Charla de boxeo en blanco y negro con el campeón con Ultiminio Ramos

Si tuviera 22 años, el expúgil volvería a subir al ring en el Dodger Stadium para arrebatarle el título mundial pluma a Davey Moore. Esperaría que en esta ocasión la muerte no rondara el cuadrilátero

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Fotos: Juan Carlos Vargas
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CIUDAD DE MÉXICO.

Cada vez que Ultiminio Ramos toca el bongó, su mente regresa a la niñez en su natal Matanzas, cuando Sugar cargaba para todos lados su caja de dar lustre a zapatos ajenos. El recuerdo de una Cuba hoy ausente, donde el ahora hombre de 74 años dejó padres, mujer e hijos. La salida de la isla tras la llegada de Fidel Castro al poder, las ganas de comerse el mundo a puñetazos y los fantasmas de dos pugilistas que perdieron la vida en el ring; los que persiguen al cubano sin importar que Sugar ponga tierra de por medio.

“Ya pasó mucho tiempo. Muchos se fueron de este mundo”, contesta Ultiminio Ramos, quien no se cansa de posar con los puños en guardia para tomarse fotos cada vez que alguien lo reconoce y le dice campeón.

A Ultiminio se le encuentra en la calle de Cedro 180, en la colonia Santa María la Ribera. Una casa antigua que muestra un enorme guante de box en la puerta principal. Un paso al interior y es el aroma a café cubano el que despierta los sentidos: expreso, capuchino.

Fotos en blanco y negro iluminan las viejas paredes, donde sobresale la imagen de un hombre de piel canela con el torso desnudo y los puños cubiertos por un par de guantes.

Los que algo saben de box reconocen al cubano Ultiminio Ramos, el primer campeón mundial que tuvo el CMB. Un peso pluma que en los años 60 puso al boxeo de cabeza, tumbando rivales en el ring y poniendo a bailar al pueblo con su grupo Suave Son.

El que se asoma al local de café cubano (El secreto de Sugar) es un hombre que rasguña los 75 años, con sombrero de ala corta, andar lento, una pulsera santera en la siniestra y un anillo de campeón en la diestra. Se sienta en un rincón, justo abajo de una imagen de gran tamaño que muestra al campeón junto al mánager de toda la vida: Kid Rapidez.

Alguien llevó el bongó a la mesa del campeón eterno y éste, en un tris, comienza a golpear el instrumento de una manera suave, rítmica, pegajosa. Sugar arma el bailongo: “Ultiminio Ramos, te vas a morir/ en cualquier momento, te vas a morir/ cuando toque la campana, te vas a morir/cuando te digan pipo, pam, pin, jo, te vas a morir..”.

No imagina uno que esas manos armoniosas, suaves, enormes, hace años llegaron a causar estragos en el ring, frente a otros jóvenes hambrientos de fama y fortuna.

Dice que sin querer causó más daño del que pretendía. Como aquella tarde del 8 de noviembre de 1958 en Cuba, cuando era apenas un chamaco de 15 años de edad y se enfrentaba a un paisano llamado José Blanco. “El Tigre era su nombre de batalla”.

Un combate que terminó en el octavo asalto con un zurdazo letal a la quijada del felino, quien cayó fulminado ante el ímpetu de Sugar. “Un par de días después murió en el hospital. Yo quería dejar el boxeo, pero mi mamá no me dejó”.

Ultiminio Ramos no puede dormir solo desde aquel día. La mente comenzó a jugarle bromas pesadas, pues Sugar juraba que el Tigre se le aparecía en cualquier habitación.

Sugar se convertiría en campeón nacional pluma en una Cuba revolucionaria en la que Fidel Castro llegaba al poder y el boxeo profesional, entre otras cosas, desaparecía de la isla. Ultiminio había crecido como bolerito en las calles, dando lustre a zapatos ajenos para llevarle algunas monedas a doña Demesia. También le daría lustre a sus zapatos para mover las piernas cada vez que el guaguancó y la rumba llegaban a sus oídos.

Un chamaco que comenzó a dar guamazos por unos centavos. “Los mayores me decían en las calles: oye, Azúcar, te doy 10 centavos si le das un golpe a Juan en la cabeza”.

Tuvo la suerte de encontrarse en su camino a Kid Rapidez, mentor que pulió el estilo de Ultiminio hasta llevarlo al Dodger Stadium de Los Ángeles a disputar el título mundial pluma, el primero del CMB, ante el campeón de piel negra llamado Davey Moore. El campeón del mundo aseguraba que “si Sugar Ramos quiere arrebatarme el cinturón, primero tendrá que matarme”. Las dos cosas se cumplirían.

