Los pros y contras de los cascos azules
Entrenamiento táctico y educación en derechos humanos son un beneficio para los soldados que participan en estas tareas; no obstante, el riesgo de fallecer en alguna misión de paz es una constante
CIUDAD DE MÉXICO, 10 de enero.- El 23 de junio de 2006, veintidós cascos azules fueron emboscados por tropas del Ejército de Resistencia del Señor (LRA), una máquina de atrocidades en el norte de Uganda. Murieron ocho soldados de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y otros 14 resultaron heridos. Todos eran militares guatemaltecos adscritos a la misión de paz MONUC, del Congo.
La tarea de pacificación del Congo es una de las más peligrosas en la historia de las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la ONU. En ONUC, la misión previa vigente entre 1960 y 1964 para apoyar la retirada de las fuerzas belgas, intervinieron 20 mil militares de treinta países, entre ellos los latinoamericanos Brasil y Argentina. La operación requirió 400 millones de dólares y en ella murieron 250 cascos azules.
Con la muerte de cascos azules —78 en los años recientes— la operación MONUC ha nutrido un prolongado y complejo debate en la ONU sobre la efectividad de sus operaciones de mantenimiento de la paz, unas cuestionadas tácticas de salvaguarda de la seguridad de los cascos azules y el alto costo de vidas que conllevan.
Otro tema capital es el desequilibrio entre las aportaciones de fondos, que recaen en los países ricos, y de tropas militares, aportadas por una mayoría de naciones pobres, una fuente de tensiones que podría comprometer el futuro de esas acciones.
En septiembre pasado, en la asamblea de Naciones Unidas, el presidente Enrique Peña Nieto anunció el retorno de México a las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la ONU. Se trata de una decisión histórica, anunciada tras un año de intensos debates y una ardua tarea de convencimiento con el Ejército mexicano.
Antes de llegar a esa decisión, el gobierno se planteó una serie de preguntas: ¿Cuál sería el costo político de enviar tropas a las misiones de la ONU? ¿Se correría el riesgo de servir intereses globales de Estados Unidos en conflictos bélicos? ¿Tener cascos azules podría ayudar a mejorar el cuestionado respeto a los derechos humanos en México? ¿Qué pasaría si soldados mexicanos murieran en una misión del extranjero? ¿Qué beneficios y aprendizajes se obtendrían a cambio?
Argentina y Guatemala son dos países latinoamericanos que aportan militares a las misiones de paz de la ONU. Excélsior presenta algunas de sus experiencias con la intención de arrojar luz sobre los beneficios, crisis y desventajas que supondrá el camino que México emprenderá en breve.
Desequilibrios y tensiones
Guatemala es uno de pocos países que han recibido tropas de paz de la ONU y enviado soldados al mismo fin. También es una entre unas cuantas naciones que han levantado un monumento a sus militares muertos en las operaciones de Naciones Unidas.
Hoy es un día de Guatemala, un día para llorar a estos héroes y para sentirnos orgullosos de su contribución a la paz en el mundo”, dijo Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, en 2011 en la capital de aquel país centroamericano, a donde viajó para inaugurar un monumento erigido en memoria de los militares.
Para Gert Rosenthal, veterano diplomático guatemalteco, ex ministro de Relaciones Exteriores y dos veces embajador ante Naciones Unidas, las operaciones de mantenimiento de la paz son un laberinto complejo en el que confluyen la muerte de cascos azules y políticas promovidas desde la ONU que pueden alterar los procesos de reconciliación. Ha sido un crítico de las llamadas “operaciones robustas”, puestas en marcha en países con graves conflictos.
En la República Democrática del Congo y en Mali —dos de los últimos procesos en los que participó en representación de Guatemala antes de retirarse hace unos meses— Rosenthal advirtió sobre la existencia de elementos de imposición de la paz, actividades ofensivas desatadas por la ONU que plantean dudas.
La principal es el límite entre el mantenimiento de la paz y la imposición de la paz”. Entre respetar o comprometer los principios básicos de la práctica de Naciones Unidas, en el sentido de que los cascos azules sean percibidos como imparciales y no empleen la fuerza, salvo en defensa propia.
El diplomático guatemalteco citó la posición de su país en la aprobación de una brigada de intervención en el Congo, en 2013.
Como cuestión de principios, dijo, Guatemala concuerda en que cuando grupos insurgentes desafían a un Estado, la misión de la ONU es ofrecer sus buenos oficios, su mediación, y hasta una postura proactiva para resolver disputas. Pero su presencia debe percibirse por todas las partes como una de buena voluntad y no como una parte potencial del conflicto.
Cuando se crean fuerzas paralelas o brigadas especiales, cómo se distinguen entre las mismas y las tropas convencionales? ¿Vamos a exponer a nuestros contingentes a enfrentarse a militantes, rebeldes o terroristas? Y en su caso, ¿qué implicaciones políticas y jurídicas encierra esta decisión?”, preguntó el diplomático guatemalteco.
