Hoy te escribo, querido Abuelo Domingo, pues apenas hace un par de noches recordé con mucha intensidad nuestras constantes visitas al Parque del Seguro Social para ver jugar a los Tigres, equipo por el que tenías predilección, por lo que nos llevabas a mis hermanos y a mí a la tercera base, pues ahí se veían bien los lanzamientos y las jugadas del
cuadro.
Además de habernos heredado la afición a la pelota caliente, heredamos en casa la afición por los Tigres, en ese entonces, capitalinos. Esos que cuando era niño dirigía Chito García, siempre y cuando no estuviera en su palco Don Alejo Peralta, que cuando acudía, desde ahí llevaba la estrategia.
Pues resulta que los Tigres ahora son de Cancún; antes estuvieron algunos años en Puebla. Francamente que muchas imágenes de nuestro preciado plan de muchas tardes, vinieron a mi mente ante la emoción del triunfo felino en la Liga Mexicana.
Recuerdo la rutina: pasabas por mí a las seis de la tarde, con puntualidad inglesa, para estacionar el coche y caminar en toda calma hasta ocupar nuestro lugar, justo unas filas arriba de la tercera colchoneta.
Claro, era imprescindible llevar una buena chamarra, pues siempre llueve en este tiempo y los juegos siempre se ven amenazados por los chaparrones. Qué alegría recordarte querido Don Domingo, siempre dispuesto a acompañarme a cuanto juego de Dios hubiera, y qué decir de nuestras constantes visitas a la Monumental de Insurgentes, sin importar si era novillada o corrida de toros. Tu boina negra, tu gabardina y tus dulces verdes de hierbabuena, como decías, “para los corajes”, cuando perdían nuestros Tigres, resultan inolvidables.
Resulta, querido y añorado Don Domingo, compañero de mil batallas, que este país que nos heredaste es muy distinto de aquel de mi niñez. De manera lamentable, la violencia e inseguridad se ha apoderado de la tranquilidad que en ese tiempo gozábamos.
Recuerdo de tu indignación cuando acudimos a la Feria de Texcoco a ver al Maestro Curro Rivera, hace cosa de 30 años y abrieron el coche para robarme el estéreo y algunas cosas irrelevantes; era el presagio de una delincuencia que hoy está incontrolable.
No creerías las terribles escenas que se han presentado en pleno juego de futbol, deporte que, recuerdo, no era tu favorito. Lo tuyo eran los toros y el beisbol.
Espero poderte escribir pronto que este mal trago ha quedado atrás y que la tranquilidad, armonía y mucho respeto por el prójimo, como nos lo enseñaste siempre con el ejemplo, están de regreso. Se han perdido muchos valores en esta nación, insisto, espero algún día se recuperen.
Querido Don Domingo, hoy que es tu santo, como cada domingo bromeabas, te envío hasta el cielo un fuerte beso y abrazo, tal como lo hacíamos cada vez que ganaban nuestros Tigres.
