Planeta danza: sigue vigente el legado de Guillermina Bravo

A un año de la muerte de la pionera de la danza moderna y contemporánea de México, sus colegas y alumnos evocan sus enseñanzas y su filosofía de este arte

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QUERÉTARO, 17 de noviembre.- El pasado 6 de noviembre se cumplió un año de la muerte de Guillermina Bravo, la más importante coreógrafa del siglo XX en México y la más trascendental de los artistas pioneros en la danza moderna y contemporánea del país.

La fecha pasó desapercibida, igual que la conmemoración de su nacimiento, el pasado 13 de noviembre. Pareciera que en la rapidez de las noticias que viajan y se agotan no hubo un espacio para recordar y traer a la memoria a la fundadora del Ballet Nacional de México, compañía emblemática que fundó en 1948 junto con Josefina Lavalle y Lin Durán. Es como si su recuerdo hubiese pasado de largo.

¿Y qué ha pasado con su escuela, con los bailarines de la compañía que cerró el telón de forma definitiva en el 2005?  

Nadie discute sus méritos de precursora del rigor técnico y la disciplina como premisa indispensable para un lenguaje digno de tal nombre. Pero su legado, el registro de sus obras y la permanencia de su escuela son interrogantes que parecen no ser del mayor interés de las autoridades culturales.

Las nuevas generaciones que no tuvieron la oportunidad de ver nunca a su compañía en el escenario, a duras penas tienen referencias sobre su labor en academizar la enseñanza de la danza contemporánea en México.

La propia Guillermina, tan renuente a dar juicios sumarios, entre asombrada y perpleja me decía antes de morir: “Rosario, estoy como cuando comencé mi carrera. Tocando puertas, llamando sin que me levanten la bocina, buscando la sobrevivencia de la escuela que fundamos aquí en Querétaro y tal pareciera que ni les importa, ni procuran entender lo que significa haber fundado el Colegio Nacional de Danza Contemporánea con la idea de profesionalizar la danza”.

Su combativa ironía era cierta, el sólo mencionar la técnica Graham, implementada por ella en México, aún ahora circunda las escuelas profesionales de danza como si se tratara de un anatema.

Se obstaculiza su enseñanza, porque se piensa que lastima o exige demasiado. Lo que es cierto, es que para poder acceder a ella es necesario tener ciertas condiciones físicas y los que no las tienen simplemente quedan fuera de la posibilidad de convertirse en profesionales, circunstancia que opera también para el ballet. No es sólo una cuestión de gusto sino de aptitudes.

La danza recreativa es para todos, la danza profesional es para los que son seleccionados adecuadamente para ejercerla.

En alguna ocasión, cercana a su muerte, le pregunté si el problema no consistía tal vez en que para muchos la técnica creada por Martha Graham era obsoleta.

Contundente me respondió: “No lo creo. Es como la red tonal de la música. Tú puedes componer después lo que quieras, pero la técnica Graham te construye. Hay bailarines que no toman esta técnica, sino otras, y a los dos o tres años ya creen que son coreógrafos.

“No hay rigor. Es muy bonito y fácil, bailan y suben la pierna, pero no hay construcción interna de los músculos y eso se lleva años. Por eso yo siento que este centro va reivindicar la técnica, sin que por eso dejen de conocer otras. Cuando tu cuerpo no está construido haces lo que puedes. Cuando tienes una seguridad en tu cuerpo haces lo que quieres. Eso te lo aseguro”.

A Guillermina no le daba miedo el futuro, ni era pesimista en cuanto a la posibilidad de vivir dignamente de la danza. No pensaba, ni por equivocación, que los bailarines carecieran de los medios para vivir de su trabajo.

“Yo veo la realidad y veo que la gente quiere bailar y va a luchar por vivir de la danza. Al igual que cualquier profesionista, hay abogados que manejan taxis. El país está sin empleos. Además, está el Conaculta. Cuando yo me formé ¿qué becas había? Vivía de la Divina Providencia, por eso lo que hemos logrado no puede desaparecer. Cuando hay un clamor el gobierno cede. Fíjate cuánta gente vive de la danza sin bailar. La nueva escuela será un semillero de verdaderos artistas”, decía.

