De la leyenda a la economía que generan las flores de nochebuena

La Cuetlaxóchitl, flor sagrada mexica, se transformó en símbolo navideño y motor económico en CDMX.

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La zona de conservación de las alcaldías de Xochimilco y Tláhuac amanece distinta cuando llega la temporada de nochebuenas, el aire huele a tierra húmeda y a trabajo silencioso, ese que empieza mucho antes de que el público vea los invernaderos teñidos de rojo, naranja o blanco.

Los antiguos mexicas le daban propiedades místicas a la Cuetlaxóchitl, es una planta ligada a la pureza y al renacer de los guerreros muertos en batalla. La colocaban en altares, creían que las almas regresaban para beber la miel de sus centros diminutos, esos que hoy muchos confunden con simples adornos.

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De flor sagrada mexica a símbolo mundial de la Navidad

Nezahualcóyotl y Moctezuma las cultivaban en sus jardines. No era un gesto decorativo, sino un acto ritual. También las usaban para teñir textiles, para curar fiebres, para tratar males de la piel. Luego vinieron los frailes y la convirtieron en un símbolo navideño.

Mucho después, en 1828, el diplomático estadounidense Joel Roberts Poinsett se la llevó a Estados Unidos y, sin proponérselo, abrió el camino para que la planta viajará por el mundo. En su honor la rebautizaron Poinsettia. Desde entonces, la flor mexicana emigró, mutó, regresó, cambió de colores y hoy crece en más de setenta variedades.

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Xochimilco y Tláhuac alcanzan producción histórica

Mientras esa historia se cuenta en voz baja, en los viveros de Xochimilco ocurre otra más terrenal, aunque igual de intensa. Este año, 216 productoras y productores del suelo de conservación lograron una cosecha histórica: 1.8 millones de plantas.

Las zonas con mayor producción fueron San Luis Tlaxialtemalco, San Gregorio Atlapulco, Santiago Tepalcatlalpan, San Juan Ixtayopan, los barrios tradicionales de Xochimilco y, claro, Tulyehualco.

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Para Humberto Adán Peña Fuentes, titular de la Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural (CORENADR) Con apoyo del Programa Altépetl se alcanzó la cifra más alta en cinco años, 1,874,453 nochebuenas.

Dijo que se invirtieron 5.4 millones de pesos para apuntalar la floricultura porque en esta zona la nochebuena no solo mueve la economía, también sostiene una identidad.

“Ampliamos en 100 mil plantas, el año pasado fueron 1 millón 700 mil, este año 1 millón 800 mil, es uno de los años más productivos en la historia de esta flor, emblemática de la ciudad de México”

Agregó que se abrieron nuevos espacios de venta, desde el Monumento a la Revolución hasta el Zócalo. Todas las que se colocan en avenidas provienen del suelo de conservación.

Productores locales mantienen tradición

En el vivero Xochitlán, Francisco Gómez Labastida camina con la calma de quien lleva media vida cuidando plantas. Explica que la producción arranca en marzo, cuando las plántulas llegan al invernadero. A partir de ahí el proceso se divide en etapas.

Crecimiento, trasplante, pinchado y, más adelante, el trabajo clave: modificar el fotoperiodo para que las hojas pigmenten. Él mismo señala el centro amarillo de una planta y dice, casi entre risas, que esa es la verdadera flor, no las hojas rojas que todos admiran.

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Francisco conoce más de setenta variedades, aunque sabe que en Estados Unidos trabajan decenas más. Habla del embajador Poinsett, de cómo en las universidades norteamericanas modificaron su genética para hacerlas más compactas, resistentes y coloridas.

“Está documentado que, en el año de 1825, el embajador de Estados Unidos en México, Robert Poinsett vio la planta de Nochebuena en Taxco, Guerrero y de ahí se la llevó para Estados Unidos, donde le empezaron a trabajar en ciertas universidades, la trabajaron genéticamente y empezaron hacer plantas con ciertas características, más colores y no la tradicional roja, sino diferentes colores”

Unos metros adelante, en el Invernadero San Marcos, Martha Patricia Gómez Trejo acomoda macetas mientras cuenta que su familia suma cerca de 200 años dedicados a la flor.

Ella es la tercera generación y aún recuerda a su padre, que dejó de trabajar hace apenas una década, caminando entre plantas a los ochenta y tantos años.

Produce alrededor de cuarenta mil nochebuenas por temporada. Conoce la historia reciente de las variedades como quien recuerda a viejos amigos. Antes reinaba la Sulgi, de pétalos grandes, aunque con el tiempo fue desplazada por la Prestige, de color más intenso. La gente quería un rojo más fuerte y la planta terminó imponiéndose.

En su invernadero también viven osos y duendes, pequeños guardianes que ella acomoda para recibir a los visitantes. “Lo primero es la foto”, dice. Y uno entiende que no es un juego, es parte del ritual de entrar a un espacio que su familia ha cuidado por casi dos siglos. 

La flor que sostiene el tejido social

Detrás de las flores perfectas hay otro trabajo, menos visible. Beatriz Lizbeth Castillo Ávila, técnica social, acompaña a los productores para fortalecer su organización y vigilar temas de sanidad. Algunas unidades están en zonas de canales, así que los mismos productores la transportan en trajinera o lancha.

Beatriz revisa hojas, anota dosis, supervisa bitácoras. Cuando detecta una plaga, coordina con el área de sanidad de la CORENA para llevar muestras y obtener diagnósticos. Este año, dice, hubo pocas enfermedades y la razón parece simple. Lluvias moderadas, buen manejo del sol y la experiencia de quienes llevan décadas observando a la planta día tras día.

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Al final de la temporada, cuando los invernaderos se vuelven pasillos rojos, Beatriz observa a los clientes caminar con cara de asombro. “Es satisfactorio”, comenta. “Ellos solo ven la belleza, pero nosotros conocemos todo el camino para llegar a ese color”.

La nochebuena nació como una flor sagrada y terminó convertida en símbolo mundial de la Navidad. Cambió de nombre, cruzó fronteras, multiplicó sus colores, pero su esencia sigue ligada al territorio que la vio nacer. 

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