Esta vez fue distinto

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Perdimos 3-2 contra Inglaterra y nadie se fue del estadio. Ahí está la noticia. No en el marcador, que ya engrosará la estadística de nuestras tragedias futbolísticas, sino en las decenas de miles de personas que se quedaron aplaudiendo a un equipo eliminado. Quien haya seguido los mundiales de este país sabe que eso no había pasado nunca: nuestra relación con la Selección ha sido históricamente la de un matrimonio que se guarda rencores, que abuchea en el aeropuerto, que exige renuncias antes de que aterrice el avión. Anoche no. Anoche hubo algo parecido a la gratitud, y la gratitud, en el futbol mexicano, es un fenómeno tan exótico que merece columna. 

Pero el Mundial que terminó ayer para nosotros no lo jugaron únicamente 11 muchachos dirigidos por Javier Aguirre. Lo jugó el país entero, y ese partido sí lo ganamos por goleada. Los iraníes, a quienes el otro anfitrión les negó hasta la cama (durmieron en Tijuana porque Estados Unidos no los quiso hospedar), se despidieron con una carta que ningún departamento de marketing habría podido redactar: nuestros corazones se quedan aquí, escribieron, Irán y México quedan unidos para siempre. Los coreanos, eliminados por nosotros, terminaron echándonos porras. Escoceses, marroquíes y japoneses adoptaron al Tri como causa propia. Y anoche, ingleses y mexicanos compartieron vagones del Metro cantando Cielito Lindo y a Oasis en un mismo repertorio para después, ellos, los vencedores, corear “¡México, México!”, mientras vaciaban las rampas del Azteca. Piense el lector cuándo fue la última vez que una afición inglesa salió de un estadio coreando el nombre del rival que acababa de eliminar.

Eso fue lo que este Mundial le dijo al mundo sobre México, y conviene subrayarlo porque la propaganda contraria lleva años de ventaja presupuestal. Del lado norte del río Bravo, la cancha se comparte con un gobierno que recibe al planeta con redadas, visas negadas y centros de detención; de este lado, un país al que se le describe cotidianamente como territorio fallido, recibió a trece delegaciones y a cientos de miles de visitantes sin un solo incidente mayor, con estadios llenos, con una alegría que los corresponsales extranjeros describieron con la sorpresa de quien esperaba encontrar otra cosa. La hospitalidad fue nuestra mejor diplomacia. Nadie la planeó desde una oficina: salió sola, como sale cada vez que recibimos a alguien en casa: con los brazos abiertos y la mesa puesta. Y admito que no todo merece marco dorado. El grito de la vergüenza volvió a sonar en las tribunas. Y el equipo, con todo y el mérito de romper cuarenta años de maldición (eliminaciones directas) ante Ecuador, volvió a quedarse en octavos: la maldición cambió de nombre, pero no de resultado. Aguirre se va, Rafael Márquez toma el timón rumbo a 2030, y Gilberto Mora (a quien Jude Bellingham fue a consolar al silbatazo final) tiene 17 años y toda una década para cobrarse la de anoche. Y, sin embargo, esta vez fue distinto. Lo digo con el archivo enfrente: llevábamos décadas viendo a selecciones que, si acaso llegaban al quinto partido, lo hacían ya derrotadas, vencidas ex ante, como si el uniforme trajera cosida la resignación y el rival sólo tuviera que pasar a recoger un trámite. Anoche no vimos eso, sino a un equipo que le jugó de tú a tú a una de las potencias del torneo, que fue por el partido cuando lo lógico era guardarse, que convirtió cada balón dividido en asunto de honor. Perdió, sí. Pero perdió jugando, que es exactamente lo contrario de lo que sabíamos hacer.

Lo dieron todo hasta el último minuto y esa frase, que en boca de cualquier directivo suena a coartada, anoche fue una descripción literal: el 3-2 estuvo vivo hasta el silbatazo, con un Azteca de pie empujando el empate que, lamentablemente, no llegó. Nadie bajó los brazos, nadie especuló, nadie se escondió. Por eso la gente se quedó a aplaudir: porque la afición mexicana perdona la derrota, lo que nunca ha perdonado es la rendición. Y anoche, por primera vez en mucho tiempo, no hubo nada que perdonar.

El Azteca se despidió como el único estadio del mundo con tres inauguraciones mundialistas a cuestas. El torneo ya es asunto ajeno: se muda completo al país de los muros. Nosotros nos quedamos con lo que mostramos, que no fue poco: un equipo que compitió, una afición que aprendió a perder sin lincharse y un pueblo que le recordó al planeta que la mejor frontera es una mesa puesta. Inglaterra se llevó el partido. México se quedó con todo lo demás.