¿Sabías que 200 mil personas asistieron al funeral de Amado Nervo?
Después de su muerte, pasó por un proceso en el que se criticó su trabajo, pero ese purgatorio ya ha pasado y ahora se le empieza a valorar como un hombre de letras complejo
CIUDAD DE MÉXICO.
Amado Nervo, el poeta irrepetible.
Pasó por el paraíso de la fama, del reconocimiento popular, y después por el infierno del escrutinio y crítica de escritores de generaciones posteriores. Actualmente Amado Nervo (1870-1919) es valorado por la dimensión que como hombre de letras tiene.
Este 27 de agosto se cumple un año más, el 150, de su natalicio, en Tepic, Nayarit, en 1870.
Amado Nervo era el seudónimo de Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, o en realidad, así trascendió en gran parte del mundo.
Y es que su padre modíficó su apellido de Ruiz de Nervo a simplemente Nervo, y le dio su nombre a su hijo,
Amado. El propio escritor bromeó con que parte de su éxito pudo deberse a la sonoridad de su nombre.
Destacan en este poeta del movimiento modernista sus poemas La sombra del Ala, En paz, Orfertorio, Me besaba mucho, Una flor en el camino y Madrigal.
Adscrito al movimiento Modernista, en su momento fue muy querido, y lo demuestra el hecho de que a su funeral asistieran 200 mil personas, y se habla de 1919. Además, el hecho de que se conmemore en estos días el centenario de su muerte es una muestra de que su obra, diversa y compleja, permanezca presente en la vida literaria de México y Latinoamérica.
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Amado Nervo, nacido el 27 de agosto de 1870 en Tepic, Nayarit, trascendió a la vida diaria de la gente y lo hizo de diversas maneras. En primer lugar, por su obra en la que se identificó con ciertos valores preponderantes en su época, como es la religión, la teosofía, el espiritismo, el new age, incluso siendo precursor en algunos casos.
Un elemento más que explica su popularidad es que fue muy cercano a la sensibilidad popular, y se le puede ver en obras de los compositores Agustín Lara o José Alfredo Jiménez, y así lo reconoció Carlos Monsiváis, gran lector que fue de su obra.
Adolfo Castañón, poeta, ensayista, editor, crítico literario y bibliófilo, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, expuso en plática con Litoral que su popularidad se debe también a su encanto personal y a las amistades que cultivó, entre las que sobresale el también poeta modernista Rubén Darío, quien le pasó la estafeta de la fama, como antes la había recibido de José Martí.
Además, con el nicaragüense desarrolló una relación de colaboración y apoyo de bran éxito y resultados que le valió para impulsar su trayectoria.
Por generaciones formó parte de la vida diaria de las personas porque la gente se sabía de memoria trabajos suyos, recurría a ellos tanto en el nivel amoroso como en el cívico.
Fue un escritor cosmopolita, gran conversador, diplomático, de alguna forma un enciclopedista y hasta con ciertos dones de filósofo.
Después de su muerte, pasó por un proceso en el que se criticó su trabajo, pero ese purgatorio ya ha pasado y ahora se le empieza a valorar como un hombre de letras complejo y una muestra de ello es el sitio electrónico abierto por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se recoge su trabajo periodístico, su poesía y su prosa, así como su labor diplomática y como figura pública, que la desarrolló como lo hicieran también Alfonso Reyes y Octavio Paz.

Su cosmopolitismo lo desarrolló a partir de aprovechar la influencia de otros escritores, sobre todo de las letras francesas como Gérard de Nerval (1808-1855) o Paul Verlaine (1844-1896), si bien fue discreto al respecto. Al mismo tiempo, su figura fue muy respetada por figuras como Ramón López Velarde o Juan José Arreola, Octavio Paz o Alí Chumacero, quienes se sabían de memoria poemas de él.
Una dimensión de Nervo de la que se habla poco es su paso a la vida escolar, expone, y por generaciones los niños se aprendieron las obras que hizo sobre los héroes patrios, lo que escribió sobre la raza de bronce, del pasado indígena de México. Entonces se trata de una figura muy laureada desde el punto de vista pedagógico y vital de la palabra.
