Arena de la eternidad

La Coliseo, la más antigua de México, cumple 75 años con la vida que cada sábado le regala su personal

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CIUDAD DE MÉXICO.

Rubén camina por la calle Perú, y entre ambulantes y diableros pasa junto a una boletería con un poster del combate estelar: Mr Niebla Vs. Cuatrero. El conserje toma la llave y la hunde en la cerradura. Medio giro y abre la puerta roja de lámina. Sube uno, dos escalones, los mismos que hace 75 años –justo cuando el mundo lloraba al Holocausto nazi- pisaron El Santo y Tarzán López, luchadores del primer cartel de la Coliseo, la arena que la Ciudad de México estrenaba.

Cuando las tribunas aún están desoladas, un pasado fantasmagórico le entra por los oídos: “Se oyen muchos ruidos, como si estuvieran luchando. Te asomas y no ves nada”, confiesa intrigado Rubén Sánchez, supervisor de la arena más antigua del país. Limpiará pasillos, vestidores, pasarela, pues en cinco horas llegará la multitud de Tepito, Lagunilla, Garibaldi, a gozar el show en una de las vetustas y coloridas butacas. “Todo tiene que estar limpio”, dice, y no es poco ese “todo” que alojará miles de fanáticos y otras tantas piezas humanas que hacen funcionar esta reliquia deportiva en forma de embudo.

Dentro de la taquilla, con su arrumbada máquina de escribir, Irineo Ayala ha cumplido 80 años respetando su mantra de hombre bueno: “Uno trata de dar lo mejor (al público) para que estén contentos”. Cerca, de impecable camisa y corbata negras, en su torniquete Ángel Aduna cortará los boletos a los impacientes: “Tengo que gritar: ¡Oiga, no!, todos boleto en mano y formaditos para que no se hagan bolas”. Y si un rincón de la Coliseo expande aromas caseros despedidos por sabios sartenes, culpe a María Reyes, cocinera de la arena. Como el viejo luchador que un día decide sacarse la máscara y mostrar su rostro al mundo, ella al fin devela el secreto de sus tortas célebres: “Cebolla preparada con Knorr suiza y el vinagre de los chiles. La freímos”, cuenta antes de echarla a una telera con aguacate, jamón y otras delicias que por 30 pesos aliviará a muchos de los 7 mil aficionados técnicos y rudos que aquí caben. Pero ella, más que tortas, prefiere tacos: “Taquito de ojo con los luchadores”, aclara riéndose.

-¿El máximo galán?

-El Terrible. Tiene todo lo que los demás no tienen-, se carcajea con la cara vuelta un jitomate.

Disciplinado como un ejército en vísperas de la guerra, el personal ya ocupa sus puestos. De bigote recio, temperamental, Roberto Alonso se pone la bata con que entre gradas repartirá sopas, refrescos. Ponciano Castro –de joven el afamado Rey Cobra- llena las hieleras que refrescarán a su clientela, contra la que se defiende si es excesiva la succión cervecera. ¿Su arma?: la paciencia. “Los tira uno de a locos, que me paguen y no hay problema”, exclama con el ceño fruncido. Y se comprende: aunque abajo del ring, a él le tocan las batallas más ásperas.

El jefe absoluto de la Coliseo es el ex gladiador Tony Salazar, viejo que no se cansa de recibir abrazos de su hueste de maduros adoradores y adoradoras.

-¿Qué siente por esta arena?-, le pregunto.

-Se me enchinó la piel de la pregunta –mira su brazo-. El estrella que tú me quieras nombrar, aquí luchó. Es una arena mística.

El conserje Rubén ya entró a limpiar todas las áreas, salvo una, última morada de Oro y Sangre India: la enfermería. “Solo no entro –revela-. Se siente el ambiente pesado, escalofríos”.

Por eso, esta tarde opta por caminar a otro sitio: el cuarto de electricidad de la arena. Enciende las luces, pasan minutos y ya la tribuna hierve.

Ahora sí, técnicos y rudos en la lona, gritos, vuelos, llaves, victoria y dolor: vida.

Aunque vieja, la Coliseo no piensa morir.