Juárez, San Francisco, Guadalupe y el Papa
CIUDAD JUÁREZ.– Pocos lugares podrían concentrar tanto simbolismo en México para recibir al Papa como éste. En los tiempos de la Colonia, cuando la Corona buscaba expandir hacia el norte los dominios de la Nueva España, los conquistadores ubicaron un punto por el que ...
CIUDAD JUÁREZ.– Pocos lugares podrían concentrar tanto simbolismo en México para recibir al Papa como éste.
En los tiempos de la Colonia, cuando la Corona buscaba expandir hacia el norte los dominios de la Nueva España, los conquistadores ubicaron un punto por el que se podía cruzar el caudaloso río Bravo, llamado así por la fuerza de su corriente.
Le pusieron El Paso del Norte y presentaba la ventaja adicional de situarse en un territorio habitado por indígenas no hostiles, a los que los españoles bautizaron como “mansos”.
El primer asentamiento corrió a cargo de un misionero franciscano. Nacido en el pueblo andaluz de Villalba, hacia 1602, Francisco García Jiménez fue conocido por el nombre religioso de Fray García de San Francisco.
Llegado a la Ciudad de México, se enclaustró en el Convento de Churubusco en 1623. De ahí partió un lustro más tarde para evangelizar, con Fray Esteban de Perea y Fray Antonio de Arteaga, a los indígenas de Nuevo México.
En el pueblo piro de Senecú, los religiosos fundaron la misión de San Antonio de Padua y plantaron (ilegalmente) las viñas a partir de las cuales se produciría el vino que surtirían a todas las misiones franciscanas de la región.
El 8 de diciembre de 1659, Fray García fundó en la ribera sur del Bravo y en un punto de reposo del Camino Real de Tierra Adentro la misión de Nuestra Señora de Guadalupe de los Mansos del Paso del Norte. Estuvo al frente de ella hasta 1671, cuando partió a Junta de los Ríos –actualmente Ojinaga, Chihuahua– para seguir con la evangelización.
Así fue, pues, como un miembro de la orden devota de San Francisco de Asís –de quien tomó su apelativo el actual Papa– fundó lo que es actualmente Ciudad Juárez. Y cómo dedicó su labor a la Virgen de Guadalupe, que tantas palabras ha merecido por parte del Pontífice durante su actual viaje por México.
En la guerra con Estados Unidos, por aquí pasó de largo el ejército invasor, encabezado por el general Alexander Doniphan, en diciembre de 1846. Los mexicanos habían sido derrotados en Temascalitos, río arriba, en Nuevo México, y se retiraron a Sacramento para defender Chihuahua. Mientras esperaban la hora de reemprender la marcha al sur, los estadunidenses se trazaron con los muy abundantes vinos de El Paso.
El Tratado de Guadalupe Hidalgo dispuso que el río Bravo fuese la nueva frontera entre México y Estados Unidos. El Paso quedaría del lado mexicano y, en la ribera de enfrente, se fundaría un pueblo espejo, originalmente llamado Franklin.
Durante la intervención francesa, el presidente Benito Juárez y su gobierno errante se establecerían dos veces en la ciudad. De ahí que, en 1888, el dictador Porfirio Díaz decidiera renombrar El Paso del Norte como Ciudad Juárez.
A punto de estallar la Revolución Mexicana, el 16 de octubre de 1909, Díaz llegó aquí por tren para recibir al presidente estadunidense William Howard Taft y pagar una visita recíproca en El Paso, Texas. Fue la primera vez que un mandatario extranjero pisaba territorio nacional.
En el siguiente siglo, Ciudad Juárez experimentaría un gran crecimiento demográfico por el espejismo del sueño americano. La urbe atraería a potenciales migrantes, pero también una cauda de problemas: contrabando, prostitución, tráfico y consumo de drogas.
El establecimiento de la industria maquiladora crearía una nueva clase de mujeres liberadas, pero el desarrollo desordenado también sometería a esas mujeres a la violencia de los hombres que no aceptaban su empoderamiento. Centenares de ellas serían secuestradas y sus cuerpos vejados aparecerían abandonados en el desierto.
La lucha por la plaza entre los cárteles de Juárez y Sinaloa convertiría a este lugar en el más peligroso del mundo. Entre 2008 y 2010, cerca de diez mil personas serían asesinadas aquí.
Ésta es la urbe, de enorme simbolismo, que recibe hoy al papa Francisco y que poco a poco ha comenzado a reencontrar la paz.