Rosenthal ve a las aportaciones de los países a la ONU, directamente ligadas con las posibilidades de los países miembros a ocupar una silla en el Consejo de Seguridad, responsable de tomar decisiones sobre conflictos armados.
Es importante mejorar la cooperación entre el Consejo de Seguridad y los países que aportan contingentes —dice Rosenthal— en la toma de decisiones y las ejecuciones de las operaciones de paz. “Los países partícipes deben ser consultados en todos los aspectos y etapas”.
En la distribución de las responsabilidades entre los estados miembros, dice que es imposible no citar el costo de las tropas.
El principal punto es que 90 por ciento del presupuesto es provisto por menos de diez países industrializados y alrededor del 90 por ciento de las tropas proviene de países en desarrollo”. Esa circunstancia, advierte, es un foco de tensiones que puede traducirse un eventual choque entre estados.
Protección de derechos humanos
Entre las ventajas que ha supuesto enviar cascos azules a la ONU, Guatemala logró adaptar tácticas de desarme y
reintergración puestas en marcha en otros países, después de la firma de los acuerdos de paz a finales de los 90. También ha impulsado una mayor conciencia en sus soldados sobre la protección a los derechos humanos tras los conflictos internos que dejaron incuantificables muertos y desaparecidos.
Los cascos azules de Guatemala y Argentina —países que han vivido conflictos y guerras civiles— son entrenados en conductas vitales en conflictos. Argentina es el país latinoamericano con más participación en las Operaciones de Paz.
Más de 30 mil integrantes de las tres Fuerzas Armadas (Ejército, Fuerza Aérea y Marina), así como un importante número de miembros de la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval y la Policía Federal Argentina (en cumplimiento de funciones de policías civiles), han participado en 37 misiones de paz en cuatro continentes”, dice Martín Mainero, primer secretario de la embajada de Argentina en México.
El país sudamericano, explica, ocupa el puesto 25 en la lista de contribuyentes de tropas a las misiones de mantenimiento de la paz. Actualmente, Argentina tiene desplegados 830 militares: 559 efectivos en MINUSTAH (Haití), 294 efectivos en UNFICYP (Chipre). Además tiene observadores en MINURSO (Sahara Occidental) y otros tres más en UNTSO (Medio Oriente).
Dentro del personal desplegado 6% está constituido por mujeres. Esto forma parte de una política que busca incrementar el rol y su participación en el ámbito de las Fuerzas Armadas.
“Desde el inicio de la participación de Argentina en las operaciones de mantenimiento de la paz, 26 miembros de nuestras fuerzas han perdido la vida”, advierte Mainero. Sin embargo, esas muertes no se han producido en el marco de enfrentamientos armados. Algunos fallecieron en accidentes de tránsito o por causas naturales.
El procedimiento cuando alguien fallece comienza con un aviso a la jefatura de la misión y ésta informa al Departamento de Operaciones de Paz de Naciones Unidas, a través de un documento que se llama Noticas (notification of casualties). Luego se repatría el cuerpo y se entrega a la familia.
Prevenir explotación y abusos sexuales, discriminación, acoso y abuso de autoridad, figuran entre las principales enseñanzas que reciben los militares argentinos en el Centro de Entrenamiento Conjunto de Operaciones de Paz, en donde se han preparado los más de 30 mil soldados que ese país ha enviado a distintas misiones en el mundo.
Las experiencias de otros países en conflictos bélicos han nutrido el entrenamiento táctico y doctrinarios de los militares argentinos partícipes en las operaciones de paz de la ONU y han consolidado políticas institucionales de protección de los derechos humanos.
La República Argentina hace especial hincapié en el entrenamiento y la capacitación de los militares que son destinados a misiones de paz. En 1995 se creó el Centro de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz, donde se dictan cursos en coordinación cívico-militar, derechos humanos, perspectivas de género en operaciones de paz, observadores militares, asistencia humanitaria, protección de civiles, entre otros”, explica el diplomático Mainero.
La larga tradición argentina en cascos azules ha enfrentado críticas de algunos sectores militares.
El ingeniero Manuel Giavedoni Pita, especialista en inteligencia de la Academia de Estrategia y Escuela Superior de Gendarmería Nacional, ha criticado que la participación de Argentina en este tipo de operaciones internacionales haya sido impulsada por las principales potencias —marcadamente Estados Unidos—, y por consideraciones circunstanciales y de corto plazo.
Otro punto sobresaliente advertido por Giavedoni, que podría estar en el futuro inmediato de México como país integrante de las operaciones de paz, es la necesaria construcción de una estructura legal, para garantizar que los esfuerzos de un país en este campo tenga como objetivo el resguardo de sus intereses.
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