Ocho apellidos vascos

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Lucero Solórzano 07/07/2014 00:12
Ocho apellidos vascos

Esta película española, que se estrenó el pasado jueves en México, ha sido un fenómeno de taquilla en aquel país, muy semejante al que tuvimos aquí en los casos de Nosotros los Nobles o No se aceptan devoluciones. Como dice el refrán “una golondrina no hace verano”, y en una economía castigada y con altos niveles de desempleo en la que la cultura y, sobre todo, el entretenimiento se ven severamente restringidos en sus presupuestos (por cierto, igual que en México), el que una producción nacional haga que la gente vaya al cine no deja de ser buena noticia.

Ocho apellidos vascos, dirigida por Emilio Martínez Lázaro con guión de Borja Cobeaga y Diego San José, ha roto récords de taquilla y permanencia en las pantallas españolas, superando incluso a Titanic o Avatar.

La historia se antoja muy local, al igual que en las películas mexicanas de Gaz Alazraki o Eugenio Derbez, y en eso radica el éxito entre su público natural que, saturado (de manera inconsciente casi siempre) del bombardeo hollywoodense, busca argumentos que le permitan identificarse con lo que sucede en la pantalla.  Las películas se instalan en el gusto del público y se ven beneficiadas por la publicidad de “boca a boca”.

Ocho apellidos vascos es una comedia romántica que cuenta la historia de Amaia, una joven vasca que tras una parranda por su despedida de soltera en Andalucía, acaba en la cama con Rafa, un joven sevillano que se enamora perdidamente de ella, aunque la borrachera no permite que pase nada entre ellos esa noche. Amaia desaparece al día siguiente y Rafa decide ir tras ella al corazón del País Vasco.

Al llegar a Donosti Amaia se ve plantada por el novio y, en ese contexto, Rafa se le aparece declarándole su amor, con una personalidad vasca inventada incluyendo los ocho apellidos de rigor, y un nuevo nombre, Antxón, y hasta una mamá.

La historia explora con sentido del humor muy logrado, sobre todo en la primera parte, las diferencias y pugnas entre regiones que en España son una carga que llevan a cuestas desde hace siglos. Entre Cataluña, Sevilla, la Vascongada, los extremeños, etcétera, regiones autónomas que tienen profundas raíces, con su particular concepto de “Nación” cada una de ellas y con intensos ánimos independentistas.

Ocho apellidos vascos no descubre el hilo negro, es una película muy conservadora en su construcción y que persigue el fin de entretener, riéndose de paso de las pugnas, y dejando muy claro que son más las semejanzas que los unen que las diferencias que los separan.

Lo mejor es el reparto de cuatro actores y algunos que merecían más minutos en pantalla. Rafa es Dani Rovira, un buen actor cómico con su primer estelar en el cine; como Amaia aparece Clara Lago, que a pesar de su juventud ya tiene larga experiencia como actriz y, además, “la cámara la quiere”; Karra Elejalde, a quien vimos hace poco en México en También la lluvia, de Icíar Bollaín, da vida al padre de Amaia, que reaparece en la vida de su hija después de seis años de no verla, pero dispuesto a enmendar sus ausencias. Es un simpático vasco “hasta la médula”. Carmen Machi es Anne, una encantadora sevillana que se mudó por amor al País Vasco y se convierte en la cómplice perfecta de Rafa para hacerse pasar por madre e hijo.

El ritmo de la comedia funciona bien, con una larga sucesión de chistes locales, diálogos en euskera  (lengua de la región vasca) subtitulados, o en español con un marcado acento andaluz. Tiene momentos muy divertidos y fluye bien, hasta que en el desenlace el guión de Borja Cobeaga y Diego San José no pudo resistir caer en la cursilería que recuerda las películas de Marisol o Rocío Dúrcal, el humor se acaba y la película se desdibuja.

Se ha anunciado ya la segunda parte de esta historia que, a pesar de sus puntos débiles gusta al público y, afortunadamente, hace reír.

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