¿La empatía conduce al pecado? Algunos cristianos conservadores en EU dicen que sí
La derecha cristiana impulsa una cruzada contra la “empatía tóxica”, con libros, sermones y apoyos políticos que redefinen compasión y moral en la era Trump.

La empatía suele considerarse una virtud, clave para la decencia y la bondad humanas. Sin embargo, con creciente ímpetu, voces de la derecha cristiana predican que se ha convertido en un vicio.
Para ellas, la empatía actúa como instrumento de la izquierda y puede empujar a los creyentes solidarios a aceptar conductas que, desde la ortodoxia cristiana conservadora, son “pecados”: el acceso al aborto, los derechos LGBTQ+, la inmigración ilegal o ciertas lecturas de la justicia social y racial. Este giro semántico y moral —de virtud a sospecha— ha ganado visibilidad en libros, podcasts y púlpitos vinculados al movimiento conservador cristiano.
“Allie Beth Stuckey”, presentadora del popular pódcast Relatable, convirtió ese marco en tesis editorial. En Toxic Empathy: How Progressives Exploit Christian Compassion (Empatía tóxica: cómo los progresistas explotan la compasión cristiana), sostiene:
“La empatía se vuelve tóxica cuando te anima a afirmar el pecado, validar mentiras o apoyar políticas destructivas”. El volumen se alinea con una denuncia más amplia de lo que sus defensores describen como manipulación emocional en temas de aborto, género, sexualidad, inmigración y justicia social.
El segundo referente es Joe Rigney, profesor y pastor, autor de El pecado de la empatía: la compasión y sus falsificaciones, publicado por Canon Press, sello de su denominación conservadora. El libro plantea que ciertas formas de empatía, “excesivas o descontroladas”, diluyen criterios bíblicos y fomentan errores morales. El proyecto editorial se inserta en redes eclesiales conservadoras que han ganado influencia entre la base cristiana de Donald Trump.
El clima político también ha empujado este debate. En los primeros meses del segundo mandato de Trump, opositores denunciaron que varias órdenes ejecutivas carecían de empatía. En ese contexto, Elon Musk le dijo al podcaster Joe Rogan: “La debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”.
Y el vicepresidente J. D. Vance invocó el ordo amoris —el “orden del amor”— para priorizar círculos de deber que comienzan en la familia inmediata, frente a una universalidad que, según sus críticos, relativiza el mandamiento del amor al prójimo.
La recepción entre el público evangélico conservador ha sido significativa. Stuckey y Rigney hablan a esa audiencia. Este último matiza: “¿Podría alguien usar mis argumentos para justificar una indiferencia cruel ante el sufrimiento humano? Por supuesto”, dijo, y replicó que defiende una compasión mesurada y cristocéntrica: “Creo que ya he puesto suficientes reservas”.
En paralelo, líderes como Albert Mohler, del Seminario Teológico Bautista del Sur, han abierto sus plataformas para discutir el “pecado de la empatía” y para preferir vocablos más antiguos —simpatía, compasión o piedad— frente a un término que perciben capturado por la cultura progresista.
La historiadora Susan Lanzoni, en su artículo para The Atlantic Empatía: Una historia, recuerda que el término llegó al inglés en 1908 desde el alemán y que su impulso —compadecer, sentir con otro— es anterior y transversal a muchas religiones, en la línea de la Regla de Oro. Le sorprende, dice, que hoy se ridiculice un ideal tan aspiracional; en el caso cristiano, subraya: “Ese es todo el mensaje de Jesús, ¿verdad?”.
Stuckey reconoce que Jesús se mostró empático: «En cierto modo, Jesús encarnó la empatía cuando se hizo hombre, sufrió la experiencia humana y cargó con la carga de nuestros pecados al soportar una muerte espantosa».
Para ella, lo problemático es el uso de la palabra como consigna política: “Si de verdad te importan las mujeres, apoyarás su derecho a elegir”. “Si de verdad respetas a las personas, usarás pronombres preferidos. … Si eres realmente compasivo, acogerás al inmigrante”. Rigney coincide en que la empatía no es intrínsecamente mala, pero apunta contra “imitaciones” que, en su lectura, desbordan la ortodoxia bíblica.
El debate también se ha desplazado al terreno del lenguaje. Mohler ha dicho que prefiere “simpatía” a “empatía” y lo ejemplifica con ironía: "Que yo sepa, no hay mercado para las tarjetas de condolencias", y agrega: "Hay un mercado de tarjetas de condolencias que ya existe desde hace tiempo". Más allá del recurso retórico, sugiere que el término empatía, tal como circula hoy, confunde.
La dimensión racial y de género agudiza las disputas. En 2014, tras la muerte de Michael Brown, Mohler animó a su audiencia a ser empática; hoy juzga aquella exhortación como menos pertinente: "Ahora, al reflexionar sobre esa declaración, diría que no tiene ni de lejos la relevancia moral que pretendía en aquel momento", y sobre la empatía entonces: parecía “casi lo correcto”.
Stuckey afirma: "Rechazo la idea de que Estados Unidos sea un país sistémicamente racista". Rigney, por su parte, dirige su crítica al feminismo, al que responsabiliza de exacerbar una “política de manipulación empática”.
Ese diagnóstico estalló durante el servicio inaugural de oración de Trump en la Catedral Nacional de Washington, cuando la obispa episcopal Mariann Budde pidió al presidente que mostrara misericordia con inmigrantes y personas LGBTQ+. Rigney escribió:
“El intento de Budde de ‘decirle la verdad al poder’ es un recordatorio de que el feminismo es un cáncer que posibilita la política de manipulación empática”. El sermón desató reacciones en la derecha religiosa y colocó a Budde en el centro de una disputa nacional sobre religión y poder.
Desde el campo progresista cristiano, la respuesta fue frontal. “La empatía no es tóxica. Tampoco es un pecado”, predicó la reverenda canóniga Dana Colley Corsello en la Catedral Nacional dos meses después.
En un intercambio reciente, insistió: “La empatía está en el corazón de la vida y el ministerio de Jesús” y añadió: “Es muy preocupante que esto siquiera sea tema de debate”. Estas posiciones reafirman que, para amplios sectores cristianos, la empatía no solo es compatible con la tradición bíblica, sino constitutiva de ella.
En Nueva York, el reverendo Micah Bucey, de la Iglesia Memorial Judson, propuso una consigna que se volvió viral: “Si la empatía es un pecado, peca con valentía”, inspirada en Martín Lutero. “Toda nuestra espiritualidad y teología en Judson se basan en la curiosidad y la empatía”, dijo. “Siempre la hemos considerado nuestro superpoder”.
La frase condensó un contrarrelato: ante la sospecha, reivindicar la empatía como práctica religiosa y como ética pública.
En el trasfondo permanece la pregunta por el lugar de la compasión en el cristianismo público contemporáneo. Entre quienes alertan sobre su “toxicidad” y quienes la elevan como mandato evangélico, el término se ha convertido en un campo de batalla cultural, semántico y político.
La disputa no solo redefine categorías morales dentro de las iglesias; también modela la conversación nacional sobre derechos, políticas y el lenguaje con el que una sociedad decide —o no— sentir con el otro.
EL EDITOR RECOMIENDA



