A 150 años de la venta de Alaska
El zar Alejandro II se deshizo del territorio porque era difícil de administrar

WASHINGTON.
Representantes del Imperio Ruso y de Estados Unidos se reunieron en octubre de 1867 en las costas de Alaska y colocaron dos mástiles: en uno de ellos ondeaba la bandera con el águila bicéfala rusa y en el otro debía izarse la estadunidense, como símbolo de la transferencia de la soberanía de Alaska.
Pero la bandera rusa se atascó a unos 20 metros de altura y no bajaba. Un marinero tuvo que subir para cortarla. Cuando la bandera cayó sobre la bayoneta de la guardia de honor, la princesa María Maksutova, mujer del último gobernador ruso, se desmayó.
Con esa tosquedad se dio la transferencia de Alaska, que Rusia había vendido a Estados Unidos meses antes, un 30 de marzo de 1867. El zar Alejandro II vendió el segundo mayor enclave del mundo por 7.2 millones de dólares, en un momento en que los dos países eran aliados.
Rusia quería evitar que Reino Unido, su entonces mayor rival, se hiciera con la colonia por la fuerza. El imperio estaba debilitado tras la guerra perdida en Crimea (1853-1856). Y por muy grande que fuera la riqueza de Alaska en pieles de nutria y otros tesoros, el largo transporte hacía desaparecer los beneficios.
La pérdida de ese territorio apenas provoca dolor en la moderna Rusia, pese que podía haber ganado mucho dinero en Alaska, señala Michael Olekska, experto en historia del territorio.
“En realidad, no había ningún motivo económico para vender el territorio”, pero ese terreno helado era difícil de administrar. Desde San Petersburgo un viaje en barco duraba más de medio año. Y Rusia no tenía gran interés en poblar Alaska e incluso prohibió a sus ciudadanos emigrar de forma permanente.
Para Estados Unidos, Alaska, comprada hace 150 años por una ganga, tiene hoy un valor incalculable. Es rico en oro y la mayor reserva de petróleo descubierta en la historia estadunidense se sitúa bajo la bahía de Prudhoe, en el norte del estado.
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