Su camino cosmopolita no fue, sin embargo, como el de otros autores preocupados por la crisis del lenguaje, como el peruano César Vallejo. Él fue más práctico, y si bien por lo mismo más acotado a su tiempo, ha sido en algunas de las más importantes antologías de la poesía latinoamericana.
BIOGRAFÍA COMPLETA DE AMADO NERVO PUBLICADA POR LA BIBLIOTECA CERVANTES
María Rocío Oviedo Pérez de Tudela, de la Universidad Complutense de Madrid, escribió sobre el poeta mexicano:
Definido por Durán como poeta estoico y cristiano-teosófico, fue hijo de Amado Nervo Maldonado y de doña Juana Ordiz Núñez. La familia estaba compuesta por los seis hijos del matrimonio más dos hermanas adoptivas. Él mismo indica en una breve autobiografía escrita en España su fecha y lugar de nacimiento (27 de agosto de 1870), así como la suerte que le deparó su nombre y el acierto de su padre al contraer el apellido ancestral, Ruiz Nervo, en Nervo. «Esto que parecía seudónimo -así lo creyeron muchos en América-, y que en todo caso era raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria» (Obras Completas, II, «Habla el poeta», p. 1065). Monsiváis en su excelente y concisa biografía de Nervo (Yo te bendigo vida. Amado Nervo. Crónica de vida y obra, 2002) apunta lo conservador de su educación primaria, recreada a través de textos del propio autor sobre su Tepic natal (Lourdes C. Pacheco, Tepic de Nervo, 2001).La muerte de su padre cuando contaba pocos años (1883) les sume en una crisis económica y la familia envía a Nervo al Colegio de San Luis Gonzaga de Jacona; más adelante todos ellos se trasladan a Zamora, aunque las circunstancias adversas les llevarán de regreso a Tepic. Sus estudios continúan en 1886 en el Seminario de Chacona (Michoacán), por haberse cerrado otros colegios. Tres años más tarde ingresa al Seminario para estudiar Derecho Natural, si bien la Escuela de Leyes se clausura al año siguiente. De este tiempo datan sus primeros escritos recogidos posteriormente en Mañana del poeta (1938), así como los poemas Ecos de un arpa publicados por Rafael Padilla Nervo en 2003. Méndez Plancarte, como indica Monsiváis, señala que su rechazo del mundo implicó arrancar páginas de tono amoroso y reemplazarlas por poemas religiosos.
Su vocación poética se inicia temprano «Empecé a escribir siendo muy niño, y en cierta ocasión, una hermana mía encontró mis versos, hechos a hurtadillas y los leyó en el comedor a toda la familia reunida. Yo escapé a un rincón. Mi padre frunció el ceño [...] Mi madre escribía versos, también a hurtadillas» («Habla el poeta», p. 1065). Son los años de poemarios como Místicas o Perlas Negras donde la religiosidad, el temor a la muerte y la pasión por la vida se hace presente, al igual que en su primera novela, Pascual Aguilera, donde ejemplifica el espíritu atormentado por una religiosidad mal entendida. En «Predestinación» (Místicas) confiesa y resume su pensamiento: «un disgusto infinito de la vida / un temor infinito de la muerte». Sentimientos similares a los de sus contemporáneos Darío o Unamuno obsesionados a su vez por la amenaza del Enigma. Son escritores en quienes se hace presente la estética modernista y al tiempo la crisis finisecular. Como afirma Manuel Durán para los modernistas el amor, la muerte y el sentimiento religioso formaban una sola unidad «El romanticismo había creado este sistema de correspondencias y Baudelaire lo había refinado y precisado en forma muy completa». (Genio y figura de Amado Nervo, 1969, p. 70).