Se escucha la voz del gran Sonny Alarcón en la imaginaria. Es el año 1963 y un ring en el diamante del Dodger Stadium ha llevado a 23 mil aficionados, la mayoría gringos, a mirar la esperada pelea entre su campeón de apellido Moore y esa maravilla cubana que ha llamado la atención en Panamá, Venezuela y México. “Es el décimo asalto y Ultiminio golpea a Moore con varios ganchos al cuerpo y remata con jabs al rostro de un campeón que ya no lanza los puños. ¡Epa!, Davey pone la rodilla izquierda en la lona, se para de inmediato, sólo para recibir un zurdazo del cubano.  El campeón se va a la lona, se levanta y recibe la cuenta de protección. Se avecina una tormenta, pues Ultimino sigue masacrando al campeón del mundo de los plumas, quien dramáticamente se abraza a las cuerdas, hasta que suena la campana. Davey se va a su esquina, se sienta en el banquillo y su mánager agita las manos para indicar que su peleador no va más. El Dodger Stadium se convierte en un circo. Ultiminio salta como poseído, gente de pantalón largo invade el cuadrilátero y los miles de espectadores abuchean a ambos pugilistas. No esperaban este resultado”.

Aún en el ring, el nuevo campeón responde en español a un entrevistador gringo. Le dice que se encuentra contento y que Moore fue un gran rival. “Seguro que tiene la revancha”.

Sólo que la revancha no se daría. Moore bajaría del cuadrilátero de propio pie, con una toalla cubriéndole el lastimado rostro y un par de horas después sería trasladado a un hospital. Moriría cuatro días después.

Sugar lo recuerda a la distancia y expresa: “es muy duro decir que murió en el combate, pero así fue”.

Ultiminio Ramos no lo puede evitar, pues siempre que lo reconocen y le hablan de box, la charla lo lleva al combate trágico con Moore. Quizá el tiempo, quizá la memoria que a veces juega con el hombre del sombrero y el bongó, lo cierto es que sus ojos reflejan cierta tranquilidad.

Y una chispa se muestra en los mismos cuando se le pregunta por su mejor pelea: “¡Pues la que tuve con Vicente Saldívar”. Fue en el Toreo, en 1964, y el zurdo de oro le arrebataría el título a un cubano que se quedaría a vivir en nuestro país y se haría gran amigo de todos los campeones mexicanos.

Sugar fue el que trajo a México a Mantequilla Nápoles y también conformaría un grupo de rumba llamado Suave Son. “Tocaba el bongó, la tumba y a veces el bajo. Escribíamos nuestras propias canciones”.

A Sugar se le miraba abajo del ring siempre elegante: sombrero cubano, la corbata impecable y los zapatos de doble color. Siempre bien lustrados. Aparecía en los salones de baile con viejos conocidos como Tin Tan, Resortes y Javier Solís.

Sus manos muestran anillos de campeón y en la muñeca izquierda una pulsera con cuentas de colores blanco y rojo. “Soy santero, devoto de San Lázaro. Es el santo de los pobres en Cuba y allá media isla lleva su nombre. ¿En mi familia?, mi papá, mi hermano y mi hijo se llaman Lázaro”.

Pareciera que las circunstancias lo obligan a vivir en el pasado: los aficionados al box que le piden la foto del recuerdo, con el puño del campeón en la quijada del solicitante, las fotos de Sugar en las paredes de la cafetería en la vieja casona en Santa María la Ribera, las canciones acompañadas por el ritmo del bongó en las que Ultiminio le canta al campeón, así como el enorme guante de box que casi roza las cabezas de los que ahí se asoman.

También recuerda a un jorobado que conoció en México y con el que viajó por todo el mundo. “Se llamaba Mario Sánchez Padilla y me daba suerte en las peleas. Era un visionario que me decía cómo me iría en los combates. Recuerdo que me dijo que ante Vicente Saldívar no debía pelear. No le hice caso”.

Y ahora que hay un poco de libertad en Cuba, Sugar regresó a Matanzas para reencontrarse con sus hijos. “¿Qué encontré?, los mismos carros viejos de diesel, las mismas casas gastadas, gente con la misma ropa. A mis padres ya no los alcancé”.

A pesar de tantos años de vivir alejado de Cuba, Sugar mantiene el acento caribeño. “Lo curioso es que ahora que fui a Cuba, me dijeron que hablaba como mexicano”.

En México hizo familia. Su esposa Angélica y sus cuatro hijos lo acompañan en la cafetería. El nombre de El secreto de Sugar lo puso en memoria de su madre Demesia. “A ella le gustaba mucho el café”.

Cualquiera que se asome a la casa de Ultiminio, en Cedro 180, tendrá la oportunidad de tomar café cubano, mirar fotos del campeón en las paredes y escuchar música de la isla. Posiblemente se encuentre con Sugar y lo escuche tocar el bongó. Seguramente volverá a contar su historia.