Autismo e inclusión: Mediante el baile, Erik lucha por dejar la última fila
Erik Maisner, bailarín con autismo, relata su batalla contra la exclusión escolar y la falta de inclusión real en México. ¡Lee su historia!

Erik Maisner siempre ha estado en la última fila: en el salón, en los ensayos de danza, en los juegos de kínder. No siempre era así, pero sí una constante: estar atrás, participar menos, desaparecer poco a poco del centro de la escena. La exclusión, en su caso, no siempre fue directa; muchas veces se disfrazó de organización, de prudencia, de falta de confianza o hasta de inclusión.
Erik tiene 20 años, es bailarín y fue diagnosticado con autismo a los tres años y medio. Su historia no está marcada por un solo episodio de discriminación, sino por una suma de pequeñas decisiones que, con el tiempo, construyeron una experiencia educativa fragmentada, intermitente y, en muchos momentos, solitaria.
Desde el kínder, la diferencia se hizo evidente.
Cuando quería meterme a los juegos, me excluían o me ponían el papel de villano”, cuenta en entrevista con Excélsior. Era una forma de marcar distancia. Mientras otros niños fluían entre juegos y amistades, él se enfrentaba a una barrera que ni siquiera sabía cómo explicar.

El diagnóstico llegó después de varias señales: retraso en el habla, aislamiento, conductas repetitivas.
Uno como papá siente que lo está haciendo mal, pero cuando te dan el diagnóstico entiendes que hay una razón”, explica su madre, Penélope Infante. A partir de ahí comenzaron terapias de lenguaje y un proceso de adaptación que, si bien trajo avances, no resolvió el problema central: la inclusión real en la escuela.
Estar dentro no siempre significa ser parte
En primaria, Erik logró integrarse parcialmente, pero bajo ciertas condiciones. Aprendió a modificar su comportamiento para encajar: hablar menos, intervenir menos. Aun así, la relación con sus compañeros fue intermitente durante años. “Solo hasta sexto se animaron a socializar más conmigo”.
La danza como refugio ante la exclusión invisible
En paralelo, la danza apareció como un espacio de posibilidad. Descubrieron su talento casi por accidente, cuando comenzó a imitar coreografías frente a la televisión. “Aprendía rapidísimo”, recuerda su madre. Desde entonces, el baile se convirtió en un refugio, pero también en otro terreno donde la inclusión tenía límites.
Siempre me ponían atrás”, dice Erik. No por falta de capacidad, sino por una percepción constante de que podía fallar.

El desafío de las instituciones: Del discurso a la adaptación real
Los padres de Erik cuentan que acudieron la escuela Ollin Yollitzi, pero en palabras de su padre Daniel Maisner, la institución decía ser inclusiva, pero no sabía cómo hacerlo: no alcanzaba las calificaciones, ya que a pesar de tener un excelente físico y ser el único capaz de realizar ciertos movimientos, no sabía cómo medir el tamaño del músculo, inclusive con profesores por el idioma, pues su maestra era brasileña y Erik no la entendía bien.
“Las escuelas privadas tienen un discurso muy armado sobre inclusión, pero a la hora de la verdad los arrumban”, señala. En las públicas, en cambio, el problema suele ser la saturación. Atienden muchos casos y están desbordados”. El punto crítico, coinciden, no es la aceptación, sino la adaptación.
En un canal de YouTube administrado por su padre, Daniel Maisner, Erik le ha dedicado al menos dos videos al autismo en donde dice: “afuera el bullying, afuera la gente que se burla, viva el autismo”, porque para él vivir con esta condición no tiene nada de malo, no es una enfermedad ni una limitación absoluta, sino una forma distinta de estar en el mundo.
En el fondo estoy muy orgulloso de mí, de verdad pienso que sí puedo llegar lejos, que cuando me propongo algo, lo logro, que de verdad tengo un gran talento oculto, pero ahí está, y que de verdad estoy muy feliz de ser quien soy, no tiene nada de malo tener autismo”.
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