CIUDAD DE MÉXICO.
¿En dónde yace la identidad de un montón de carne muerta? Andrea explora esta pregunta desde la fotografía. Abstrae paisajes de los cadáveres no reclamados en un gesto que parece devolverles un lugar en el mundo. Me invitó a una de sus sesiones en el anfiteatro.
¿Dónde está la muerte? Tal vez ahí, jugando a las escondidas entre los fetos y órganos en formol, los tan variados modelos de partes del cuerpo, esqueletos y demás fantasías anatómicas organizadas a lo largo del vestíbulo de la escuela de medicina. En ese instante, la muerte se presentó como aquel gran fantasma contra el que se ha erguido la ciencia y la fantasía humanas.
A tan sólo unos pasos del elevador nos alcanzó la estela del agente químico que lucha contra la putrefacción de los cuerpos. Un hedor semejante al olor de hospital se escapaba de las aulas de disección. Arturo, jefe de piso en el anfiteatro, nos recibió en la entrada con los brazos abiertos, esos brazos que han cargado muertos por más de tres décadas. Llevaba pantalones y camisa azules, de trabajo, botas negras de hule y unos guantes rojos. Iba acompañado por Miguel, uno de los empleados que trabajan apoyando a los estudiantes con el manejo de los cuerpos.
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