'Las piernas no se oxidan': Sabás Cervantes

Al exciclista no había quién le ganara en los años 60, ya fuera la Vuelta de la Juventud o la montaña en Guatemala. ‘El León Generoso’ mantiene la memoria intacta de aquellos tiempos en los que arriesgaba la vida a más de 100 kilómetros por hora

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CIUDAD DE MÉXICO.

Sabás Cervantes no tiene trofeos que presumir, porque los regaló a los amigos, los vendió a desconocidos, otros se oxidaron y los demás los rompieron sus hijos jugando. A sus 81 años, tiene la memoria y las piernas intactas, con la fuerza para integrarse a una peregrinación rumbo a San Juan de los Lagos y no morir en el intento. Del León Generoso de la Montaña queda el recuerdo de aquellas batallas ganadas en la Vuelta de la Juventud (1963, 1965 y 1966), subcampeón en la Vuelta de Guatemala (1963, 1964 y 1965) en la que ganó el título de montaña en todas las ediciones. Como veterano ganó 16 carreras consecutivas en México y mantiene el récord máster de la hora, hazaña realizada en el velódromo de Aguascalientes, tras recorrer 40.096 kilómetros.

Tiene tiempo para charlar, recordar aquel chamaco que en Texcoco ordeñaba vacas y miraba interesado a un pelotón de ciclistas pasar a toda velocidad. Recordar también aquella bicicleta prestada para competir por primera ocasión, así como las caídas, los moretones, la sangre, los huesos rotos y la adrenalina que produce bajar la carretera en bicicleta, a casi cien kilómetros por hora.

“El tiempo se encargó de alejarme de las competencias y participar en otros países. Hace mucho que no saludo de mano a un presidente o un regente. La gente se olvida. ¿Yo?, me sigo subiendo a la bicicleta, sigo entrenando y en ocasiones participo en peregrinaciones. Difícilmente los chamacos me aguantan el ritmo”.

¿Quién fue Sabás Cervantes?

El campeón amateur de la Vuelta de la Juventud en los años 60.

El León de la montaña.

El León Generoso, lo mismo le pegaba en plano, bajadas o en montaña. En Guatemala gané todas las etapas de montaña posibles, en los años 60. Allá se siguen acordando de mí.

La época en la que brillaban ciclistas como Radamés Treviño y Porfirio Remigio.

Treviño hace muchos años que murió. Lo atropelló un carro en una carrera ciclista dominical de Indios Verdes a Calpulalpan y de regreso. Mi compadre Porfirio (Remigio) vivía aquí en la Aragón, pero se fue a vivir a Toluca. Muchos ciclistas murieron en la carretera, arriba de sus bicis. A otros los alcanzó la edad.

Usted se le escapó a la muerte.

Muchas veces. Sobreviví en Colombia, en donde por poco me voy a un voladero. Bajabas la carretera a cien kilómetros por hora y regresabas con raspones en todo el cuerpo. Tengo un hombro (el derecho) lastimado, ya que me lo fracturé como ciclista veterano por la Cabeza de Juárez. Allá me caí y cuando intenté levantarme, que llega otro ciclista y me atropella.

Se acostumbra a las caídas.

Y a los raspones, las ponchaduras, la lluvia y el frío. También te acostumbras al miedo.

Y, en su caso, a los triunfos.

Los trofeos ya nadie los quiere comprar. No me pida que se los enseñe, porque muchos los regalé a los amigos que me visitaban, otros los vendí y muchos los rompieron mis hijos cuando eran pequeños. Los demás se oxidaron o se rompieron solitos.

Los ciclistas de ahora cobran por subirse a la bici.

A nosotros nos pagaban con trofeos y esos los regalas o se oxidan. Tenías que trabajar para comprar tu bicicleta a pagos y pesaban más de diez kilos. Yo trabajaba haciendo tapones para las llantas de los carros Ford.

Antes ordeñaba vacas en Texcoco.

Mis hermanos y yo dejamos el pueblo (Jaltepec, Hidalgo) para trabajar en un establo de Texcoco. Ahí ordeñaba las vacas cuando vi pasar un pelotón de ciclistas. Con el tiempo trabajé para la empresa Windsor y ahí me dieron permiso de entrenar. Luego comencé a ganar La Vuelta de la Juventud.

Etapas duras.

Hubo competencias hasta de 22 etapas: Zacatecas, Durango, Torreón, con promedio de 240 kilómetros diarios. Terminabas con las piernas tronadas y te despertabas para seguir.

¿Había doping en aquellos años?

No lo creo, por lo menos entre nosotros no había dinero o tecnología para hacer lo que hizo el americano (Lance Armstrong). Nos ponían suero y vitaminas.

A veces tequila.

(Risas) En una ocasión mi compadre Melesio me invitó para que nos fuéramos de juerga, que a tomar tequila. Nos desvelamos, sólo dormimos tres horas y al otro día tuvimos una etapa de 180 kilómetros. Nos escapamos al pelotón y llegamos solos a la meta.

Difícil vencer al León en aquellos años.

Era más fama que fortuna. Incluso en Caulapan, Puebla, hay una calle que lleva mi nombre. Un presidente, del que no me acuerdo el nombre, fue a poner la placa. Allá soy muy querido.

Ahora ni presidentes, ni premios.

Le digo que la gente se olvida de uno. Todavía a los 66 años logré el récord de la hora en el velódromo de Aguascalientes. Dejé la marca en 40.096 kilómetros. Hace dos años ya no compito. Ahora entreno poco (40 kilómetros diarios a ritmo de 35 kms/hr.)

y me preparo para una peregrinación a San Juan de los lagos, en Semana Santa. Probablemente, el jueves me vaya a Tulancingo (a 119 kilómetros de la Ciudad de México), para ir calentando las piernas.

Me dice que está jubilado.

A los 81 años nadie quiere darme trabajo. Hace un par de años un amigo me dio a trabajar un bicitaxi, luego me atropellaron y no quise seguir. Luego fui a la federación (Federación Mexicana de Ciclismo) para pedir trabajo de entrenador y me dijeron que primero fuera a Rusia a tomar un curso y luego me contrataban. Pero si no tengo dinero para ese tipo de viajes, cómo quieren que me prepare. Prefieren a los cubanos. Hace años llevé un equipo a Costa Rica y ganó uno de los míos. Eso no les importa en la federación. Allá, en Guatemala, yo era una estrella.

¿Ciclismo sin futuro en México?

Se acabaron las muchachas (Nancy Contreras y Belén Guerrero) que ganaban los primeros lugares. Después de Raúl Alcalá ya no pasó nada. En México hay muchos ciclistas, pero sólo son de paseo.

Regresar a Guatemala.

Allá hubo competencias en las que ofrecían dinero a los ciclistas extranjeros para que se dejaran ganar por los guatemaltecos. Muchos aceptaron. Yo les dije que no. Yo era el campeón de la montaña.