Arquetipo inspirador

El tenis remontó el vuelo hacia la excelencia en Flushing Meadows. Desde ahí, la transformación del combate en deleite; en placer por el juego, por la competencia, por la lucha, el magnetismo y asombro de la precisión, la obra magistral de los peninsulares Carlos ...

El tenis remontó el vuelo hacia la excelencia en Flushing Meadows. Desde ahí, la transformación del combate en deleite; en placer por el juego, por la competencia, por la lucha, el magnetismo y asombro de la precisión, la obra magistral de los peninsulares Carlos Alcaraz y Jannik Sinner representada en la armonía de la raqueta, la pelota, la rapidez y la destreza, se extendieron en todo su esplendor, dejando una pluralidad de significados acaso más allá de las fronteras del deporte y su técnica. La inspiración que nace de la elevada clase del adversario.

La reverencia tradicional de los gladiadores asiáticos entre vencedor y vencido, el sentimiento mutuo de dar las gracias por la posibilidad de que, de esa fusión agonal, de medir y comparar en el cumplimiento y respeto de ciertas reglas, existe el camino del perfeccionamiento. Sin un adversario, sin la comparación directa —sin ésta no existiría el deporte; es el elemento más hermoso, naturaleza y esencia que identifica al deporte; es el estímulo a la cultura del esfuerzo a través de la emulación— en el cuerpo a cuerpo no habría punto de medida para saber quién es mejor.

La comparación no siempre conduce a feliz destino: Aracné desafió a Palas Atenea y fue convertida en araña, pero eso es harina de otro costal. Recojo la imagen de Alcaraz y Sinner al terminar el juego, aproximándose a la red que unos instantes había sido el simbolismo de un quemante espectáculo de lucha, fascinante, emocionante, dinámico, agresivo, y después del saludo, caminar juntos, abrazados, acompañados de la atronadora cascada de aplausos y el júbilo de la multitud. De pronto en una escena de amistad como si fuesen el mismo Pílades y Orestes, Alcaraz recuesta su cabeza tierna y amistosamente en el hombro izquierdo de Sinner. Después de todo, el tenis es un juego, y en éste existe la nobleza, el espíritu lúdico, la pureza de la amistad, como una de las manifestaciones más hermosas del espíritu humano.

Lejos de las fanfarronadas hiperbólicas de algunos atletas y entrenadores, la victoria cómo único fin, el duelo Alcaraz-Sinner proyectó mensajes trascendentes, graciosos, humorísticos. En el túnel, al entrar al rectángulo azul cobalto del estadio Arthur Ashe, le preguntan al español, su pensamiento acerca de enfrentar al número uno del mundo. “No, no lo sabía. Vengo concentrado a jugar mi mejor tenis”.

En el podio para reafirmar la amistad: (He jugado tantas veces contigo que) “te veo más que a mi familia, es grandioso compartir contigo la cancha y los vestidores. Tú me haces desear que mejore cada día”. La suerte, el volado, concedió la decisión a Alcaraz. Otorgó el servicio a Sinner con el propósito de buscar el rompimiento desde el principio. En la cancha, el juego es asombrosa geometría, vorágine de curvas parabólicas, rapidez y giros miríadas de giros, impactos devastadores, y el arte en los drop shots, con el efecto de seda, amortiguador que cancela la oportunidad del adversario; la raqueta como extensión de la mano. Alcaraz y Sinner dejan la huella indeleble de una obra maestra.

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