El auge del nacionalismo

El Brexit, fuera de la elección del presidente estadunidense, Donald Trump, es el ejemplo más evidente del ascenso del nacionalismo regresivo en una sociedad postindustrial

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CIUDAD DE MÉXICO.

La idea de que Estados Unidos y sus instituciones enfrentan un ciclo de reconstrucción, de abajo hacia arriba, como respuesta a una “amenaza” que algunos quieren caracterizar como la globalización y la inmigración, está en el centro de la filosofía de gobierno de Donald Trump.

Pero si bien es notable ahora, es un fenómeno que comenzó a fines del siglo XX, de acuerdo con el politólogo canadiense John Ralston Saul, quien en 2004 escribió que “lo cierto es que el nacionalismo de la mejor y la peor clase tuvo una notable recuperación”, luego de décadas de internacionalismo político y globalización económica.

Ralston anotaba en la revista Harper’s que el nacionalismo “negativo” al estilo del siglo XIX había hecho un regreso evidente en Austria, Italia, Bélgica, Dinamarca, Francia, Holanda, Noruega y Suiza, entre otros.

Desde entonces, la suerte de los partidos nacionalistas duros ha estado en el centro del debate político en numerosos países, como una reacción ante la inmigración, ante fuerzas económicas que socavaron los niveles o expectativas de vida, ante la fuerza, también de la nostalgia por tiempos que ahora parecen mejores.

Para el filósofo estadunidense, Mark Lilla, el problema es que “la esperanza decepciona; la nostalgia es irrefutable”.

Sea nostalgia por tiempos mejores o visión para futuro, Stephen Bannon, el jefe de Estrategia de la Casa Blanca, afirmó en ese marco que hay sobre todo dos  puntos de atención para el gobierno de Donald Trump: la “recuperación de la soberanía” –en especial el rechazo a inmigrantes– y la “deconstrucción del Estado administrativo”.

El cambio, tendrá un impacto por 40 años, auguró Bannon, considerado como la “eminencia gris” del gobierno de Trump y un hombre de ideología derechista, nacionalista, al que se considera como profundamente influenciado por el libro The Fourth Turning (La Cuarta Vuelta), de Neils Howe y William Strauss.

El análisis de Howe y Strauss habla de un patrón de tendencias y crisis que ocurren más o menos cada 80 años y que en esta nueva era “probablemente verán la exitosa unión de una economía izquierdista y valores sociales de derecha”.

En el ciclo actual “hemos testimoniado el ascenso del aislacionismo, nacionalismo y populismo de derecha alrededor del mundo”, escribió Howe en The Washington Post, en un texto donde citó un augurio del geo-estratega Ian Bremmer: “vivimos en un mundo G-Cero, donde es cada país por sí solo”.

Pero Estados Unidos no  es un fenómeno aislado. Si para algunos lo que ocurre en ese país y el mundo es parte de un ciclo histórico repetitivo, para otros es una reacción al globalismo y sus ya desatados efectos.

Lo cierto es que el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos parece estar en la punta de un fenómeno mundial, que fue definido como el nacionalismo “nostálgico”. Y de hecho ni siquiera es el primero.

Las fuerzas en juego son económicas y sociales, de identidad en gran medida.

La incesante importación de extranjeros del Tercer Mundo sin tradición de, gusto por o experiencia en libertad, significa que el electorado se hace más de izquierda, más (partido) demócrata, menos republicano y menos tradicionalmente estadunidense en cada ciclo”, escribió el 5 de septiembre pasado un personaje que firmó como Publius Decius Mus.

Decius es el nombre de un cónsul romano que según la leyenda, se sacrificó a los dioses para asegurar la victoria de su ejército.

Para Jamelle Bouie, corresponsal de la revista Slate, la implicación es de un “nacionalismo blanco” en el consejo de quien luego fue identificado como Michael Anton, un redactor de discursos políticos de George W. Bush y ahora es uno de los principales funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por sus siglas en inglés), y fue señalado como uno de los ideólogos del gobierno Trump.

