinaria: trasladó las figuras tradicionales para los nacimientos de su pueblo natal hasta la Ciudad de México, marcando el inicio de una tradición que se extendería por todo el país. Este trayecto no sería sencillo.
Eran 540 kilómetros de distancia, un viaje a pie que tomaba 17 días de ida y otros 17 días de regreso, realizado junto a sus abuelos, Mateo Rosales y Perfecto Martínez, y su padre, don Manuel Martínez. Dos burros cargados con mercancía los acompañaban en esa aventura.
El camino estaba lleno de desafíos. Los artesanos no solo enfrentaban el frío invernal, que apenas lograban mitigar con una manta, sino también la amenaza constante de asaltantes y bandoleros. El calzado era rudimentario: simples huaraches de tres tiras. Para alimentarse, dependían de lo que llevaban desde casa: tortillas, chiles secos, carne seca, sal y piloncillo. Cuando el cansancio los vencía, tomaban breves siestas tumbados en la sierra.
A pesar de las dificultades, el esfuerzo y la creatividad de Dionisio no fueron en vano. Sus figuras navideñas de barro pronto se convirtieron en una tradición mexicana, y su dedicación inspiró a generaciones de artesanos en Tlaquepaque. En 1975, a los 80 años, fue reconocido por la Unión de Artesanos de Tlaquepaque con una medalla de plata y un homenaje a su invaluable aporte al arte popular de México.
Hoy, a más de un siglo de aquella primera travesía y 40 años después de su homenaje, su legado sigue vivo. Su bisnieto, Jesús Martínez, conocido como Chuy, representa la sexta generación de artesanos que mantienen viva esta tradición. Con orgullo, Chuy narra la historia de su bisabuelo.
“Mira, la tradición monera, como se le llama a quienes hacemos nacimientos en Tlaquepaque, viene desde mediados de 1800. Es uno de los municipios donde se trabajaba muchísimo el barro. Lo usábamos hasta para crear las tuberías del pueblo. Mi bisabuelo era macetero y poco a poco se fue integrando entre sus piezas, las figuras para los nacimientos”, contó Chuy a Excélsior.
A falta de las fotografías, los ancestros de Chuy, también moldeaban en barro a los difuntos para sus funerales. Eran unos bustos que se colocaban frente al ataúd para recordar al ser amado y darle el último adiós en los velorios.
“Había muchos artesanos que se dedicaban a modelar los bustos de las personas cuando fallecían, como una manera para rendirles tributo”, aseguró.
Desde niño, Chuy absorbió esta herencia monera. Los abuelos lo llevaban al taller y una vez que estaban moldeados los borreguitos, los patitos para el nacimiento, su tarea era sumergirlos en un balde de pintura blanca, a lo que se le conoce como fondear las piezas y luego su abuelita, terminaba de decorarlos.
“Entonces, en las actividades sencillas, le ayudábamos nosotros y ya mi abuelita terminaba de pintar lo más detallado: ojitos, orejas, boquitas”, recordó.
Hoy, Chuy ha transmitido esta tradición a su hijo mayor, Yeshua, quien comenzó a trabajar el barro a los ocho años, y planea hacer lo mismo con su bebé cuando tenga la misma edad. Su esposa, Martha García, también es parte del negocio familiar, aportando su talento en las técnicas de pintado y la introducción de nuevos materiales, como la cerámica.
“Es mi herencia, mi tradición y pues yo he inculcado a mi hijo, Yeshua, a seguirla. Además de que es muy relajante trabajar en el barro y algo que disfrutamos mucho cuando lo hacemos”.
De enero a diciembre, en total, entre Chuy y Martha crean alrededor de mil piezas para venderlas en Jalisco, Durango, Michoacán y Nayarit.
Sin embargo, esta tradición enfrenta una gran amenaza: la competencia de decoraciones navideñas de plástico, principalmente de origen chino. Según cifras de Naciones Unidas en 2022, China produce casi el 90% de las decoraciones y luces navideñas exportadas en el mundo.
“Desafortunadamente, como las piezas chinas se hacen en máquinas, son más económicas. La gente a veces no busca la calidad ni aprecia lo hecho a mano, sino que prefiere lo barato”, lamenta Chuy.
Para preservar su legado, Chuy y Martha han ideado una solución: abrir un taller infantil de cerámica y barro, donde niños y niñas puedan aprender la tradición monera que
ha perdurado en su familia por seis generaciones. Su objetivo es no solo enseñar el arte, sino también sembrar en las nuevas generaciones el amor y el respeto por una tradición que, desde hace más de un siglo, forma parte del alma de la Navidad en México.
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