Se da a conocer a través de la crónica y sus primeros trabajos datan de su época como reportero en El correo de la tarde de Mazatlán, gracias a su preparación académica y su dominio del francés y del inglés. Sus primeras publicaciones en este semanario son en verso, en concreto el poema que lleva por título «A una estatua», que será seguido por una serie de semblanzas que firma como el seudónimo de Conde Juan (inglés [Cfr. Jiménez Aguirre, Amado Nervo: lecturas de una obra en el tiempo y Lunes de Mazatlán: crónicas, 2006]). Colaborador de El Mundo y El semanario Ilustrado de Puebla le atrae la actividad de la capital y viaja a México donde entra en contacto con los escritores más conocidos de la época como Emilio Rabasa, Carlos Díaz Dufoo y sobre todo el modernista Gutiérrez Nájera quien le anima a colaborar en la revista Azul y a participar en las tertulias literarias que se producen en torno a la revista y en el café de la Concordia. Se reúne con escritores como Manuel José Othón y Micrós (Ángel González del Campo, Tick-Tack, cronista de la ciudad de México desde las páginas de El Imparcial), al tiempo que estrecha los lazos de amistad con uno de los escritores cuya correspondencia nos aporta un buen número de datos biográficos del poeta, Luis Quintanilla. A esta nómina de intelectuales cabe añadir al historiador Luis González Obregón, el novelista Federico Gamboa, o el poeta Luis G. Urbina. Su firma aparece en diarios como El Universal o El Nacional. El director de El Imparcial, Rafael Reyes Spíndola le llama para dirigir Mundo Cómico (1897), suplemento semanal de El Mundo Ilustrado. En sus crónicas hablará de los lugares y acontecimientos que definen como tal a la sociedad mexicana de su tiempo: las modas, el teatro, las arboledas, los lugares más conocidos como Micoló, el baile de Chapultepec, el hipódromo de Peralvillo, el Jockey Club, el café de la Concordia, verdadero tabernáculo de los modernistas, etc.
En 1898 publica en la editorial Escalante Perlas Negras y Místicas, poemarios que se reparten por igual el misticismo y el sacrilegio (Cfr. Durán). Una circunstancia que, según Fernández Ledesma, provoca la excomunión de Nervo, lo que desmiente Méndez Plancarte al afirmar que no ha quedado ni rastro de que el Obispo de Tepic excomulgara a Nervo y condenara el libro.
Las semblanzas de Luis G. Urbina y José Juan Tablada coinciden con el carácter soñador, romántico y místico del poeta, que le incluyen en un talante melancólico y caballeresco, al que cabe añadir la cordialidad y el don de palabra (Ortiz de Montellano, Figura, amor y muerte de amado Nervo, 1943). Alfonso Reyes en su obra Tránsito de Amado Nervo (1937) añade un dato muy significativo: la sinceridad, un espíritu confesional que con frecuencia actúa en menoscabo de su valor poético y literario y que incluso le lleva a caer en la cursilería.
La tensión entre la carne y el espíritu forma parte del carácter semirreligioso del movimiento modernista que Ricardo Gullón apuntaba (Direcciones del Modernismo, 1971) y que provoca poemas de resonancias darianas: «carne, carne maldita que me apartas del cielo / carne tibia y rosada que me impeles al vicio / ya rasgué mis espaldas con cilicio y flagelo / por vencer tus impulsos» (XIV, Delicta carnis, Místicas). Idea que se repite entre otros poemas en «A la católica Majestad de Paul Verlaine» (Místicas). «Flota, como el tuyo, mi afán entre dos aguijones: / cuerpo y alma...». El otro gran tema de Nervo: la muerte, con el paso del tiempo, también dejará de ser un pensamiento para convertirse en experiencia: el suicidio de su hermano Luis en 1895 deja su huella en la poesía e incluso en la confección de novelas como El Bachiller. El propio Unamuno, comenta sus diferencias entre su propia percepción de la muerte y la de Nervo, poeta del silencio: «En las paredes de la habitación donde me recibió Amado Nervo había unos grabados que hablaban en su lenguaje de la honda, de la dominante, de la casi única preocupación del poeta: de la muerte» y añade «Nervo soñaba en la muerte» (Cfr. Bernardo Ortiz de Montellano, pp. 85-86). Su visión desolada y neorromántica convierte su mundo literario en un mundo onírico y con frecuencia apocalíptico en el que no deja de estar presente, conforme avance el tiempo, el estoicismo y la resignación.