Pero no el único: sus ideas son compartidas por Bannon, el estratega de la Casa Blanca y también miembro del NSC por decisión de Trump; por el Procurador General, Jeff Sessions, y otros que según la descripción de Bouie, “tienen un profundo antagonismo hacia los inmigrantes y la inmigración, oposición a su igualdad dentro de la sociedad estadunidense, y nostalgia por un tiempo en el que la prosperidad era prioridad de los estadunidenses por nacimiento y unos cuantos inmigrantes asimilados”.

En un texto reciente, Bannon señaló que “en Estados Unidos y Europa, la gente trabajadora restablece su derecho a controlar sus propios destinos”. Pero para Bannon, la definición de “gente trabajadora” parece limitada a las personas de raza blanca.

La misma idea, aunque con protagonistas distintos, por supuesto, se da en otras partes del mundo.

De acuerdo con analistas como el británico Gideon Rachman, gobernantes como el ruso Vladimir Putin y el chino Xi Jinping, así como el japonés Shinzo Abe y el turco Reccep Tayyip Erdogan, están en las lineas frontales del renacimiento del nacionalismo. Hay diferencias, por supuesto.

En China, Turquía y Rusia, escribió Rachman en The Financial Times, “el deseo de restaurar la grandeza nacional se combina con campañas promovidas por el gobierno contra fuerzas externas hostiles y un foco sobre los enemigos dentro”.

Erdogan busca un renacimiento de los pueblos túrquicos; el Primer Ministro Xi prometió restaurar el vigor de China; Putin, por su parte, encabeza la idea de restablecer la grandeza rusa; Abe cita a la “restauración Meiji”, que inició la apertura de Japón al mundo y su ascenso internacional; en la India, el Primer Ministro, Narendra Modi, encabeza un vigoroso movimiento de nacionalismo hindú que se nutre de un

pasado legendario.

Se podría hacer el alegato que varios de esos países comparten gobiernos autoritarios y, por tanto, es fácil crear o explotar una ola nacionalista, pero naciones consideradas democráticas, como Japón, India, Hungría y Gran Bretaña –como demostró el Brexit– tienen el impacto también de movimientos de ese corte. Y en algunos de ellos –como Polonia y Hungría– están en el gobierno.

Claro que el nacionalismo polaco o japonés es, en parte, una reacción a lo que perciben como hegemonía de sus vecinos, Rusia o China, y por tanto una variante de la idea de la “amenaza externa”.

Para 2016, los partidos nacionalistas, que ven en la eliminación de fronteras y la economía internacional una amenaza a la existencia de su pais y su sociedad, habían estado cerca de llegar al poder en paises europeos como Grecia y Austria, y se han convertido en fuerzas de consideración en Francia, Noruega y llegaron al poder en Hungría y Polonia.

El Brexit, fuera de la elección de Trump, es el ejemplo más evidente del rejuego y el ascenso del nacionaliso regresivo en una sociedad postindustrial.

La decisión británica de abandonar la Unión Europea, en un referendo realizado el 23 de junio de 2016, fue una poderosa expresión nacida, según la Primer Ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, “de desigualdad, de sentimientos de impotencia, de presupuestos de austeridad”.

El señalamiento de Sturgeon, durante una conferencia de Directores del Partido Laborista, fue un tanto más agudo porque el mensaje

llevaba implícito uno de los argumentos esgrimidos por los promotores de la salida: retomar el control del país y rescatarlo de organismos o fuerzas externas. Y de paso, porque la lideresa

escocesa promueve ese mismo argumento respecto a Gran Bretaña.

Pero también de la idea que los inmigrantes –los de Europa y los de los países subdesarrollados, con sus divergentes costumbres, religión y etnicidad– provocan cambios en el carácter y el tejido de Gran Bretaña. Esos sentimientos parecen estar al alza en gran parte del mundo.