Alemania, ¿un país de tramposos?
Su imagen resultó dañada por los escándalos en Volkswagen y en la organización del mundial de futbol
BERLÍN.
La imagen de Alemania quedó seriamente dañada a causa de una serie de escándalos que han hecho creer que la cara amable del país oculta un pequeño mundo subterráneo habitado por un reducido e influyente ejército de tramposos.
El país, y esto lo saben hasta los jóvenes que acuden a la escuela, es dueño de la economía más poderosa de Europa, goza de un envidiable sistema político de democracia parlamentaria que la ha dado estabilidad, prosperidad, tranquilidad social y, más importante aún, hizo posible que lograra superar el capítulo más oscuro y siniestro de su larga y violenta historia, y que convirtió a la población en cómplice pasivo de los crímenes cometidos por la tiranía nazi.
70 años después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania goza del raro privilegio de ser una nación respetada y admirada y muchos de sus vecinos no ocultan una cierta envidia cuando tienen que admitir que la política social de mercado que diseñaron los primeros gobernantes después de la guerra logró el milagro de convertir al país en una especie de paraíso terrenal, que había logrado romper las rígidas leyes del capitalismo salvaje para imponer un equilibrio social que generó riqueza y paz social.
Alemania, es cierto, logró superar el trauma de la dictadura nazi, pudo concretar la ansiada unificación gracias a una revolución pacífica y tuvo la suerte de ser anfitriona de una fiesta inolvidable que marcó un momento crucial en su historia: El Campeonato Mundial de Futbol de 2006, una fiesta deportiva que aún se recuerda en el país como el “sommermärchen” (un cuento de hadas de verano). Gracias al Mundial 2006, Alemania sufrió una profunda metamorfosis y mostró una cara simpática, amable, alegre, un país abierto al mundo y que ya no se avergonzaba de lucir el emblema patrio en los coches y en las casas.
Pero una nueva alarma llegó a fines de septiembre pasado cuando Volkswagen, el mayor fabricante de automóviles del mundo, una firma emblemática alemana, que más que una corporación es una verdadera institución en el país y que encarna la idea alemana de una economía social de mercado, admitió que había engañado a medio planeta al instalar un software en sus modernos motores a diesel que le permitía trucar las emisiones tóxicas.
El engaño en los estándares de emisiones golpeó con una fuerza inédita a la nación y obligó a los políticos, desde la canciller Angela Merkel hasta el jefe del gobierno del estado de Baja Sajonia, que posee 20% de las acciones de la compañía, a exigir un informe completo sobre los hechos. El engaño, que acabó de forma fulminante con la meteórica y exitosa carrera de Martin Winterkorn, ahora exjefe de la junta ejecutiva del grupo, dejó al desnudo que en la planta noble del grupo, que tiene su sede en Wolfsburg, se aprobaron medidas destinadas a violar las rígidas leyes medioambientales en Europa y Estados Unidos, una medida criminal para facilitar la venta de sus modelos con motores diesel.
“Wolkswagen, una de las empresas más alemanas de Alemania y sinónimo de solvencia, manipuló de una forma tan descarada sus emisiones de escape que ahora, el sello de garantía y calidad que representaba el Made in Germany se ha convertido en una marca de advertencia”, anotó la revista Der Spiegel en un comentario que lleva como título Un país de tramposos.
¿Los altos ejecutivos alemanes, una familia de tramposos, donde imperan las ganancias por encima de la honestidad? Los ejecutivos no son los únicos que hacen trampas en el país y Ursula von der Leyen, actual ministra de Defensa de Alemania y considerada como una posible sucesora en el cargo de la actual canciller, es otro ejemplo de que las trampas también las cometen los más altos representantes públicos del país.
Desde hace tres semanas, Ursula von der Leyen se encuentra inmersa en una delicada batalla destinada a impedir que las implacables leyes de la política germana acaben con su exitosa carrera y también con su honor. La ministra está a punto de perder dos pilares básicos sobre los cuales se apoya una carrera política en Berlín, integridad y credibilidad, después de que un famoso cazador de plagiadores, la acusara de haber cometido en su tesis doctoral serias irregularidades.
Si la Universidad de Hannover, que investiga la denuncia, confirma el plagio, Von der Leyen seguirá los pasos del barón Karl Theodor von Guttenberg y de Annette Schavan, que ocuparon los cargos de ministro de Defensa y de Educación respectivamente. Ambos se vieron obligados a renunciar cuando se demostró que habían plagiado al redactar sus tesis doctorales.
Pero el peor golpe que sufrió la venerada imagen de honestidad y eficiencia que ofrecía Alemania al mundo se produjo después de que la revista Der Spiegel revelara, hace una semana, que una de las leyendas del futbol alemán, el famoso Franz Beckenbauer se había visto involucrado en un oscuro escándalo de sobornos para obtener la sede del Mundial 2006
para su país.
En su calidad de presidente del comité alemán que tenía la sagrada misión de obtener la sede del Mundial, Beckenbauer y la flor y nata de la poderosa Federación Alemana de Futbol, (DFB) habrían destinado 6.7 millones de euros que estaban depositados en una “caja negra”, para comprar el voto de los cuatro delegados asiáticos del comité ejecutivo de la FIFA.
No es el primer escándalo de soborno que vive el país. En 1982, la joven república alemana se estremeció cuando Der Spiegel reveló que Friedrich Karl Flick, entonces dueño del imperio privado más grande del país, había repartido decenas de millones de marcos entre los cuatro partidos políticos que tenían representación parlamentaria (SPD, CDU, CSU de Baviera y el Partido Liberal) para obtener una exención fiscal para la venta de un paquete de acciones de Daimler Benz valorado en dos mil millones de marcos.
“No puedo recordar nada sobre ese acontecimiento”, dijo el entonces canciller Helmut Kohl, ante una comisión parlamentaria que lo interrogó en 1984, una declaración que lo convirtió en el protagonista del primer black out de la política alemana. En 1998, Siemens, otra joya de la industria alemana, fue condenada a pagar una multa de mil millones de dólares por haber sido encontrada culpable de haber cometido el delito de soborno en más de 400 casos en todo el mundo.
La picaresca alemana no es nueva y varios expertos creen que la afición por el soborno, el engaño y las trampas nació en 1949, cuando el recién creado Bundestag debía aprobar la nueva capital provisoria del país –Bonn o Fráncfort–. Varios parlamentarios recibieron la suma de 20 mil marcos para inclinar la votación a favor de Bonn, que era la ciudad elegida por el primer canciller del país. Konrad Adenauer.
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