No hay duda alguna que Querétaro no estaba listo para recibir un proyecto como el de Bravo. El que la compañía se mudara a esta ciudad con la intención de convertirse en el centro fundamental de la danza mexicana tomó por sorpresa a los funcionarios culturales del estado y a los del Conaculta. Era 1991 y Guillermina tenía muy afilados los colmillos. Tenía en su grupo cerca de 20 bailarines extraordinarios y maduros.

Porque no era una compañía de adolescentes, sino de hombres y mujeres que sabían bailar y lo hacían con una madurez que dejaba atónito a cualquiera que se acercara tan sólo a las espectaculares sesiones de entrenamiento. Era un lujo estar cerca de su compañía.

El Centro en ascenso

En una plática que sostuve con el director del centro Orlando Scheker, los bailarines y maestros Miguel Ángel Añorve y Antonia Quiroz, la coreógrafa Rossana Filomarino, padres de familia y alumnos del centro, reunidos para conmemorar a Bravo, me explicaron:

“En estos nuevos tiempos, la gente quiere subirse rápidamente al foro. Entonces, entrenarse durante siete años en ocasiones les parece demasiado tiempo. Nosotros lo vemos como un bachillerato y una carrera profesional, en la idea de que la madurez es crucial para poder moverte y saber cómo quieres moverte.”

Y de alguna forma explican el por qué de la gran crisis en la creación coreográfica por la que pasa México:

“Se suben muy rápido al foro y se bajan también de él muy rápido y se convierten en supuestos coreógrafos. Cómo pueden crear si ni siquiera se formaron realmente dentro de una estructura que les permita hacer lo que realmente quieren hacer.”

Sobre las clases, Miguel Añorve, bailarín emblemático de Bravo, explica:

“Yo veo que tienen muchos estilos de danza, se mueven en estilos diversos, pero no siento que conozcan realmente su cuerpo. No estamos casados con la técnica Graham. Desde hace mucho tiempo que el ballet también es considerado dentro de la formación. Pero siento que  no se atreven a hacer Graham porque es difícil y no cualquiera puede con ella”, detalla.

Lacónica, Rossana Filomarino sentencia: “Desde hace 20 años nadie me pide que imparta una clase de Graham. Doy otras cosas, pero Graham no les interesa. Al mismo tiempo, me desespera que no sólo la crisis sea en cuanto a la formación, sino en cuanto a lo que es encontrar foros dónde presentarse de manera digna. Es muy complejo”.

 Todos coinciden en que en la actualidad es tal la fiscalización del trabajo que los creadores y bailarines pasan más tiempo llenando formularios que en los salones trabajando.

Scheker, sin embargo, no duda en afirmar que el deseo de tener una verdadera formación está regresando y que tiene la seguridad de que las instalaciones de El Colegio Nacional estarán llenas muy pronto de jóvenes decididos a recuperar el entrenamiento riguroso.

En cuanto al legado de la obra de Guillermina, es claro que fue hecho por ella para determinado momento y con intenciones muy específicas. No le interesaba mantener un repertorio, ni ser un museo. Como ella mismo me lo dijo hace diez años:

“La danza es efímera y a ti te lo he dicho muchas veces: No voy a hacer un museo de este Ballet Nacional, como está haciendo Magnolia (Orozco) con las obras de Raúl (Flores Canelo), que se bailan mal. Uno compone para el grupo que tiene. Ahora, tengo 84 años, no me pidan más, ya hice muchas obras, ya pasé por todo lo que hay que pasar y quiero dejar en Querétaro un verdadero instituto de arte.”

Bravo había trabajado siempre sobre su propio cuerpo y el de sus mejores bailarines.

Con una función el 15 de diciembre en el Palacio de Bellas Artes, que involucrará a toda la escuela, un montaje de Rossana Filomarino y una intervención visual sobre su obra, el Centro Nacional de Danza Contemporánea presentará su trabajo.

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