Viaje al México 68
El gimnasio Juan de la Barrera, donde se calificó a Río 2016, fue sede olímpica hace 48 años
CIUDAD DE MÉXICO.
En el lejano octubre de 1968 el voleibol mexicano comenzó una historia de capítulo exclusivo hasta hace dos fines de semana. Como sede olímpica, el país formó contra el tiempo a sus selecciones de voleibol y compitió en un torneo de los Juegos por primera. El gimnasio Juan de la Barrera fue la sede aquellos días.
Eran los años maravillosos del voleibol, cuando de la mano de un entrenador rumano (Gabriel Cherebetiu) y un polaco (Stanislaw Poburka) se sentaron las bases que el país no pudo explotar en las siguientes dos décadas, hasta que llegó la generación actual con la misión de volver al máximo escenario deportivo.
Por jugadores altos
Gabriel Cherebetiu llegó a México tres años antes los Juegos Olímpicos, y sólo pidió tener jugadores altos.
“Contestaron que aquí no había gente alta, pregunté dónde jugaban basquetbol y me dijerón que en el norte. Dije, perfecto voy al norte”, recuerda el médico Cherebetiu. “Fui en un plan de juegos de demostración a Culiacán, Baja California, Monterrey y Guadajalara. Traje cuatro jugadores de Baja California que no sabían de qué trataba el voleibol, pero tenían entre 1.92 y 2.03 metros. El más alto era (Jesús) Loya”, relata.
Las visorías tenían como objetivo reclutar a los seleccionados de ambas ramas, y así llegaron a Nayarit para encontrarse con Blanca García. “No sabíamos siquiera que existían los Juegos Olímpicos. Es un estado chiquito a donde no llegaban noticias ni teníamos televisión”, cuenta doña Blanca, hoy de 69 años. “Empezaron a seleccionar chicas altas sin saber si jugábamos o no, de ahí nos llevaron a un proceso de año y medio y nos quedamos en la selección. Hubo mucho interés y se escudriñó todo el país para seleccionar a gente de buen físico. Llegamos a México y empezamos a entrenar con una disciplina militar”, relata.
El trabajo era vasto y complejo para formar dos selecciones que enfrentaran a los gigantes del mundo. Decidieron reforzar el grupo de entrenadores y llegó el polaco Poburka, para que Cherebetiu se concentrara en los varones.
“Yo hice ambas selecciones. En hombres pasaron 41 jugadores y al final quedaron 12. El proceso fue más complicado y difícil con el equipo varonil. En mujeres tuvimos la suerte de escoger muy buenos elementos”, recuerda Cherebetiu.
La federación mexicana lanzó entonces una convocatoria con sus asociados para que enviaran jugadores altos que pudieran ser parte del equipo olímpico, una estrategia para involucrar a la sociedad con sus selecciones, pero competitivamente había poca expectativa.
“Pancho González llegó al Comité Olímpico con una carta de recomendación de la asociación de Baja California. Nunca había jugado voleibol, y creo que es el único caso en que en tres años un jugador que no ha practicado el deporte llega a la selección olímpica”, dice Cherebetiu.
“En tres años teníamos que alcanzar el nivel de equipos como Japón, Checoeslovaquia, Estados Unidos, que tenían en sus manos más de siete mil horas de trabajo. Nosotros, en esos tres años, juntamos mil 700 horas con los jugadores que llegaron, como las mujeres cambiaron menos, tuvieron dos mil 100 horas”, recuerda Cherebetiu, que resguarda los apuntes de aquellos años.
En el torneo olímpico varonil México fue décimo, último lugar. Era un equipo que, paradojas del destino, llegó a foguearse en el máximo escenario deportivo.
En mujeres se terminó en séptima posición de ocho equipos, con derrotas en sets corridos ante Japón, Checoeslovaquia, Corea del Sur y la Unión Sovética, además de alargar a cinco sets los duelos ante Polonia y Perú. La diferencia fue una histórica victoria en tres sets sobre Estados Unidos, el 26 de octubre.
“Participar en Juegos Olímpicos es como tener un hijo, es la maravilla que te dio la naturaleza porque tienes cuatro años entrenando, cuatro años de cuidar tu físico, de nunca ver la tarde, de no ir a fiestas ni tomar una gota de alcohol”, presume Blanca García.
El momento cumbre era ingresar al gimnasio con la bandera tricolor por delante. Eran dos equipos de veinteañeros que con la emoción abolían sus deficiencias.
“Estaba lleno, había banderas por todos lados. Un amigo decía que el equipo mexicano era como un ballet ruso en voleibol”, continúa García. “Cuando sales a la cancha se te enchina la piel, no son nervios pero sí es una indescriptible sensación nerviosa que te hace responsable de toda esa gente. Éramos un equipo muy responsable”, asegura.

El futuro perdido
La historia olímpica había quedado en el pasado. Cherebetiu volvió a Rumanía y México siguió elevando su nivel con la organización del Mundial de 1974, pero hasta 48 años después se volvería a Olímpicos.
“El problema somos los jugadores, queremos llegar pero si se nos atraviesa un novio o novia dejamos el deporte. Otra cosa es el estudio, si tienes ocho o diez horas diarias ¿a qué hora estudias? Aparte, los papás presionan porque ven que no habrá futuro”, dice Blanca García, cuya hija fue al Mundial con México en 2014.
Las selecciones de las décadas de los años 70 y 80 competían con las potencias de América y el mundo. Calificaron a Juegos Olímpicos; por misterios del destino no los llevaron.
“Cuando estaba Rubén Acosta en la Federación Internacional de Voleibol, ofreció aportar dos millones de dólares para la preparación del equipo para Seúl 1988, pero por cuestiones administrativas, no se qué pasó. Ya no se dio el seguimiento”, relata. Justo Arias, seleccionado nacional en esa época en que para vestir la camiseta nacional había que renunciar a jugar en Europa. Cobrar por jugar voleibol era una afrenta imperdonable.
“Teníamos ofertas, pero era dejar a la selección. Hasta el 86 me llegó la oferta de Francia. Jugué por tres años en lo que ahora es el PSG, me fui a su equipo y fuimos campeones”, recuerda “Nosotras fuimos olímpicas por ser sede en 1968, pero sí se calificó para Múnich (1972) y para Moscú (1980); hubo discrepancias entre autoridades y el equipo nacional no fue”, lamenta García. “Es decepcionante porque nunca te dan una explicación”, remata.
Blanca y Justo estuvieron de vuelta hace dos fines de semana en le gimnasio Juan de la Barrera. Vieron en primera fila cuando el bólido rematado por Daniel Vargas oradó la defensiva de Túnez para que México ganara el cuarto set, empatara a dos parciales el juego y con ello calificara a Olímpicos.
En Río 2016 será un regreso histórico y una oportunidad para jugar en el Viejo Continente. “La ventaja allá es que mínimo seis meses de temporada estás jugando, más uno o dos de pretemporada. Garantizas jugar cuando aquí sólo tienes un nacional al año y los eventos estudiantiles”, dice Justo Arias.
“Yo les digo que tengan la meta de ir a unos Juegos Olímpicos convencidos de que son un gran equipo, que no se minimicen porque podemos estar entre los mejores equipos del mundo”, lanza doña Blanca, consciente de los gigantescos rivales que tendrá México; aunque, más allá del resultado, esas figuras de antaño sonríen al recordar que el voleibol tendrá la oportunidad de seguir contando su historia.

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