Gracias al director de El Mundo Ilustrado, Rafael Reyes Spíndola, es enviado a París a la Exposición Internacional. La afinidad del modernismo da lugar a que pueda vivir con Rubén Darío en el numero 29 de la calle Faubourg Montmartre y le lleva a participar en tertulias con Carlos Díaz Dufoo, Gómez Carrillo, Manuel Díaz Rodríguez y el pintor belga De Groux, al tiempo que mantiene esporádicas relaciones con algunos escritores franceses como Moréas o Catulle Mendes. El dato biográfico más importante de su estancia en París es su encuentro con Ana Cecilia Luisa Dailliez, el gran amor de su vida, a quien dedica el poemario por excelencia del Eros y Thanatos del modernismo: La amada inmóvil, tal vez el poemario más leído, aunque no el mejor, de Nervo (Méndez Plancarte). Según Durán (por cita de Hernán Rosales) Ana era hija de un teósofo que tenía una librería especializada en ciencias ocultas e invitó a él y a Darío a sesiones teosóficas que el mismo presidía. Una circunstancia que explica el interés de Nervo por fenómenos como la transmigración o el espiritismo reflejado, sobre todo, en las citas del poemario.
Al recibir el nombramiento como catedrático de castellano en la Escuela Nacional Preparatoria viaja a México. Llega a la capital tras una escala en Londres y Nueva York y prepara la llegada de Ana y Margarita, hija de ésta, aunque nuevamente pasará desapercibida para sus amigos. Viene con la fama de poeta reconocido habiendo publicado ya la edición de Poemas (París, 1901), la traducción al francés de El Bachiller (Origéne, 1901), El Éxodo y las flores del camino y Lira heroica (1902), así como sus obras en prosa: El donador de almas, Otras vidas y Almas que pasan (publicadas en volumen en 1906). Productos literarios en los que hace alarde de un sincretismo religioso con toques de escepticismo, mientras en La hermana agua (1901) trata de acercarse a lo positivo de la materia. En México se encarga junto a Jesús Valenzuela de dirigir La Revista Moderna, heredera de Azul. Gracias a Justo Sierra recibe el nombramiento de Inspector de Enseñanza de Literatura y se convierte en funcionario de la Secretaría de Educación Pública.
Su examen de ingreso en el Servicio Diplomático (1905) facilita que sea comisionado para que en Europa estudie los programas y métodos para la enseñanza de la lengua y la literatura y envíe los informes precisos. Antes de abandonar su país natal verá la luz el libro Los jardines interiores con dibujos de Julio Ruelas y Roberto Montenegro. En Julio viaja a Francia con una breve escala en Nueva York y a primeros de año llega a Madrid. Su viaje coincide con la muerte de su madre (12 de diciembre) que dará lugar a algunos de los mejores poemas de su libro En voz baja (1909), un poemario donde se hace presente una religiosidad puesta entre interrogantes y su deseo de consolidar la fe. En agosto llega a Madrid donde se instalará definitivamente en los primeros meses de 1906. Envía sus Crónicas de Europa para El Mundo, y colabora en publicaciones españolas como El Imparcial, La Unión Ibero-Americana, El liberal, etc., sus obras en prosa se recogen en El cuento semanal y La novela corta. Una actividad literaria que completa con su asidua asistencia a las tertulias de El Ateneo y donde recibe la amistad de escritores como Benavente, Unamuno, Baroja, Machado, Eduardo Marquina, Mariano Miguel de Val, etc. Son años de una gran actividad diplomática y literaria, y de un ensayo singular, la biografía Juana de Asbaje (1910). El éxito de sus gestiones ocasiona que sea promovido como Primer Secretario de la Legación de México en España, nombramiento que recibe en enero de 1909.
