Las otras Lomas; recorrido por una zona pobre en la capital del país

Esta colonia de Iztapalapa —homónima de Lomas del Pedregal, la zona residencial del sur del DF—, muestra cómo la pobreza también migró de las zonas rurales a urbanas

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En la colonia Lomas del Pedregal, en Iztapalapa, hay familias que viven en 250 casas de lámina y cartón asentadas de manera irregular. Fotos: Quetzalli González
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Los habitantes de esta colonia de Iztapalapa carecen de servicios básicos como alumbrado, agua potable, alcantarillado y seguridad pública.
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La gente arma sus viviendas con los materiales que les quedan a la mano, desde vigas y polines hasta partes de muebles, láminas y pedazos de madera.
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Algunos de los habitantes de Lomas del Pedregal, en Iztapalapa, han empezado a construir, pese a que no son todavía propietarios formales de sus terrenos.
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CIUDAD DE MÉXICO, 8 de marzo.- Desde esta colonia Lomas del Pedregal se tiene una vista privilegiada de la ciudad más grande del mundo y la tercera más rica de Latinoamérica; sin embargo, los que aquí habitan, lejos están de ser reflejo de los ranking que han calificado los estándares de calidad de vida de los capitalinos, porque sus condiciones son similares a la de residentes de cualquier país pobre de África.

Aunque desde hace 30 años viven en la capital mexicana, en el mapa catastral del Distrito Federal ni siquiera existen.

Nada que ver con la exclusiva Lomas del Pedregal, una zona residencial del sur de la Ciudad de México. En estas Lomas está lo más fregado de Iztapalapa, donde sobreviven familias enteras con menos de 70 pesos diarios.

Son 250 casas de lámina y cartón asentadas de manera irregular en la parte más alta de la Sierra de Santa Catarina, que se llama Lomas del Pedregal sólo porque el terreno está bien empinado y tapizado de piedras.

No tienen drenaje, mucho menos agua y si quieren luz la deben robar, a pesar de que sólo 23 kilómetros los separan del Zócalo de la ciudad más rica del país.

Son parte de los 270 mil ciudadanos que en la Ciudad de México carecen de los servicios básicos en su vivienda y de los casi 25 millones de mexicanos que no cuentan con agua, drenaje y electricidad, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

A los habitantes de Lomas de Pedregal los olvidaron de tal manera que ni la policía los visita. La patrulla recorre sólo los sábados las improvisadas calles y con la condición de que cada familia coopere para reunir la cuota de mil 250 pesos, que cobra por prestar sus servicios.

Y así como los vecinos están a expensas de que los policías visiten la zona cuando quieren y cuando hay dinero, lo mismo les sucede cuando necesitan agua, porque hasta a las pipas hay que perseguir en colonias aledañas desde las 4:00 de la mañana.

Lomas del Pedregal es el perfecto ejemplo de cómo la pobreza migró del campo a las ciudades; mientras hoy 36 millones de pobres viven en zonas urbanas, 16 millones habitan en zonas rurales.

La mayoría de las familias de Lomas del Pedregal llegaron a Iztapalapa desde Oaxaca y Guerrero, en un intento por huir de la pobreza, de la cual no pudieron escapar.

Como Brígida, quien de 15 años salió de Oaxaca con destino a la capital mexicana con el sueño de tener una mejor vida. Ocho años después, su realidad es tan cruda como vivir con sus dos hijos en una casa improvisada, en la que para poder entrar es necesario agacharse debido a que su techo choca con la cabeza de un adulto con estatura promedio.

La población pobre en zonas urbanas tiene, entre otros problemas, la insuficiencia de ingresos y dificultades asociadas a la adquisición de una vivienda, lo que provoca que las personas se ubiquen en espacios precarios no aptos o se establezcan en asentamientos irregulares”, explica el Coneval.

Margarita, por ejemplo, todos los días está temerosa de que la vayan a desalojar de Lomas del Pedregal, porque no tiene las escrituras del pedazo de tierra sobre el que levantó su casa hace 22 años.

En tantos años que llevo viviendo aquí nunca se ha visto ningún apoyo para luz ni para el drenaje ni los demás  servicios. En tiempos de lluvias se me filtra mucho el agua, se me escurre por las láminas; el drenaje es muy necesario, no tenemos ahora sí que ni un baño y con este calor se impregna todo el olor y luego los niños andan jugando en la tierra y nosotros sin agua para limpiarlos, así que es común que se nos enfermen”, dice llorando Margarita.

La verdad es que es una vida muy difícil”, añade.

Los pobres de las zonas urbanas son más vulnerables que los pobres de las rurales, pues tienen una menor cobertura de los programas públicos de transferencias directas, como Procampo.

Todas las veces que Margarita ha ido a solicitar ayuda al gobierno para que acudan a Lomas del Pedregal a instalar los servicios básicos en la colonia y la ayuden para tener un piso y techo firme, simplemente se lo han negado, porque no cuenta con el requisito indispensable para ser beneficiara de este apoyo: las escrituras de su casa.

Y ella no puede ni pensar en cambiar las láminas de su vivienda o echarle piso, cuando hay veces que ni siquiera para la comida le alcanza.

Coneval advierte que cuando los ingresos de las familias son insuficientes para adquirir alimentos, ropa y calzado y para cubrir sus necesidades básicas en el hogar, su calidad de vida y bienestar se ven afectados.

Como la historia de Sandra, una madre soltera con cuatro hijos, que sólo puede darles de comer una vez al día.

Y pues les doy lo que haya, lo básico, ya sea frijoles, arroz, sopa o huevo”, cuenta.

Hace siete años Sandra llegó a vivir a Lomas del Pedregal, estaba embarazada de su cuarto hijo y con otros tres pequeños en brazos, porque entre cada uno apenas se llevan un año.

A pesar de que ella trabaja una jornada completa en una panadería, no le alcanza para adquirir la canasta básica de cada uno de los miembros de su familia.

Según el cálculo de Coneval, en 2012 cada persona necesitaría destinar mil 125 pesos por persona al mes para comprar una canasta alimentaria en zonas urbanas; es decir, que Sandra tendría que juntar cinco mil 625 pesos para que los cinco integrantes de la familia pudieran comer bien, sin embargo no reúne ni la mitad.

Encima, con los dos mil pesos que percibe mensualmente, no sólo tiene que comer, también ofrecerle educación, salud, vestido y calzado a sus hijos.

Por eso, Jonathan Erick, de 10 años; René Isaac, de nueve; Frankie Gabriel, de ocho, y Diego Nazaret, de siete años, no tienen ni uniforme para ir a la escuela y con frecuencia llegan a la clase sin el material que les encargaron sus maestras.

A su corta edad, se han tenido que acostumbrar a que los Reyes Magos no lleguen a Lomas del Pedregal, porque son tantos hermanitos que si les alcanzara para los juguetes de uno, no habría para los de los otros tres.

Y si los Reyes no tienen para los cuatro, entonces no hay para ninguno; porque yo ya muchas veces tengo que destapar a uno pa’ tapar al otro. Cuando en la escuela les piden material a todos, sólo uno lo lleva y los otros tres no; y al otro día el otro y así me la llevo”, revela Sandra.

En la tercera ciudad más rica de América Latina, familias como la de Brígida, Margarita y Sandra escapan de todos los beneficios del desarrollo urbano de la Ciudad de México y viven en la miseria, en pleno centro económico y político del país.