Mi ciudad
El “Síndrome de Tlatelolco” hizo presa de todos los funcionarios desde el 68 para acá, por lo que tienen terror, pánico a imponer el orden.
Hace unos días tuve la ocasión de conversar con colegas que vinieron a un taller de innovación en sobrepeso y obesidad; algunos son capitalinos y viven ya en otras ciudades, otros vienen aquí ocasionalmente; me llamó la atención que casi todos comentaron: “¡Qué fea está la ciudad!”. Y cuando pregunté por qué, me comentaron lo que usted, estimado lector, yo y todos los capitalinos sabemos, nuestra ciudad se ha deteriorado terriblemente a ciencia y paciencia de las autoridades y con el silencio cómplice de todos nosotros.
Tal parece que ya nos acostumbramos a vivir entre la basura, los baches, las calles oscuras, las inundaciones, los plantones, los bloqueos, los ambulantes y la violencia, que tiene cifras escalofriantes (se han triplicado los homicidios, y las cifras de asaltos, robos, secuestros etcétera, son altísimas), pero nuestros amigos visitantes no, y se dan cuenta que, al paso de los años, la ciudad, aquella “chinampa en un lago escondido, cenzontle que busca en dónde hacer nido” que cantaba Guadalupe Trigo, dejó de ser la ciudad de los palacios que alabó Humboldt y es un ejemplo de abandono y degradación social.
Las causas son muchas, la primera de las cuales es el hacinamiento en que vivimos, propiciado por las penurias en el campo por lo que miles de mexicanos migran a la ciudad, y la corrupción de quienes autorizan nuevas construcciones, multifamiliares como jaulas de pájaros, con departamentos de unos cuantos metros cuadrados, sin espacios ni servicios básicos suficientes.
Aunado al hacinamiento, el “Síndrome de Tlatelolco” hizo presa de todos los funcionarios desde el 68 para acá, por lo que tienen terror, pánico a imponer el orden, como es su obligación; el plantón de Andrés Manuel López Obrador, ejemplo magno de impunidad y violación a todas las normas ciudadanas que paralizó la ciudad por meses, enseñó a los violentos a atacar, obstruir, destruir, quemar, asaltar, sin que haya una autoridad que haga valer la ley; los bloqueos, saqueos, destrucción, robos, asaltos de los sedicentes maestros de la CNTE han sido tolerados, permitidos y cobijados por las autoridades; ah, pero si un grupo de jóvenes capitalinos ambientalistas quieren ocupar el área central del viaducto, sin molestar, estorbar o dañar nada, ¡llegan los feroces carabineros a expulsarlos de inmediato!
Mi ciudad está hundida en la basura, cientos, miles de toneladas de basura están en todos lados, bloquean las calles, tapan los drenajes, contaminan el ambiente; mi ciudad está llena de baches, millones de hoyos en todas las calles, avenidas y aún en el Periférico; mi ciudad tiene más topes que escuelas, mi ciudad está ahogada por autobuses y camiones contaminantes; mi ciudad está desquiciada por la ineptitud de los policías que mueven los semáforos o bloquean las calles a su antojo; mi ciudad está manchada por millones de metros cuadrados de grafitis, que surgen y se reproducen como chancros deformes; mi ciudad tiene las señales de tránsito tapizadas de “pegotes”, tarjetas y dibujos bizarros que parecen mandar un mensaje críptico.
Estimado lector: mis colegas me hicieron reflexionar sobre mi ciudad, y yo quiero invitarlo a hacer lo mismo; siendo tan bella nuestra capital, ¿podemos dejar que se siga deteriorando sin remedio?, ¿será el momento de que alcemos la voz y la defendamos de las agresiones internas y externas?; aquí vivimos, y merecemos vivir dignamente.
*Médico y escritor