Sin embargo esta consolidación de su carrera diplomática será seguida de una circunstancia vital adversa. En Madrid Ana contrae tifus (diciembre 1911) y Nervo impotente la verá morir. Las páginas que anteceden a La amada inmóvil dan cuenta de la desesperación del poeta y cómo su muerte le sume en una fuerte depresión que afecta a su labor política. A este hecho se suma la inestabilidad que surge de la Revolución Mexicana: el servicio diplomático, por el cambio de gobierno, se ve colapsado y le sitúa en una difícil situación económica. En su actitud política refleja su conservadurismo lo que justificaría, según Monsiváis, su apoyo al golpe de Estado de Victoriano Huerta (La Decena Trágica que se inicia con el asesinato de Madero, febrero 1913) y con él su cese al año siguiente por el gobierno constitucional. El diputado Luis Antón Olmet propone en las Cortes españolas, ante lo desesperado de su situación, que se le concedan a Nervo 7500 pesetas anuales, lo que es aceptado por unanimidad, pero Nervo rehúsa aceptar, si bien le escribe agradeciendo. «Si el amor que a España tengo no fuese ya merced a su máxima y serena grandeza, incapaz de aumentar, crecería aún ante esta muestra de cordialidad incomparable» y añade «yo, como Azorín, soy un "pequeño filósofo" y los pequeños filósofos vivimos con my poco y hasta tenemos cierto amor a la "austeridad" que es una de las grandes virtudes de la "raza" y que no sienta mal, por lo demás, a un poeta místico». Dos años más tarde será reintegrado al Servicio Exterior con el nombramiento de encargado de Negocios en Madrid, gracias a la intervención de Isidro Fabela y de Sánchez Arjona.
Esta serie de circunstancias hacen que poco a poco Nervo se sumerja en su mundo interior. No es solo poeta de versos místicos, en él se convierte la sensualidad y el materialismo en algo real, al tiempo que la experimentación métrica y los nuevos ritmos y rimas del modernismo dan lugar a una serie de poesías en las que se hace presente el artificio como en «El metro de doce» de Los jardines interiores. Mas adelante en Los pozos sondea el abismo de la muerte en una verticalidad propia de su poesía (Cfr. Durán). El franciscanismo, unido al panteísmo, se abre paso en La hermana agua, lo que nuevamente se repite en El estanque de los lotos (1919), donde, atraído por el budismo busca la paz en el Nirvana hinduista («Identidad», «Los lotos») e insiste en el engaño de los sentidos en poemas como «Heráclito».
Esta búsqueda es un signo más de su desconfianza hacia la ciencia y la ironía con que contempla el progreso, como ocurre en relatos como «Los congelados», «La diablesa», «El sexto sentido» o «El país en que la lluvia era luminosa» (José María Martínez). No hay que olvidar su acercamiento a la astronomía que le vale el ser nombrado miembro de la Sociedad Astronómica y Filosófica («La literatura lunar y la habitabilidad de los satélites», 1908) y el famoso telescopio de su casa de la calle Bailén: el Pegaso que permitía a Nervo recorrer las constelaciones amigas (Cfr. Díez Canedo). Él mismo reconoce su admiración por la ciencia ficción al estilo de H. G. Wells: «Al lado de datos serios que justificaran la índole de mi trabajo, campeaba mucho de fantasía y no por cierto la mía, sino la de ese incomparable Wells, quien [...] profesor de Ciencias Físicas en Londres [...] resolvió popularizar su hondo saber y sus inapreciables cualidades literarias en libros que son predicciones maravillosas»... «flor y nata de los actuales novelistas ingleses» («La literatura lunar y la habitabilidad de los satélites», Obras Completas, II, p. 508).
Su labor diplomática en Europa toca a su fin: el Servicio Exterior le regresa a México (1918), donde será agasajado con repetidos homenajes. Su estado de salud es precario y Nervo acusa la enfermedad y el deterioro del que él mismo es consciente como señala Alfonso Reyes a quien escribe en una carta: «voy hacia el silencio». El tiempo pasado al lado de Margarita, la hija de Ana, le lleva a enamorarse nuevamente, pero ella le rechaza, y marcha a vivir con unos amigos, aunque siempre mantendrá unas cordiales relaciones con el autor que fue para ella un padre.
Hacia el final de su vida, Nervo destaca la anulación del yo, a la manera de la mística oriental, en la tradición de Miguel de Molinos (Guía Espiritual, 1675). Su poesía, al igual que la de Juan Ramón Jiménez, se torna más sencilla y se depura. Si su concepto del amor se encuentra en las páginas en prosa que preceden a La amada inmóvil, la meditación filosófica se encuentra en el prefacio de Plenitud (1918); obra en la que supera la angustia de sentirse vivo, mientras Serenidad (1914) y Elevación (1917), son una cima de su evolución espiritualista (Cfr. Durán).
El 13 de agosto (1918) recibe sus credenciales como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante Argentina y Uruguay. Pasa por Nueva York donde recibe muestras notorias de su popularidad y en Buenos Aires se le aclama como primer poeta de América, en un banquete ofrecido en su honor. Allí pronuncia una singular conferencia: La mujer moderna y su papel en la evolución actual del mundo. El poeta llega a Montevideo el 18 de mayo, ya muy enfermo. Su último amor, Carmen de la Serna, recoge una de sus últimas cartas, la del día 20, donde el poeta le indica que seguramente el 24 podrá estar con ella («solo usted me falta, pero usted está en mi alma»), aunque no lo podrá cumplir: muere ese mismo día.
Las ceremonias públicas se multiplican: en Uruguay se le rinden honras excepcionales y, como indica Ortiz de Montellano, sus obras se agotan. Cuatro meses después sus restos se embarcan rumbo a México, custodiado por un barco argentino, y cubierto con las banderas de las naciones de todo el continente: a su paso por Brasil, Venezuela y La Habana le escoltan varios cruceros. Al llegar a Veracruz recibe nuevas manifestaciones de honor, en un entierro procesional multitudinario. Fue enterrado el 14 de noviembre en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en un sarcófago esculpido por Zorrilla de San Martín, el escultor uruguayo que también realizó la mascarilla mortuoria.
POEMAS MÁS FAMOSOS DE AMADO NERVO
¡Está bien!
¡Oh Cristo!
A Kempis
A la católica majestad de Paul Verlaine
A Leonor
A una francesa
Amiga, mi larario está vacío
Autobiografía
Azrael
Bon soir...
Cantos escolares. Los niños...
Cantos escolares. Los sentidos
Cobardía
Deidad
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El celaje
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El torbellino
En el camino
En Panne
En paz
Envío
Espacio y tiempo
Expectación
Éxtasis
Gratia plena
Homenaje
Identidad
Incoherencias
Inmortalidad
Jaculatoria a la nieve
Jesús
Kalpa
La canción de Flor de Mayo
La puerta
La sombra del ala
Lo más natural
Madrigal
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Mi secreto
No sé quién es
Ofertorio
Ofrecimiento
Pasas por el abismo de mis tristezas
Perlas negras V
Perlas negras VI
Perlas negras VIII
Perlas negras XII
Perlas negras XLII
Perlas negras XXIX
Perlas negras XXXIII
Por esa puerta
Renunciación
Requiem
Ródeuse
Seis meses
Si tú me dices "¡Ven!"
Si una espina me hiere...
Tan rubia es la niña que...
Tanto amor
Una flor en el camino
Uno con él
Via, veritas et vita
Viejo estribillo
Y el Buda de basalto sonreía
Yo no soy demasiado sabio
Yo vengo de un brumoso país lejano
LEGADO
El 23 de mayo de 2019, Luis de la Barreda Solórzano escribió en Excélsior:
El poeta expresó, con emotividad y magnifica calidad literaria, muchos de los anhelos, ansiedades, angustias, dudas, deseos, ensueños, inquietudes, temores, tristezas y tormentos que han desvelado y sacudido a mujeres y hombres de todos los tiempos
En mi hogar infantil, la casa donde vivía con mis padres y mis hermanos, no había libros. Sin embargo, desde primero de secundaria me aficioné a visitar las librerías de viejo del centro, en las que abundaban títulos que me parecían muy atractivos a un precio accesible para un adolescente que recibía de domingo una muy módica cantidad.
El primer libro que leí fue Plenitud, de Amado Nervo, que me dejó cautivado. Supe que la lectura sería uno de mis grandes placeres y que quedaba emplazado a leer el resto de la obra del autor de ese mi primer libro. En Plenitud, Nervo comparte su comprensión del arte de la buena vida en una época en la que no proliferaban los libros de autoayuda. Muestra en esas páginas su cabal entendimiento de que la vida es un tesoro no renovable y de brevísima duración, por lo que es indispensable saber paladearla plenamente. Cada una de sus consideraciones me hizo reflexionar en mí mismo a una edad en la que se iniciaba mi adolescencia y todo me parecía confuso y extraño.
En ese libro y en el resto de los del poeta nayarita encontré una sensibilidad exquisita e intensa, un espíritu elegante e inquieto, un misticismo sublime que convivía con una sensualidad desbordante, una imaginación sin fronteras, una intuición aguda para vislumbrar aquello que no percibimos con los sentidos. Todo eso, que lo caracterizaba como un hombre extraordinario, quedó magistralmente manifestado en la poesía y la prosa de Amado Nervo.
Décadas después de su muerte se puso de moda, en los círculos académicos e intelectuales, tildarlo de cursi. Siempre olfateé en esos juicios cierto tufillo de envidia. La poesía casi nunca ha sido demasiado popular, y no ha habido un poeta más popular ni más querido que Amado Nervo. Escribió el bardo argentino Baldomero Fernández Moreno: Cierra un poco la puerta de la calle. Amado Nervo ha muerto. Estáis de luto todas las mujeres.
Por supuesto, que un escritor sea popular no significa que sea un buen escritor. Pero Amado Nervo expresó, con emotividad y magnifica calidad literaria, muchos de los anhelos, ansiedades, angustias, dudas, deseos, ensueños, inquietudes, temores, tristezas y tormentos que han desvelado y sacudido a mujeres y hombres de todos los tiempos.
De ahí el gigantesco homenaje —el más grande jamás brindado a un escritor— que se le tributó al morir, hace 100 años, en todos los países de habla hispana. En todas las ciudades por donde pasaba el féretro, traído a nuestro país desde Montevideo en barco, multitudes salían a darle el último adiós con admiración y pesar. Esa veneración no fue producto de la publicidad. No había entonces televisión. Un escritor no era admirado por salir en pantalla o dar entrevistas sino porque sus admiradores habían leído su obra.
Me conmueve en Amado Nervo la ardiente tensión entre su inclinación al ascetismo, los sobresaltos eróticos que lo asaltaron siempre, su pasión amatoria y su aspiración de encontrarse con Dios. Al leer al teólogo Thomas de Kempis parece dispuesto a renunciar a los labios que al beso invitan, pero no deja de estremecerse al contemplar la rara belleza, el ritmo en el paso, la innata realeza de porte o las formas bajo el fino tul de las mujeres tentadoras.
Se atormenta entre la obsesión de castidad y las tentaciones de Eros. ¡Retírate! He bebido de tu cáliz, y por eso / mis labios ya no saben dónde poner su beso… Se dice dispuesto a acudir al llamado de Dios sin volver siquiera la mirada para mirar a la mujer amada, pero al morir Ana Cecilia Dailliez, su más grande amor, sopesa la posibilidad de suicidarse para reunirse con ella en el más allá y sólo desecha esa idea ante el miedo de perderla para siempre por el pecado de quitarse la vida.
Su devoción por Ana Cecilia fue absoluta: Todo en ella encantaba, todo en ella atraía: / su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar. / El ingenio de Francia de su boca fluía. / Era llena de gracia como el Avemaría. / ¡Quien la vio no la pudo ya jamás olvidar! Dice Francesco Alberoni que no es que el enamorado imagine fantasiosamente cualidades en el ser amado sino que el enamoramiento hace que descubra en ese ser virtudes reales que los demás no distinguen. Amado Nervo tenía amor y gusto ingentes para el hallazgo de los atributos de su amada.
Alzo mi copa por ese enorme, irrepetible poeta.
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